Y Theodorakis levantó las manos
El término “tragedia griega” ha adquirido un nuevo sentido con la agresión de la policía al compositor Mikis Theodorakis, uno de los grandes símbolos nacionales.
Lo llevaron a Syntagma (que es algo así como la plaza mayor de Grecia) entre numerosos amigos. Anda con dificultad. Tiene 86 años y el pelo, abundante aún, ya no se parece en nada al de la foto de su mejor disco, donde era un puro matorral de carbón; ahora es gris, casi blanco. La cara se le ha afilado, y eso tiene también que ver con la edad. Pero la furia de los ojos sigue siendo la de siempre. Y ahora, más.
Creo no equivocarme demasiado si digo que Mikis Theodorakis es uno de los más grandes griegos del siglo XX. Para mí es el mayor, pero eso no es más que mi apasionada opinión de melómano. Theodorakis es un referente no solo cultural, que ya sería bastante, sino moral de la Grecia contemporánea. Más digo: es un símbolo nacional de la república helena y su prestigio está por encima de las batallas partidistas; eso en España lo entendemos mal. Guste o no su música, que eso es otro asunto, Theodorakis es el Verdi vivo de los italianos, el Schiller de los alemanes, el Sibelius de los finlandeses, el Elgar (o el Britten) de los británicos y el Victor Hugo, el Bizet o el Sartre (o los tres a la vez) de los franceses.
Puede que ustedes no estén de acuerdo con alguna de las comparaciones. Es igual. Creo que se entiende lo que quiero decir. Y creo también que comprenderán que no ponga ningún ejemplo español: aparte de nuestras grandes figuras del Siglo de Oro, que pillan demasiado atrás, no se me ocurre ahora el nombre de un solo compatriota cuya memoria no haya sido objeto de apropiación indebida por los hunos o por los hotros; y eso, que lo hizo Franco ya con el Cid y los Reyes Católicos, lo han seguido haciendo esmeradísimamente sus seguidores o detractores... con todos los demás. Así pues, no podría citar ahora a ningún conciudadano o conciudadana de quien todos los españoles nos sintamos hoy orgullosos y hasta dueños. No tenemos un Theodorakis que haya combatido a los nazis, a la dictadura de su país (no creo que quede un solo griego partidario de ninguna de las dos cosas), que haya peleado por la libertad de todos y que, encima, haya escrito la música del ballet Zorba.
Tuve el inmenso privilegio de asistir, en la primavera de 1997, a la representación de esa maravilla en Skopje, la actual república de Macedonia. La función fue una iniciativa de intelectuales, políticos, artistas y hasta deportistas tanto griegos como macedonios para impulsar el abrazo entre dos pueblos hermanos. Y la música no podía ser sino el Zorba, terminado en 1988 y dirigida en aquella ocasión por el propio compositor. No lo olvidaré mientras viva. No creo que lo haga ninguno de los que estuvimos allí. Estábamos oyendo todos la pura alma de los griegos: aquella música era Grecia, por encima de tratados, fronteras, intereses, monedas y aduanas. Theodorakis había entendido a su pueblo. A todo su pueblo. Y los griegos le habían entendido a él.
Hoy veo al anciano músico al frente de los griegos, otra vez. Y en una circunstancia muy diferente. Theodorakis ha salido de su retiro para encarnar el espíritu de una nación que se siente robada, avasallada y traicionada. No está claro por quién; o, mejor dicho, son tantos que es difícil contarlos. Theodorakis, símbolo de todos los griegos, pidió permiso a la policía para subir la escalinata de la plaza y hablar a 100.000 personas iracundas allí congregadas. Y la policía, la policía griega, respondió lanzando gases lacrimógenos hacia el lugar donde estaba el ilustre anciano. Antes de abandonar la plaza, Theodorakis alzó, ígneo, las manos hacia el cielo.
No funcionó. No se abrió el firmamento para que Zeus lanzase merecidos rayos a aquellos esbirros ni a quienes les mandaban. Los antiguos dioses están, estos sí, muy viejos. O a lo mejor no tanto...
El poder de los símbolos.
Hace unos meses, este caballo que no tiene nada de profeta -si pudiese adivinar el futuro, hace tiempo que me habría ido a vivir a otro país- tuvo la ocurrencia de decir en esta página que aquel sinvergüenza que okupaba la jefatura del Gobierno italiano, el tal Berlusconi, tenía los días contados como primer ministro: los italianos, en una función de ópera celebrada en Roma, le habían cantado a la cara, entre lágrimas de indignación, el Va, pensiero, del Nabucco de Verdi: el auténtico himno de la libertad y la dignidad de Italia. Dijimos aquí que no había nadie capaz de sobrevivir a eso. Bien, puede que no fuera aquel cántico la única causa (más bien fue un síntoma), pero il ladro cayó en poco tiempo.
Ahora es igual. Cuando la policía griega agrede a Theodorakis, está atacando directamente al corazón de Grecia. Las manos alzadas del viejo león no son un signo de impotencia, ni solo de ira: son el símbolo de la catástrofe, porque no hay gobierno que resista un insulto tan grosero al alma de su pueblo, a una de sus más gloriosas leyendas vivas. El centro de Atenas ardía a las pocas horas; es evidente que volverá a arder. Las llamas no las provocaron los “alborotadores”, que es lo que dicen siempre los gobiernos en estas circunstancias: las encendieron los griegos, los ciudadanos que jamás han pedido un préstamo al FMI, ni al BCE, ni han oído hablar en su vida de activos tóxicos, de deuda soberana ni de la hideperra prima de riesgo. Los ciudadanos se han limitado a hacer su trabajo como mejor sabían y podían; a vivir, a sobrevivir, a votar a unos o a otros según les iban prometiendo diversos grados de felicidad, y a tirar p’alante. Vamos, lo mismo que ustedes y que yo.
Y ahora se les viene encima el despido de 150.000 funcionarios de aquí a tres años, la rebaja del salario mínimo en una cuarta parte, de las pensiones en un 20%, la privatización hasta de la Acrópolis, la reducción brutal del gasto en sanidad y educación... y el hambre en las calles, que ya se ve sin que nadie pueda ocultarla. Y la desesperación de los ciudadanos, que no saben qué han hecho para provocar este sindiós. Y la imparable ola de suicidios. Y la amenaza del colapso total del país (ah, y lo de ahora ¿qué es, un desmayito?) si, de aquí a un mes, los ricos de Europa no les prestan una cantidad desorbitada de dinero. Cantidad de la que ningún griego verá un céntimo, porque servirá para pagar deudas gigantescas... que ellos, la gente, no han contraído nunca.
Pero nosotros tranquilos, ¿eh? Eso son cosas que pasan allá en Grecia, que está lejos y es un país pobre, siempre se ha sabido. Aquí eso no puede ocurrir. Aquí tenemos unas autoridades que aprueban, con general consenso, leyes destinadas a proteger el bienestar de los trabajadores, sus empleos (que crecerán de un momento a otro, ya lo vamos a ver) y su fe en el futuro. Estamos a salvo.
Además, nuestros gobernantes tienen suerte: aquí no tenemos un jodío viejo perroflauta que convoque la ira de los dioses. O de los hombres también.


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COMENTARIOS
Gracias por exponer a este hermoso hombre.Lo conocí a través de su música ademas con irene papas como alumna de espresion corporal.Hoy ya hace años, siendo docente estoy buscando un tema "ignacio"y así encontré este articulo.Gracias otra vez...como me gustaria conocerte personalmente.Aqui estoy en Argentina