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Ciencia y Tecnología
CATÁSTROFE ECOLÓGICA
Aral, el mar matado







La agonía del que fuera el cuarto lago mayor del mundo provoca cambios en el clima y numerosas enfermedades.
Luis Algorri
02/10/2007
Galina, antropóloga en la Universidad de Nueva York, cuarenta y pocos años, mira las fotos tomadas por satélite que aparecen en Internet y sonríe sin ganas. “Ahí está mi pueblo –dice–, Mujnek, en Uzbekistán. Cuando yo nací, mi padre era pescador, como todo el mundo allí. Hoy hay 140 kilómetros desde mi casa a la orilla del Aral. Y mi padre murió de cáncer. También como casi todos”. La del mar de Aral es, según expertos de Naciones Unidas, la mayor catástrofe ecológica. Más grave que la fusión de los hielos polares, porque en ese caso la acción del hombre contribuye a un fenómeno –el calentamiento del planeta– que no depende sólo de él. Pero, como dice Galina, “lo de Aral es obra enteramente de las autoridades, primero las soviéticas y luego las que le siguieron. Si en Palestina hay un mar Muerto, en mi país tenemos un mar asesinado. Y ya no tiene remedio”.

El “error de la naturaleza”
El mar de Aral era, hasta hace medio siglo, el cuarto lago más grande del mundo. Ocupaba casi 70.000 km2 (más o menos como Castilla- La Mancha) y contenía 1.100 km3 de agua dulce, que le llegaba gracias a dos grandes ríos: el Amu Darya y el Syr Darya. Catorce millones de habitantes vivían de la pesca (se capturaban unas 40.000 toneladas anuales de 30 especies distintas) y de los cultivos que producían las 550.000 hectáreas de tierras fértiles, un gigantesco oasis en medio de las estepas del Asia central. Hasta que alguien decidió jugar a ser Dios. El disparate comenzó a fraguarse en 1918, nada más concluir la revolución soviética.
El plan era convertir las estepas polvorientas en el mayor campo de algodón del mundo. ¿De dónde saldría la gran cantidad de agua que exige ese cultivo? Pues no exactamente del mar de Aral... sino de los ríos que lo alimentaban. Eso signifi caba la muerte del enorme lago endorreico, pero, como dijo un dirigente soviético, “el Aral debe caer como un héroe más de la revolución”. Otros, menos líricos, llegaron a decir que el Aral era “un error de la naturaleza” cuya desaparición era, “evidentemente, inevitable”. Los canales para sangrar los ríos comenzaron a construirse en los años 30. Pero, como dice Galina, “allí las cosas se hacían muy mal, porque nadie era responsable y siempre se podía echar la culpa a otro”. Es la enfermedad de la economía estatalizada. El mayor canal de toda Asia central, el Kara Kum, estaba sin cubrir y sin impermeabilizar. Desperdiciaba el 70% del agua que sacaba del Amu Darya.
¿Cuál era la solución? Sacar más agua, mucha más de la prevista. Y mucho más deprisa. En los pedregales de Uzbekistán y Kazajistán crecía algodón, cereales, melones, arroz. Arroz en la estepa. Y el Aral empezó a menguar. En los años 60 bajaba, por término medio, 20 centímetros al año. En los 70 siguieron sacando agua de los ríos en tales cantidades que el descenso llegó a los 60 centímetros anuales. En los 80 se pasó del metro. La producción de algodón se duplicó y la población llegó a los 25 millones, pero el agua abandonó los pueblos costeros para no volver. El fondo del lago se transformó en un desierto de arena y sal en el que se ven lo que parecen cadáveres de barcos pesqueros. El agua ha multiplicado por siete su grado de salinidad en medio siglo. Hoy pasa de los 55 gramos por litro. A principios de milenio, de las 30 especies de peces sólo quedaban dos. El Aral es hoy un charco sin vida con una superfi cie que no llega a los 18.000 km2: casi la provincia de Toledo. Y sigue menguando. Se ha partido en dos y sólo los kazajos quieren conservar la parte norte, diminuta, mientras que la sur se da por muerta. Es un charco muy peligroso.
El clima ha cambiado. Los veranos son terribles, los inviernos también y, al desaparecer los humedales, prácticamente ha dejado de llover. Galina cuenta que en Mujnek todos sabían que los soviéticos habían instalado en lo que fue la isla de Vozrozhdeniya (hoy tierra fi rme) una fábrica de armas biológicas que ha contaminado tierras y aguas: hay vertederos de ántrax. El padre de Galina murió de cáncer pulmonar, enfermedad siete veces más frecuente allí que en el resto de Asia. El de hígado ha crecido en un 200%. La tasa de anemia femenina es la más elevada del mundo, dice la OMS. “No se debe jugar a ser Dios”, sonríe Galina.
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