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La Cultura
AJO
Micropoesía: los haikus de los supervivientes







Cantante –antes taquillera de teatro– y ahora micropoeta, Ajo es una maestra de este arte de expresarlo todo en un par de versos: corto y contundente.
Jorge Valero
13/03/2008
La poesía languidece en las bocas de pomposos trovadores y agoniza en desordenadas librerías de ocasión. Las estanterías dedicadas a este género en los grandes supermercados de la cultura desaparecen devoradas por intrigas vaticanas y magos preadolescentes con una turbulenta pubertad. Precisamente, la reciente huelga de los empleados de Fuentetaja fue un golpe en la mesa para reivindicar el “espíritu cultural” de esta mítica librería frente a las hordas de los best sellers.

Sin fórmulas mágicas
Ajo (Saldaña, Palencia, 45 años) lo sabe. Esta mujer que salió de la taquilla de un teatro para “hacer lo que quiero” lo acepta con la misma resignación con la que soporta que la tostada pueda caer del lado de la mermelada. Pero también con la misma sonrisa con la que cuenta que sus poemas emboscan las palabras de ministros, y que pasan de mano en mano entre empresarios de moda españoles. O con el mismo ánimo con el que confiesa que ha logrado agotar los 5.000 ejemplares de las cinco ediciones de su lavado de cara a los versos: su libro de Micropoemas 1. Ahora vuelve a contraatacar con la segunda parte. No hay fórmulas mágicas ni extraordinarios abracadabras para este éxito que ha logrado reventar las míseras cifras del género poético. Tan sólo algunas noches de mal sueño. “No podía dormir y empecé a escribir para quitarme las cosas que me dolían o las que me sobraban”. Lo que salió del revoltijo de sábanas y de carreras nocturnas al frigorífico es la micropoesía. Algo de lo que no se reconoce madre (“ahí está Gloria Fuertes”, recuerda mirando por encima de las gafas). Aunque sí generosa madrastra que ha conseguido que este “artilugio diferente a la poesía tradicional” se haya manchado con la realidad de la calle, con las historias de la cola del pan o con el serrín de los bares de barrio. El resultado: el ritmo del spot, del flash... y una rastra de onomatopeyas con las que explica qué está detrás de este campanazo. Haikus para la generación de los vuelos de bajo coste, pareados para los que leen a los poetas malditos camino del botellón. Y, en general, historias para todos los que se encontraron “sin las instrucciones del manual de supervivencia que no nos dieron al nacer”. Para eso está, dice, la poesía. Lo afirma con seguridad, sentada en el Palentino, su centro de operaciones en el madrileño barrio de Malasaña, mientras deja enfriar un vaso de té y no para de saludar a los habituales del bar. “No quiero nada que no pueda gestionar desde la distancia corta”. Las tumbas llenas de flores se reservan para otros y los suspiros por una aterciopelada eternidad quedan para los que miran varios pasos más allá. Ella prefiere a su perrina Musa y a sus amigos que la fueron enredando en todas las obligaciones que hoy la rodean porque, reconoce, “soy practicante convulsa de la dispersión. Yo no he pedido nada, sino que todo me lo he encontrado”. Y lo dice con tal solemnidad y rotundidad que podría tallarlo en las Tablas de la Ley. Esa improvisación parece rastrearse detrás de la mayoría de sus micropoemas, como “Estoy superada, pero con hache intercalada”, o aquel otro que dijo la ex ministra de Cultura Carmen Calvo en la radio: “Te adoraré siempre y me importas un pimiento todavía no riman, pero ya rimarán con el tiempo”. Reconoce que detrás de su “artilugio” hay algo de chispazos de ingenio, pero también mucho de trabajo con los codos sobre la mesa. Es esa parte más reflexiva la que deja para que la rumien sociólogos y críticos literarios. El espacio que regala para que los expertos discutan sobre el auge de esta micropoesía en la edad dorada de la instantaneidad y de la brevedad, de la que ella se declara ferviente cheerleader. Son tiempos con menos cucharadas de reflexión y más de eslóganes; años en los que las películas son edulcoradas sucesiones de videoclips o en los que el 40% de los habitantes de nuestro país reconoce no leer nunca, o casi nunca, un libro.

Poesía en tres dimensiones
Pero más allá del armazón crítico que puede ayudar a comprender el fenómeno o de las peladas inquietudes literarias en las que debe aterrizar la producción editorial, Ajo prefiere tocar otras cuerdas. Y para eso está esa otra pata importante de su producción artística, la cara más pública de la micropoesía: los microshows. “Hemos convertido la micropoesía en un cabaret, con tres dimensiones”. Un nosotros en el que suma a su amigo Nacho Mastretta y que le acompaña tocando mientras ella recita e improvisa sobre el escenario. Y lo dice sacando pecho con la irreverencia porque, reconoce, con sus actuaciones “la gente ha perdido el miedo a las palabras. Ahora juega con ellas, se llenan de calle, de sangre”.
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