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Luis Reyes | Veraneantes con historia
La pasión española de Ava Gardner
España ha seducido a artistas e intelectuales, a reyes y faranduleros. Nadie mejor que una farandulera, que era una reina, para iniciar esta serie de veraneantes –o invernantes– históricos que sintieron la pasión española.
24/07/06
El primer día de Ava Gardner en España la llevaron al Museo del Prado, a Chicote y a los toros. No existe constancia de que volviera a visitar un museo en los 15 años que vivió aquí. Las otras dos visitas, en cambio, la marcaron. Siempre se mostraría asidua de las copas –aunque eso ya lo traía en el equipaje– y de los toreros.

El sol no fue lo que atrajo a Ava Gardner a nuestro país, porque, según explicaba ella misma, aquí vivía sobre todo de noche. Es caer en el tópico decir que le atraían los hombres españoles, los machos de denominación exclusiva made in Spain, toreros y flamencos, de los que tuvo una buena nómina de amantes.

Lo que en realidad le gustaba de España era que no hubiese prensa del corazón. Podría decirse que en los años 50 no había prensa de nada en nuestro país, pues la rígida censura franquista controlaba no sólo la información política, sino la moralidad de las costumbres, en el sentido de que de las costumbres inmorales no se hablaba.

Leyendo los ecos de sociedad que dan noticia de alguna velada de Ava Gardner, podrían estar hablando del embajador de Luxemburgo, tan circunspectos son. Jamás una referencia a los escándalos, las borracheras y las broncas que protagonizaba la actriz en la noche madrileña. Podía torear los automóviles en la Castellana de madrugada, o volver a casa al amanecer en un camión de la basura, morreándose con los basureros, y los periódicos, mudos.

Ava conoció España por razones profesionales, vino a rodar una película en 1950, y su primer romance taurino podría decirse que fue por exigencia del guión. En Pandora había un personaje de torero interpretado por Mario Cabré, matador en la vida real, además de actor y poeta. No era muy bueno en ninguno de los tres órdenes, pero tenía buena planta de latin lover y por supuesto se enamoró de Ava Gardner. Ella se dejó querer.

Armar la marimorena
Tras aquel primer contacto, Ava decidió instalarse en España en 1953. Primero en una suite del Hotel Castellana Hilton, donde casi no le cobraban y le permitían hacer de todo para martirio de los otros huéspedes.

Porque desde el principio, Ava Gardner montó la marimorena. Había venido a España huyendo de sí misma y de su relación con Frank Sinatra, bebía como un pirata, se acostaba con cualquiera que le cayese en gracia, y le gustaba montar juergas flamencas a diario, o mejor dicho, a nocturno. Cuando cerraban los tablaos se llevaba a la suite a los gitanos y no dejaba dormir a nadie en tres plantas.

Había encontrado en España, además de gente guapa, alegre y recia, como ella, algo impagable: impunidad. La España franquista de los 50 era todavía un país de señoritos, donde los que estaban arriba podían hacer sus más brutales caprichos y los demás se aguantaban, y encima no había una prensa que lo contase. Jauja.

Ava pertenecía a esa elite de señoritos omnipotentes, como sus amigos el marqués de Villaverde, yernísimo de Franco, o Luis Miguel Dominguín, con quien tuvo una larga historia de amor, o más bien sexo, aunque también de amistad. Después de la primera relación sexual, en vez de quedarse en la cama, Dominguín se levantó a toda prisa y empezó a vestirse.“¿A dónde vas?”, le preguntó ella escamada de no retener al amante.“¡A contarlo!”, le respondió él.La historia la contaba el propio Dominguín, aunque luego decía que se la había inventado. Ava tenía patente de corso porque estaba respaldada por la embajada norteamericana y por la Metro, tanto monta, y en entre sus amigos estaba el jefe de la CIA en España. Para el franquismo, Estados Unidos había sido la salvación. Gracias a la Guerra Fría y la cesión de bases a EE UU en 1953,Washington sacó a la España de Franco del aislamiento internacional y le dio un poco de oxígeno económico. Un norteamericano importante podía permitírselo todo.Por ejemplo, tocarle las narices a un amigo de Franco como el general Perón.

Juergas y burlas
Perón, el exilado más importante amparado por el régimen, tuvo la desgracia de que Ava Gardner se instalara en el piso de arriba, en su casa de la calle Doctor Arce. La actriz había vivido entre el 55 y el 60 en un gran chalet de La Moraleja, La Bruja, cerca de sus amigos de la CIA. No tenía teléfono, y el aislamiento le daba la ilusión de que podía huir de sus problemas. Pero se hartó de aquello cuando La Moraleja se convirtió en una urba de familias americanas de la base de Torrejón.

Vendió La Bruja y se instaló en un espléndido dúplex de Doctor Arce.Y siguió con su costumbre de recoger noctámbulos y montar juergas de madrugada.Perón llegó a subir revólver en mano y con sus pistoleros, pero ella no se asustaba de nada.O la mataba, o se aguantaba. Encima Ava le vejaba, salía al balcón y gritaba: “¡Perón, cabrón!”, o le imitaba en plan de burla, porque le había visto ensayar discursos.

También perdió en su enfrentamiento con Ava Blas Piñar, el guardián de las esencias franquistas. Piñar había sido director del Instituto de Cultura Hispánica, y en la Transición sería el jefe de la ultraderecha violenta y terrorista. Era notario y una vez se presentó en Doctor Arce con un requerimiento. La versión más legendaria dice que Ava le abrió la puerta absolutamente desnuda, lo que no es inverosímil, pues se exhibía sin pudor. Otra dice que abrió el secretario de la actriz, el caso es que le dieron a Blas Piñar con la puerta en las narices, y éste presentó una querella por desacato a funcionario público. Llamada de arriba y la querella, que en principio había prosperado en los tribunales, desestimada.

Huir de Hacienda
Peor enemigo fue Fraga Iribarne. No porque le tuviese tirria a Ava, que se la tenía, sino porque se había propuesto modernizar a España desde su Ministerio de Información y Turismo. Con la Ley de Prensa de Fraga afloró una tímida libertad de prensa, y con su política España se convirtió en un destino del turismo de masas. “Los largos viajes en automóvil, durante los cuales en kilómetros y kilómetros no se encuentra un ser vivo”, que eran una de las razones que daba Ava para vivir en España, se hicieron imposibles. Parte de la impunidad de la que Ava había gozado en la España franquista consistía en que nunca había pagado una peseta de impuestos. Sostienen las malas lenguas que Fraga espoleó al Ministerio de Hacienda para que le reclamase. Quizá era simplemente otra muestra de que España iba pareciéndose a Europa. El caso es que, oficialmente, Ava Gardner se fue de España huyendo de Hacienda.

La verdad es que desde 1963 permanecía fuera temporadas cada vez más largas, y por fin, en 1968, se marchó definitivamente y se instaló en Londres. España vivía el primer Plan de Desarrollo de López Rodó, y ya era imposible que Ava Gardner, en una noche loca –y lo eran la mayoría– se subiera a la mesa de un local, se levantara las faldas y mease delante de todos, sin que la echaran y sin que lo contara la prensa.

Una puntualización: dicen los que la vieron hacer eso que incluso entonces parecía una reina.
Montaba juergas flamencas a diario.
Ava con Lola Flores.
Asistió en Sevilla a la ópera.


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