El miedo a lo bello

11 / 05 / 2017 Ignacio Vidal-Folch
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Algunos escritores consideran que estamos haciendo el mundo más feo... adrede.

Cada nueva generación me parece más bella y más elegante, en esto creo que no soy el único, tengo la sensación de que la Humanidad hace un sostenido esfuerzo colosal por estetizarse.

A través de la armonía y la belleza aspira a la realización; desengañada de esfuerzos redentores que han resultado a la postre estériles, ha renunciado a las aspiraciones políticas y éticas... en beneficio de un permanente refinamiento estético. Y no es un programa insensato, dados los precedentes. Ya que cuando volvemos la vista atrás y vemos lo que hemos avanzado desde el origen –digamos desde los griegos hasta la posmodernidad–, se observa un progreso fabuloso en ciencia y en tecnología; pero en lo relativo a la moral y a la ética somos contemporáneos de Eurípides. Quien lea la que está considerada la primera novela de la Historia, que es El satiricón de Petronio (siglo I de nuestra era), constatará que no hay absolutamente ninguna diferencia esencial entre aquellos personajes y nosotros.

En cuanto a ese esfuerzo esteticista, no todos pensamos igual. Veo que varios escritores importantes consideran que estamos haciendo el mundo más feo... adrede.

El checo Milan Kundera, en su mejor novela, que es La inmortalidad, habla de la voluntad feísta de la multitud y en la última página pone en escena a su protagonista –la dulce Agnés– paseando por las calles de París sosteniendo una flor ante las narices, con el objetivo de ver solo la flor, y no la fealdad circundante, no a los transeúntes que circulan por los bulevares vestidos a propósito para parecer más feos con el objetivo de desagradar al observador.

El belga Simon Leys cuenta la anécdota de un bar donde de repente suena en la radio una maravillosa melodía de Mozart; la clientela contuvo el aliento, “reconoció” la belleza y... se sintió incómoda, hasta que un parroquiano más decidido que los demás se encaramó a la barra para cambiar el dial y que sonase el carrusel deportivo; entonces todos respiraron aliviados: y es que, dice Leys, la belleza (Mozart) resulta insoportable.

En Continuación de ideas diversas, el argentino César Aira se pregunta por “la inexplicable preferencia de las mayorías por lo feo y lo vulgar”. Su idea es que la experiencia de lo bello es tan preciosa, tan valiosa, que, asociada, como tiene que estarlo, a los disgustos de la vida real, queda mancillada por esta. Por eso es más sensato estar siempre chapoteando en lo vulgar y en lo deleznable: porque cuando lo hayamos perdido todo no nos importará, ya que en el fondo todo lo perdido carecía de valor, era tan feo.

Esta teoría de Aira, ingeniosa como casi todas las suyas, me interesa menos que el hecho de que él, como Leys y como Kundera, esté tan convencido de que –de una manera premeditada, consciente, resentida– elegimos la fealdad, cuando hubiéramos podido elegir la belleza. Son tres grandes inteligencias. Pueden tener razón. O quizá la soberbia de la inteligencia les engaña y equivoca.

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