El joven Nietzsche

11 / 07 / 2017 Juan Bolea
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"En los textos de Nietzsche casi siempre hay algo conmovedor, que tal vez, no sé, tenga que ver con su lucidez, desmesura, indefensión o arrogancia". 

En los textos de Nietzsche casi siempre hay algo conmovedor, que tal vez, no sé, tenga que ver con su lucidez, desmesura, indefensión o arrogancia. Pero de una manera mucho más inocente aún que su utópico superhombre me han conmovido las primeras y un tanto tópicas páginas que escribió, sus tempranos diarios, pensamientos y poemas recogidos por el sello Valdemar (con prólogo, traducción y notas de Luis Fernando Moreno) en el volumen titulado De mi vida. Escritos autobiográficos de juventud (1856-1869), que acaba de reeditarse, debido a su interés. 

“Nací en Röcken, junto a Lützen, el 15 de octubre de 1844, y en santo bautismo recibí el nombre de Fiedrich Wilhem. Mi padre era predicador de este lugar, y también de los pueblos vecinos de Michlitz y Bothfeld. ¡El modelo perfecto de un clérigo rural!”. De este modo, con el filtro de una prosa ingenua y limpia fluían los sentimientos humanos y divinos de un jovencísimo Nietzsche, un niño, prácticamente, muy distante aún de la iluminación de filosofía salvaje que alumbraría su senda hasta Zaratustra o Ecce Homo.  Su precoz e inspirada sensibilidad podría estar aún, a la manera de Daudet, reflejando el humanitario corazón de un Dickens.

En la realidad, los elementos melodramáticos abonarían muy prematuramente la vida de Fiedrich. Cuando solo contaba cuatro años, una dolencia cerebral obligaba a su padre a abandonar este mundo. El futuro filósofo echó mucho en falta al pastor sobrio y serio que fue su digno progenitor, sin que nos sea posible elucidar si pensó en él cuando en sus escritos de madurez arremetería contra la casta religiosa, contra los sacerdotes adoradores del Crucificado, bajo cuyo leñoso símbolo acabaría prendiendo la hoguera de sus ideas.

La muerte del padre lo marcó tan freudianamente que Fiedrich tuvo un monstruoso sueño: el pastor salía de la tumba envuelto en su mortaja, raptaba a su hijo menor, al pequeño Joseph, hermano de Fiedrich, y se lo llevaba al sepulcro. Trágica premonición: al día siguiente, su hermanito Joseph fallecería de un síncope, dejándole a solas en la vida con su hermana Lisbeth y su madre, quienes le acompañarían el resto de su existencia en su triple función de parientes, enfermeras y censoras. 

Tras la infancia en Naumburg vendrían la rígida escuela de Pforta y la exquisita Universidad de Leipzig, dos centros de formación que vieron pasar al Nietzsche estudiante y artillero, buen nadador, mejor alemán, poeta a ratos y frecuentador de cafés y de la música de Wagner, al filólogo, especialista en Teognis de Megara, Esquilo y tantos otros autores clásicos, y al extraordinario escritor, émulo de Emerson y Schopenhauer, cuyos ensayos le influyeron decisivamente, tanto como su básico y juvenil amor hacia Goethe y Schiller. 

Un testimonio autobiográfico imprescindible para conocer mejor a quienes muchos siguen llamando Anticristo.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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