La idea de la diversión en Maigret

06 / 04 / 2017 Ignacio Vidal-Folch
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Quizá la esposa y el fricandó del comisario constituyan el humor de su creador.

Acaba de publicarse El perro canelo, una novela policiaca de Simenon que ya he leído, y con la que El acantilado prosigue su sostenida tarea, que ya intentó antes la editorial Tusquets, de publicar las trescientas novelas del gran autor belga. Simenon era un genio. O un monstruo. O las dos cosas. Debe de hacer cuarenta años que sus libros me acompañan, de manera que me lo sé de memoria y ya solo recurro a él cuando realmente no tengo nada más que leer.

Es un autor “agelastos”, incapaz de risa, por usar el término que usa Kundera en su ensayo El telón. Como muchos otros que han reflexionado sobre narrativa europea, Kundera sostiene que la novela moderna nace con El Quijote; muchos opinan que sin sentido del humor, sin sentido de la comicidad, sin risa, no hay novela (pues lo que hace de la novela un artefacto glorioso, un vehículo para la empatía y el conocimiento, es su ambigüedad, su relativismo, exactamente lo contrario de la severa y grave dogmática). Pero Simenon, debido a su materialismo radical e implacable, es triste. Era reacio a cualquier idea de grandeza, a toda aventura del espíritu. Veía a los seres humanos como animales de pequeño tamaño revolviéndose en su jaula, la jaula que es el mundo, en busca de una atmósfera de calor y cariño, y poca cosa más. Como perros junto a la estufa. Con esta visión tan prosaica, fatalista y nihilista del ser humano escribió esas trescientas novelas, todas entretenidas, algunas magníficas, aunque “agelastas”.

¿Seguro? Busco en las investigaciones del célebre comisario Maigret, a ver si encuentro algo gracioso. ¡Nada! Maigret siempre está preocupado, como rezongando, con la pipa en la boca y un grog o una cerveza helada en la mano. Por la ventana se ve que hace un tiempo de perros, llueve en París, llueve en la negra provincia, los caminos están embarrados, es otoño siempre...

Si acaso, lo único divertido que encuentro es la señora Maigret, que no aparece casi nunca. Sabemos que la casi invisible señora Maigret existe, porque su marido, siempre ocupadísimo en resolver casos difíciles y en atrapar a criminales huidizos, la telefonea de vez en cuando desde la cabina telefónica del bistrot que él ha convertido en su cuartel general –así sucede también en El perro canelo– hasta que resuelva el caso, para decirle que esa noche llegará tarde, que no le espere levantada, que se acueste. Pero la abnegada señora Maigret, muy consciente de su función en la vida y en la novela, le espera en bata, y cuando el comisario por fin llega a casa, de madrugada, ella recalienta y le sirve el fricandó que había preparado para cenar. Maigret se lo come y comenta, con un gruñido, que está bueno.

Ese doméstico fricandó que de vez en cuando, en una novela y en otra, se enfría y se recalienta, y cuyo aroma se difunde por la página, y esa esposa que se confunde con el papel pintado de la pared del comedor, quizá constituyen el humor de Simenon, humor algo torcido.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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