Con unas gotas de sangre en la portada
Escritores, al tren
Ya son veinte años los que cumple una de las citas literarias más conocidas y –con perdón– desmadradas de cuantas ocurren en españa. entre los días 6 y 15 de julio, en gijón, se celebra la Semana negra, aunque en realidad parte de Madrid, de la estación de Chamartín, en un tren en el que viaja lo más granado de los novelistas que cultivan el género policiaco. Mesas redondas, presentaciones de libros, premios, talleres, exposiciones... lo del “desmadre” es cariñoso y tiene que ver con las comilonas, con las “espichas” (eso es cuando se abre un barril de sidra, para beberlo, por supuesto), con la música y con las interminables y apasionadas charlas que lo negro (y el resto de colores) suscitan entre los participantes. www. semananegra.org
Tienen entre treinta y pocos y cuarenta y tantos años, y han leído y escrito mucho. En sus manos está, ahora, la supervivencia del género negro.
José María Goicoechea
06/07/07
Lo dice Juan Bolea –quien ha optado por una pincelada impresionista para responder a la pregunta “defíname una novela negra”, que “Tiempo” ha planteado a media docena de escritores oscuros–: “Una novela negra es una novela blanca con unas gotas de sangre en la cubierta y una sombra esfumándose por la contracubierta”. Bolea (aragonés nacido en Cádiz, en 1959) es el padre de la subinspectora Martina de Santos, protagonista de Los hermanos de la costa y La mariposa de obsidiana (Ediciones B). A otra pregunta, “qué no le perdona a una novela de este género”, contestó: “Que menosprecie la inteligencia del lector con un final banal, casual o al estilo de Dan Brown”.
El mal
Uno de los autores de reconocido éxito y prestigio en esto de las tramas policiacas es Lorenzo Silva (Madrid, 1966), responsable de cuatro novelas y una colección de relatos (todos publicados por Destino) protagonizados por una pareja de guardias civiles, Bevilacqua y Chamorro. Para él, una buena novela negra es “una historia que aun siendo ficticia sepa a verdadera, donde los personajes sean memorables por lo que hacen, lo que dicen y lo que callan, en la que haya un misterio que aliente la lectura de cada página y que al final sepa satisfacer las expectativas que ha ido creando por el camino. Y que sin dejar de divertir y entretener, haga pensar sobre el mal y sus raíces”. Lo imperdonable, sin embargo, es “hacer trampas, hacerse el listo, ponerse justiciero o todo lo contrario. El crimen, como el ser humano, es complejo e irre- parable. Hay que tenerle, como al lector, un respeto”.
A Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) le va, en su producción literaria, el humor, como se puede leer en su Sangre a borbotones (Lengua de Trapo), por ejemplo: “Como dice mi amigo Fernando Marías, la novela negra empieza cuando aparece la posibilidad de que ganen los malos. Esto es así porque, en mi opinión, una buena novela negra siempre es una novela realista y militante, una denuncia contra la sociedad. El criminal, el que aprieta el gatillo, no es el verdadero culpable: eso es lo que diferencia la novela negra de la policiaca. Además, una novela negra tiene que tener para mí: contundencia expresiva, realismo en las descripciones, el punto de vista de un personaje lúcido y escéptico, violencia, belleza, humor, crítica social y, a ser posible, erotismo”. Entre lo que no soporta Reig está “citar a Chandler, que el detective sea torpe (se le caigan cosas al suelo, etcétera), que los personajes populares imiten por escrito la fonética y digan acojonao y cosas peores, que la lectura no suponga alguna clase de perturbación moral para el lector y, para mí, que aparezcan periodistas metidos a detectives: No lo soporto, me sale urticaria”.
Con tres novelas –Mala suerte, López López y El disparatado círculo de los pájaros borrachos–, Juan Aparicio- Belmonte (Londres, 1971) es uno de los valores firmes de este género, que retuerce y da vueltas, a veces disparatadas, como indica uno de sus títulos: “Una buena novela negra se define igual que una buena novela a secas: un artefacto narrativo que te conmueve, que entra en tu vida para quedarse, que tiene personajes inolvidables, que parece escrita por necesidad y no como ejercicio voluntarista. Y que logra ser original de manera natural y no forzada. Que logra, además, comprometerse con su tiempo sin casi pretenderlo”. Por el lado malo, no le interesa “la repetición de arquetipos trillados, la ausencia de vigor de los personajes. Las malas novelas son malas con independencia del género al que puedan ser adscritas. Una mala novela es aquella que nunca logra interesarte, que no te llegas a creer. Y que denota una larga distancia entre la intención del autor y el resultado fi nal. Novelas pedantes, novelas ñoñas, novelas gratuitamente extravagantes, novelas idiotas...”.
Tradición e innovación
Nadie me mata (Tusquets) es el último libro de Javier Azpeitia (Madrid, 1962), quien ganó el Premio Hammett de novela negra en 1996 con Hipnos (Lengua de Trapo). “Como todo lo bueno, una buena novela negra debe tener parte de tradición (que haya búsqueda de culpable o culpables; sin la culpa, la novela negra, y nuestra sociedad, se vendría abajo), y parte de in- novación: en los tiempos que corren, me gusta cuando se plantea con elementos fantásticos (no enanos maravillosos, desde luego), todo un reto en nuestra cultura realista, algo caduca literariamente”. Aunque cree que “si es literatura, todo me resulta perdonable”, Azpeitia está cansado de la novela social: “No la de hace medio siglo, sino la que repite el esquema y las convenciones ahora. Más que negra o social resulta de juzgado de guardia”.
El manuscrito de Dios, El espejo del monstruo, El imán y la brújula (Ediciones B) son los títulos que han colocado a Juan Ramón Biedma (Sevilla, 1962) en el pelotón de cabeza de los escritores negros: “El mejor autor de novela negra será aquel capaz de reventar las normas, de destrozar las tramas y de dinamitar el estilo, el que se atreva a enterrarlo todo bajo una lápida y una tonelada de tierra; y aún así, el engendro se levante al tercer día, respire, maléfico, y no sea parodia ni trascendencia del género. Siempre estamos a la espera de la novela negra resucitada”. Y para lo malo, se pone musical, tirando a porteño: “A una novela criminal, como al tango, con el que está emparentada, le podemos perdonar cualquier cosa, hasta la sensación de que haya pasado por la cama de todos, siempre que no te deje impávido. O te calienta o no te calienta”.
Hay más nombres
Puede parecer complicado, pero lo que sigue es el cruce de recomendaciones de los escritores encuestados, y algunos de los títulos imprescindibles. Juan Bolea opta por Lorenzo Silva, Juan Ramón Biedma, Cristina Fallarás, Rafael Reig y David López; para Silva, destacan Nacho Faerna –Quieto y Bendita democracia americana (Ediciones B)–, Pedro de Paz –Muñecas tras el cristal (El Tercer Nombre)–, Domingo Villar –Ojos de agua (Siruela)–; para Reig, Azpeitia, Silva, Martín Casariego y Aparicio-Belmonte; este último recuerda a Pablo Tusset –En el nombre del cerdo (Destino)–, Reig, Azpeitia, Silva y David Torres; para Azpeitia hay que leer a Reig y a Fernando Marías; Marías también le gusta a Biedma, además de Bolea, Faerna y José Carlos Somoza. “Pero quiero subrayar –añade Rafael Reig– mi último y sensacional descubrimiento: Miquel Silvestre. Acabo de leer La dama ciega (Barataria) y lo que me sorprende es que aún no la esté leyendo todo el mundo”.