Toda una vida

10 / 10 / 2017 Ricardo Menéndez Salmón
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Salamandra publica Toda una vida, aclamada novela de Robert Seethaler que hace suya la reflexión de Berger para trasladarla a la herramienta por antonomasia: el propio cuerpo. 

Foto: Arno Burgi/DPA

John Berger, uno de los escritores que con más talento ha reflexionado acerca del trabajo en la época posterior a la Revolución Industrial, ese mundo que devoró al campesinado y coronó al técnico, y junto a él a un amplio espectro de especialistas y expertos, sostenía que la memoria de los trabajadores permanece no solo en sus logros, en los objetos construidos gracias a su esfuerzo y a su pericia, sino también en sus herramientas, en los útiles empleados para modificar la Naturaleza. Un arado, una azada, una batea testimonian, en su mudez de artefactos, la historia de sus posesores. 

Salamandra publica Toda una vida, aclamada novela del escritor austriaco Robert Seethaler que hace suya la reflexión de Berger para trasladarla a la herramienta por antonomasia: el propio cuerpo. El protagonista de esta breve pero intensa novela es un testigo del siglo veinte, pero un testigo no tanto a través de su conciencia política o de su implicación ideológica cuanto mediante su carne y sus huesos, y un actor de ese tiempo violento y mutante no tanto a través de los grandes gestos y las grandes palabras sino mediante su presencia en lo cotidiano, en lo rutinario e incluso en lo anodino. Seethaler ha escrito una obra morosa y a la vez urgente, que desde lo microscópico (la vida pequeña, sin espectacularidad, de su héroe, incluso cuando esa vida intersecta con los accidentes de la Historia) se proyecta a la monumentalidad de un escenario, la sociedad posindustrial, que cambia a velocidad pasmosa.

Andreas Egger, el protagonista de Toda una vida, es sucesivamente granjero, mozo de carga, agricultor, albañil, soldado, dinamitero, constructor de teleféricos y guía de montaña; es, pues, un hombre que ha trabajado la tierra para subsistir, que ha modificado la tierra mediante la tecnología y que, al final de sus días, ha mostrado la tierra a un pelotón de gentes ociosas. En todas estas actividades su mirada austera y un poco lerda, que contempla las circunstancias del mundo con una mezcla de aceptación y aturdimiento, pronostica la existencia, cada vez más precaria, de otro tiempo dentro del tiempo acelerado que nos rodea. 

El recordatorio de una existencia paralela dentro del corazón de la prisa, de una posible narración desde otra visión de lo contemporáneo, emparenta esta novela con obras como Intemperie, de Jesús Carrasco, Sueños de trenes, de Denis Johnson, o la fulgurante La vida simple, de Sylvain Tesson, textos todos ellos, se organicen desde la ficción o lo hagan apelando al reportaje, que indagan en la evidencia de un relato alternativo al que dicta nuestro entorno, aunque también constaten, casi de forma ineludible, la agonía de ciertos viejos modos de permanecer en el mundo, desde la cabaña de Walden a las sucesivas reencarnaciones del buen salvaje.

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