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Desde enero ha habido 113 rebeliones en prisiones de São Paulo.Desde enero ha habido 113 rebeliones en prisiones de São Paulo.



Las cifras de la violencia

40 millones de euros es el patrimonio del Primer Comando de la Capital (PCC).
100.000 simpatizantes tiene el PCC dentro de las prisiones.
40.000 nuevos reclusos al año, es el ritmo al que crece la población reclusa en Brasil, según la ONU.
150.000 nuevas plazas carcelarias son ya urgentes.




LOS COMANDOS QUE CONTROLAN LAS CÁRCELES BRASILEÑAS
El poder tras las rejas
La ola de violencia en São Paulo ha puesto en evidencia la precariedad de los presidios brasileños y la magnitud de las mafias que operan desde dentro
22/05/06
Marcola”tiene nariz de gánster.Mirada afilada. Un lenguaje conciso que desconcierta y embauca. Pero su jerga no tiene nada que ver con la de los presos de las cárceles brasileñas. Williams Herbas Camacho, conocido como Marcola o Playboy, el cerebro de la ola de violencia que puso en jaque São Paulo la semana pasada, recomienda siempre dos lecturas: El arte de la guerra (escrito hace más de 2.500 años por el filósofo chino Sun Tzu) y La divina comedia, de Dante Alighieri. Quizá por eso, porque conoce al enemigo (una de las máxima de Sun Tzu) y el descenso a los infiernos dantianos, Marcola es el reo más temido de América Latina, capaz de poner en jaque al Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.

Su bomba de relojería tiene una forma inocente: un teléfono móvil. Basta apretar ocho números para transformar la tierra en el infierno. São Paulo en Bagdad. Ocho números. 281 actos terroristas. 148 muertos. Más de 80 motines carcelarios. 82 autobuses quemados. 17 ataques a bancos. 54 comisarías asaltadas. Pánico generalizado. Y fuertes caídas en la Bovespa, la mayor Bolsa de Valores de Suramérica.

Cuando Marcola, el líder del Primer Comando de la Capital (PCC), fue llevado ante Godofredo Bittencourt, comisario del Departamento de Investigación del Crimen Organizado, para que parase la ola de atentados, fue claro y conciso: “No puedo.Ahora ya di la orden”.

Sindicato del crimen. El PCC lo fundaron en agosto de 1993 ocho presos del Centro de Rehabilitación Penitenciaria de Taubaté, cerca de São Paulo, donde eran trasladados los reos más rebeldes. Existe otra versión políticamente incorrecta: nació después de la matanza de Carandirú, en 1992, en la que la Policía asesinó indiscriminadamente a 111 presos. Los supervivientes fundaron el comando para clamar venganza y reivindicar mejores condiciones en los centros penitenciarios.

Desde entonces, el PCC, también conocido como el Partido del Crimen o como el 15.3.3 (por la posición de las letras en el alfabeto), se ha erigido como un auténtico poder paralelo en el Estado de São Paulo. Apoyado por las FARC y por otros grupos internacionales, el PCC construyó a lo largo de años una red operativa poderosísima. Cuentan con entre 5.000 y 8.000 miembros. Dentro y fuera de las prisiones. Trabajan conjuntamente con cerca de 1.800 guardias y policías corruptos. Trafican con drogas y armas. Y cuentan con una fortuna de unos 40 millones de euros (según calculó el diario O Globo). Su jerarquía es casi indescifrable. Sus células están descentralizadas. Guaracy Mignardi, ex inspector de Policía de São Paulo y asesor de las Naciones Unidas en temas de criminalidad, asegura con vehemencia que “es casi imposible desmantelar al PCC porque no hay comando central para destruir. Si el cabecilla muere, alguien asume el cargo”.

