La mujer del cuadro

26 / 01 / 2017 Vicente Molina Foix
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El galerista barcelonés Artur Ramon refleja a algunas mujeres imponentes o humildes de la pintura.

Artur Ramon, junto a dos de los cuadros expuestos en el Museu Nacional d'Art de Catalunya

Los intermediarios del arte no siempre tienen buena fama, y en el campo de la ficción, cinematográfica en este caso, es inolvidable la figura de Morel, el inventado marchante traidor y codicioso que acechaba la muerte del empobrecido Modigliani para llevarse de su estudio, a cambio de unas monedas, la obra dejada por el artista. Así termina Los amantes de Mont-parnasse, un proyecto original del gran Max Ophüls heredado y dirigido por otro grande, Jacques Becker, para mi gusto la mayor obra maestra del cine de pintores; me extrañó que el galerista barcelonés Artur Ramon, cuya excepcional cultura abarca tanto el séptimo como las primeras artes, no lo cite en el capítulo sobre Modigliani y su amante Jeanne en su libro Falsas sirenas son (Editorial Elba, 2016), libro que me he hecho a mí mismo el regalo íntimo de leer mientras fuera trascurría chillona y ávidamente la Navidad.

Ramon es marchante de un tipo muy distinto al ficticio Morel de Los amantes de Mont–parnasse, y sus credenciales en ese oficio resultan impecables; yo le conocía sobre todo por sus conocimientos sobre Piranesi, pero Falsas sirenas son amplía el registro de su estupenda obra anterior, Nada es bello sin el azar, también publicada por Elba, y combina de modo incomparable sabiduría y ocurrencia, revelando que hay en su autor otros ramones: el memorialista, el fetichista, el literato, con sus comentarios eruditos o picantes sobre Gustave Flaubert, Octavio Paz o Nicolás Fernández de Moratín, Moratín padre, a quien debemos Arte de las putas, descacharrante guía en verso del Madrid subterráneo del siglo XVIII, “preñada de la misoginia que impregnaba la cultura española de aquellos tiempos”, reconoce Ramon a la vez que, en un quiebro endiablado, reajusta su propia óptica y hace de las falsas sirenas moratinianas las gloriosas heroínas de su libro. En sus más de 200 páginas, Ramon refleja a algunas mujeres imponentes o humildes que han estado en el origen de la mejor pintura, a veces de la más secreta, hablando tanto de las modelos como de las artistas; destaca en el capítulo tres, en un brillante análisis del motivo bíblico de Susana y los viejos, el perfil de Artemisia Gentileschi y la aguda extrapolación desde la iconografía del asunto a la tipología del voyeur, dentro y fuera del lienzo. Y el capítulo diez es delicioso, más allá de su título, La canguro del hijo de Rembrandt, pues lo que empieza como un chisme de alcoba acaba siendo el delicado retrato familiar del genio holandés en sus amores y en sus miserias. La gran virtud de Ramon es que su deambular por la plástica nos llega a menudo por la vía del relato: paseos muy amenos en los que el connaisseur se coloca a veces en el interior del cuadro como un personaje más. De ahí que, en paralelo a su conocer, seduzca su contar: los episodios del abuelo con la bailarina Tórtola Valencia o La rubia mentira del barón rampante son pequeñas joyas narrativas que podrían leerse, si no supiéramos toda la verdad de Ramon, como maravillosos cuentos de unas vidas artísticas imaginarias.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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