La madre de Ismaíl Kadaré

22 / 12 / 2016 Ricardo Menéndez Salmón
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En 'La muñeca' la madre del autor ve en la escritura el rival de su afecto.

Su extensión invita a pensar en La muñeca (Alianza Editorial) como un texto menor de Kadaré. Pero esa sería, cuando menos, una conclusión apresurada, si no falsa. La muñeca es un texto autobiográfico en el que resuena el tema capital de la escurridiza identidad albanesa, un día helénica, mañana eslava, siempre delicada de aprehender. Debate que halla acomodo en el recinto familiar, el surco donde la aguja, indefectiblemente, salta. Más en concreto, en el intento de reconstrucción de una vida, la de la madre, esa muñeca del título a quien el autor consagra estas páginas a propósito de su nunca satisfactoria relación con su familia política y con los frutos de esa unión.

El paisaje de La muñeca no se reduce al marco de la ciudad de Gjirokastra y de la casa paterna convertida en recinto del Minotauro, espacios en los que Kadaré reflexiona acerca de uno de sus temas recurrentes, el del matrimonio como forma ritualizada y aceptada de la tradición del rapto. La muñeca no solo atiende a esa vida oculta de los padres en su juventud, abismo al que todo hijo se asoma con precaución y anhelo, fatídicamente condenado a la incomprensión, sino que prosigue con los primeros pasos de Kadaré en la escritura, sus estudios universitarios, su estancia en la Unión Soviética y el conocimiento de su futura esposa, cubriendo una primera etapa vital en la que destaca, entre la ironía y la ternura, la figura no tanto reverenciada como contemplada con irremediable sorpresa de la madre, que en el contrato que todo matrimonio propone aporta el dinero de los Bodi a un apellido lleno de gloria pero exhausto de medios, el de los excéntricos Kadaré.

Reconoce el autor que la juventud de su madre, que abandonó su hogar siendo apenas una niña para recluirse en una casa ajena, la hizo sentir siempre incompleta ante su propio hijo, como si ella hubiera mantenido perpetuamente esa edad desvalida mientras él, alimentándose de las experiencias vividas, la superara no solo en conocimientos, sino en años. Existe un virtuoso patetismo cuando Kadaré reflexiona acerca del hecho de que su madre viera siempre en el arte de la escritura al verdadero rival de su afecto, como si una madre poco agraciada por la cultura fuera un baldón en la carrera del creador. Y como si la vocación literaria de Kadaré naciera de ese fondo de ingenuidad, de obligada inocencia, en que una presencia frágil, recluida en una vieja ciudad con castillos, torreones y callejones sombríos, en uno de los países más desconocidos y complejos de Europa, intentara comprender, vaga e inútilmente, el enorme capital de ficción que su hijo se disponía a lanzar al mundo.

De ese diálogo entre arquetipos y realidades, símbolos e historia viva, se nutre este sutilísimo texto, uno de los más seductores e inesperados del maestro albanés.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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