Mafia estructurada. “Organizaciones como el PCC ya edifican estructuras para la formación de un Estado mafioso”, asegura el profesor de Derecho Penal Walter Maierovitch, presidente del Instituto Brasileño Giovanni Falcone. El PCC y otras facciones criminales que operan en las prisiones brasileñas podrían considerarse prácticamente organizaciones mafiosas. “Los cárteles están apenas unos pasos al frente. Brasil está en un nivel intermedio, no sólo hablando del PCC, sólo hay que mirar el control que algunas organizaciones ejercen en Río de Janeiro”, aseguró al diario Folha de São Paulo el estadounidense William Perry, ex director del Consejo de Seguridad para Asuntos Sociales de América Latina en el Gobierno Reagan.

Al igual que Totó Riina y Bernardo Provenzano (detenido en abril) llegaron a controlar parte del poder político y ordenaron las ejecuciones de jueces en Italia, el PCC comienza a eliminar a autoridades, como el juez de Presidente Prudente, (una ciudad del Estado de São Paulo), Antônio Machado Dias, asesinado por el comando en una emboscada en 2003.

Comandos. El PCC no está solo. Es el comando mejor organizado de Brasil. Tiene 100.000 simpatizantes en los presidios. Y son auténticos ídolos en los barrios marginales. Pero no son los únicos. Dentro de las cárceles de São Paulo existen al menos doce comandos, según datos de la Pastoral Carcelaria de la Iglesia Católica.

En São Paulo tienen especial fuerza el Comando Revolucionario Brasileño del Crimen, los Amigos de los Amigos y la Secta Satánica. Su control dentro de las prisiones es absoluto. Dominan hasta los atestados de buen comportamiento que emiten los funcionarios.“Para entrar a un patio y conversar con un preso tenemos que pedir autorización al jefe del comando”, asegura Valdir Joao, coordinador de la pastoral carcelaria de la Iglesia Católica. El control de los soldados del exterior, además, es minucioso. Los miembros del PCC aportan una cantidad fija al mes (50 reales los presos, 500 los libres), una especie de seguro del crimen que garantiza protección y hasta quizás el rescate de algún presidio. Los que no consiguen la cantidad pasan a ser conocidos como benladens (hombres-bomba dispuestos a todo) y los obligan a realizar acciones especiales como el secuestro de algún funcionario de prisiones (van 420 secuestros este año).

Pero la clave del poder de los comandos está en el punto 16 del estatuto del PCC: “En coalición con el Comando Vermelho de Río de Janeiro vamos a revolucionar el país dentro de las prisiones”. Río de Janeiro y São Paulo íntimamente unidos por las acciones criminales.

El Comando Vermelho fue el primero. Surgió en 1969 en el presidio de Ilha Grande (litoral de Río de Janeiro) para mejorar la situación de los presos. Nació con el lema de “Paz, Justicia y Libertad”. Sus miembros, entrenados por milicianos de izquierda, aprendieron estrategias de guerrilla. Financiaban fugas. Pero en cuanto se estableció fuera de las prisiones pasó a dedicarse casi exclusivamente al tráfico de drogas. Nacieron nuevas escisiones (Tercer Comando, Tercer Comando Puro, Amigos de los Amigos).Nuevos grupos (Primer Comando de la Capital). Estalló la guerra. Y se consolidó su poder político y social. La antropóloga Alba Zaluar, una de las especialistas más importantes sobre violencia y grupos criminales, asegura que los comandos incluso “financian a los políticos durante los periodos preelectorales”.

Saturación. Aunque los comandos tienen ciertos ideales de justicia, el motivo crucial de su nacimiento fueron las pésimas condiciones de las cárceles. De hecho, la principal reivindicación de la revuelta del PCC que asoló São Paulo fue aparentemente pueril. Exigía (además de que no se dispersasen a 765 de sus miembros) 60 televisores nuevos para ver el Mundial de fútbol, el cambio de color en sus trajes y libertad para visitas íntimas en las cárceles. La situación de las cárceles brasileñas es absolutamente decadente. Sólo el Estado de São Paulo tiene una población reclusa de 124.446 para una capacidad de 95.645.

La guerra entre el PCC y el Gobierno de São Paulo acabó tal como comenzó. Con ocho números. Una llamada de teléfono. Marcola, en una entrevista desde su teléfono móvil, transmitió a un periodista un mensaje clave: “Los ataques fueron parados. Estamos preparados para mucho más”.

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