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Ignacio Vidal-Folch|Visiones
Los sonámbulos

Hermann Broch fue una de las dos o tres personas más inteligentes de la Viena de entreguerras.


La inteligencia de Hermann Broch está bien acreditada en los anales vieneses; era tan aguda que con Los sonámbulos revolucionó las formas de la novela injertando en su textura narrativa los ensayos y los poemas, y sosteniendo simultáneamente el hechizo, el suspense, el interés por los personajes que los lectores solemos exigir de cualquier novela. Durante los últimos meses he manejado como un fetiche ese monumento literario de entreguerras que la editorial De Bolsillo ha puesto a la venta en tres tomos manejables, bien compuestos (el diseño copia el clásico de los Penguin), a un precio económico, y con unas portadas que reproducen impactantes óleos de Kirchner, el pintor del grupo Die Brucke (el lector recordará la maravillosa exposición del año pasado en la Fundación Thyssen), entre ellos el titulado Escena callejera en Berlín [en la imagen], escena de la que volveremos a oír hablar muy pronto: el pasado 1 de agosto el Ayuntamiento de Berlín devolvió el cuadro, que era una de las más valiosas joyas del museo berlinés dedicado al grupo Die Brucke, a los herederos de su anterior dueño, el industrial y coleccionista judío Alfred Hess, y el 8 del próximo mes de noviembre la Escena callejera en Berlín [sale a subasta en Christie’s, Nueva York... Las pujas están abiertas, señoras y caballeros, si se animan...

Broch fue una de las dos o tres personas más inteligentes de la Viena de entreguerras, por lo menos en el campo literario, campo al que él llegó, por cierto, ya en edad madura, como un acomodado rentista, después de dirigir la empresa textil de sus mayores durante muchos años; a la muerte de su padre la vendió y se dedicó a estudiar y escribir, que era lo que le gustaba. El otro novelista más inteligente de su época era Robert Musil, cuya prosa no le proporcionaba un real y era financieramente mantenido a flote por una sociedad de mecenas, entre los cuales figuraban Thomas Mann, al que desdeñaba por convencional y anticuado, y cuyos logros consideraba años luz retrasados respecto a su El hombre sin atributos, y Hermann Broch, a quien miraba con recelo, temiendo que le estuviera copiando, porque se proponía, igual que él, introducir el ensayo en la novela y retratar los procesos de decadencia del mundo centroeuropeo en descomposición de todos los valores, camino a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial...

Sólo que Broch pintó ese espléndido fresco que es Los sonámbulos en tres años, toda una hazaña, mientras que Musil le dedicó décadas a la obra colosal El hombre sin atributos y a su muerte quedó inconclusa... y todo para que ahora venga el influyente crítico Reich Ranicki a proclamar que Musil es un bluff, un anacronismo con patas, ya que escribía sobre los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial cuando ya había estallado la Segunda… Tanto el rico judío Broch como el modesto gentil Musil murieron exiliados y sin un céntimo: Musil, levantando pesas en Ginebra, Suiza, y Broch, en su despacho en Connecticut, con la pluma en la mano, sobre un manuscrito...

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