El enigma Tintín
Su ideología resulta francamente conservadora, abunda en puerilidades pretendidamente humorísticas. Y sin embargo, siempre funciona.
Durante las primeras semanas de este año han coincidido en París dos exposiciones dedicadas a sendas manifestaciones de cultura popular ligadas al cómic: una está protagonizada por Walt Disney y sus películas de animación, la otra por Hergé y su criatura universal, Tintín. ¡Disney, Hergé! Vigas maestras del ya hace tanto tiempo derrumbado palacio de mi infancia: pero sobre todo Tintín, más que nada y más que nadie. Además de los mayores placeres ligados a la aventura de la imaginación, la más alta y duradera de todas, le debo a Tintínun regalo maravilloso: con sus álbumes aprendí a leer en francés, lo cual ha sido siempre para mí una gran fuente de alegrías añadidas al enorme gozo de la lectura. Y también gracias a él –es decir, a mi afán por poseer cuanto antes sus historias en cuanto aparecían– me decidí a chapurrear en la lengua de Voltaire, ya que mi madre ponía como requisito para comprármelas en alguna librería de Biarritz o Hendaya que yo mismo se las pidiera al dependiente en francés. Y por hacerme con Objetivo: la luna o El tesoro de Rackham el Rojo estaba dispuesto a vencer mi timidez y hablar en chino, si hacía falta…
Impacto
La exposición del Centro Pompidou dedicada a Hergé (es decir, a Tintíny su mundo, porque no hay otro Hergé que valga) es gratuita: la mañana que yo fui, recién inaugurado el año, había que guardar una cola interminable para entrar. La formaban padres fervientes de mediana edad o algo más jóvenes, procedentes de múltiples países, acarreando niños que en su mayoría no tenían aspecto demasiado entusiasta. Resultaba evidente que en esa devoción contaba más la nostalgia de los mayores que la afición de los pequeños. Mientras aguardaba turno, me pregunté por el misterioso embrujo que las aventuras de Tintínhan ejercido sobre varias generaciones y que probablemente ahora ya se va desvaneciendo en un mero interés cultural.
Porque el hechizo ha sido potente, sin duda. Tintínno contó con el respaldo de la primera gran industria cinematográfica de dibujos animados, como los personajes de Walt Disney, cuya popularidad omnipresente es más fácil de justificar aunque su impacto a largo plazo en las vidas de los aficionados nunca ha sido tan determinante como la del personaje de Hergé. Desde luego, otros héroes de cómic como Superman, Batman o Spiderman se han ganado adhesiones duraderas –reforzadas por las películas que en los últimos tiempos han vuelto a popularizarlos masivamente– y sin embargo no creo que jamás hayan logrado penetrar en la vida de nadie como lo hicieron Tintín, sus amigos y sus enemigos… al menos entre el público europeo. Sobre todo, de forma tan duradera: los devotos de Tintín envejecemos pero no le abandonamos… Con medios más modestos, sin el apoyo cinematográfico (que sólo llegó mucho más tarde y nunca fue gran cosa para su mito), Tintínabdució a niños y adolescentes durante más de medio siglo. Sus lectores de esa gran y larga época hemos crecido, pero seguimos prisioneros. Mientras esperaba el momento de entrar al ya venerable Pompidou para pasearme entre ampliaciones de viñetas, portadas amarillentas de Le Petit Vingtième y vociferaciones del capitán Haddock escritas en el suelo, me pregunté por qué. ¿Cómo logró apoderarse tanto de nuestras almas?
La respuesta no es fácil, al menos para mí. Tintínes asexuado y formal (lo que más detesto en el mundo), la trama de sus historias es convencional, su ideología resulta francamente conservadora, abunda en puerilidades pretendidamente humorísticas, etcétera… Y sin embargo, siempre funciona. Sus viñetas forman un universo paralelo, un minucioso espejismo al que uno puede irse a vivir por un rato o quizá íntimamente para siempre. Es otro mundo, a salvo del tiempo y de la muerte, donde la ambición cruel fracasa y la amistad siempre obtiene recompensa. Tintínsale de Bruselas pero pronto su patria es el mundo, el movimiento del viaje: se instala en el castillo de Moulinsart, cuyo mayor atractivo es no estar en ninguna parte, para mejor irse a cualquier sitio, cuanto más lejos mejor. El planeta se le queda pequeño, como a cualquiera de nosotros: y a pesar de todo, sabemos que para ser feliz nunca hubiera necesitado salir de casa. En fin, no lo comprendo: me posee pero no logro descifrar el enigma de Tintín.