Escritores y sin embargo amigos

06 / 06 / 2017 Ignacio Vidal-Folch
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"La vida de un escritor en general es poco interesante, pues se la pasa entre el escritorio y el sillón".

Luis Rosales. Foto: ABC

Mientras leía las últimas publicaciones sobre la familia de poetas –poeta el padre, poetas los dos hijos mayores, y el más joven poeta también, sin escribir un verso– en la que cristalizó un mito epocal, lo cual es más trascendente que la obra escrita o no, recordé la cálida amistad que unía al padre, Leopoldo Panero, con Luis Rosales, el autor de La casa encendida. Tenían por costumbre encerrarse en el despacho del primero hasta altas horas de la noche, para hablar de lo divino y lo humano, leerse sus poemas, beber unos tragos... 

Tan a cada instante se reunían que la señora Panero, Felicidad Blanc, se molestaba, según contó en El desencanto. También a Silvina Ocampo, autora interesante de cuentos raros y esposa de Bioy Casares, le fastidiaba a veces la presencia en su casa, cada noche, durante años y décadas, de Jorge Luis Borges, pero de esa frecuentación nacieron no solo los hilarantes relatos de Bustos Domeq sino también Borges, el delicioso dietario de Bioy sobre su amigo.  

La vida de un escritor en general es poco interesante, pues se la pasa entre el escritorio y el sillón. Es una vida mental y solitaria, y por otra parte la llamada “vida literaria” puede ser desdichada, abunda en maledicencias, envidia, egolatría, adulación y otras pasiones mezquinas. Pero también se dan, claro está, casos admirables de amistad honda y fértil como Rosales/Panero o Borges/Bioy. El más notorio es el de Kafka y Brod: si existe la obra del primero es gracias a la devoción del segundo. La sostenida amistad de James Boswell produjo esa monumental Vida del doctor Johnson, retrato rico en detalles
 anecdóticos y sustanciales de un hombre de letras del XVIII. 

El tierno afecto que unía a Montaigne y Étienne De La Boétie, el placer que encontraban en dialogar y reír juntos, está en el origen de los Ensayos. El poema más adorable del capitán Francisco de Aldana es la Epístola a su maestro el erudito Arias Montano, abriéndole su alma e invitándole a irse a vivir con él en la fortaleza de San Sebastián para dedicarse juntos al estudio y la contemplación de Dios y de la naturaleza: proyecto que la muerte frustró. 

Para el aficionado a la literatura es muy entretenida la correspondencia entre Flaubert y Turgueniev. El francés idolatraba al ruso, se admiraban mutuamente, y la edición crítica de su correspondencia demuestra la recíproca influencia, los numerosos trasvases de temas, personajes, tramas. Celoso de la amante de Turgueniev, Flaubert le reclamaba visitas más largas y se afligía más que aquel por los ataques de gota que le impedían ir a su encuentro… 

Mário de Sá-Carneiro era un poeta muy menor hasta que conoció a Pessoa. Después de su prematura muerte, este hizo editar los inéditos de su desdichado amigo: su trato con él lo había convertido en un grandísimo poeta, muy parecido, en cuanto a la extrañeza de sí mismo, al mismo maestro del Libro del Desasosiego.

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