Dos ‘Bomarzos’

27 / 04 / 2017 Vicente Molina Foix
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Por fin llega a Madrid la versión operística de la novela de Mugica Láinez.

'Bomarzo' | Javier del Real / Teatro Real

Por una rara conjunción temporal leí a primeros de 1976, poco después de conocer en Madrid a su autor, Bomarzo, ignorando que diez meses después vería la novela del bonaerense Manuel Mujica Láinez (1910-1984) hecha ópera en Londres. El libro era una fantasía histórica, con ribetes autobiográficos, sobre el personaje real del duque de Bomarzo, Pier Francesco Orsini, de físico deforme y atormentada sensibilidad, escrita en primera persona (me hizo pensar en el precedente de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar) con un jugoso dominio de la lengua y una rica imaginería de figuras inventadas en amalgama con nombres verdaderos y famosos como el pintor Lorenzo Lotto, el poeta Aretino o don Juan de Austria, movidos diestramente sobre el paisaje del bosque de esculturas caprichosas creado por Orsini en torno a su palacio manierista de Viterbo. En cuanto a la ópera, en mi caso suponía una primicia absoluta, descubriendo el nombre del argentino Alberto Ginastera, uno de los tres compositores capitales de la música del siglo XX latinoamericanos, junto al brasileño Villa-Lobos y el mexicano Revueltas.

En Londres ese segundo Bomarzo tenía un cuidado y brillante montaje pero estaba cantado en inglés, según la práctica habitual de la English National Opera, que rivaliza en la calidad de sus espectáculos con la Royal Opera de Covent Garden pero programa todo el repertorio extranjero traducido, sean sus autores Wagner, Berlioz, Puccini o Ginastera. La música me gustó por su idioma moderno no reñido, dentro del patrón atonal, con la melodía, la escritura modal y las alusiones muy bien engarzadas a cantos populares y formas cultas renacentistas. Abunda en ella el canto monologal de su protagonista, aunque tienen notable importancia las voces infantiles (con la subyugante y recurrente canción del Pastorcillo), el coro de cortesanos, astrólogos o prelados, así como, en un notable distintivo de la obra, sus catorce interludios orquestales que le dan continuidad narrativa y armazón dramática. Episodio central de una ópera en la que lo onírico y lo esotérico poseen gran relieve, es el ballet erótico del Cuadro XI, en el segundo acto, con una música quebrada y deslizante como lo son los sueños y el deseo.

Tras su première en Washington en 1967 y la demorada reposición (por la censura militar) de ese mismo montaje cinco años después en el Colón de Buenos Aires, Bomarzo (grabada en su día bajo la batuta de Julius Rudel) fue vista en los primeros años 70 en Kiel y Zurich, siendo un acontecimiento de rango europeo que cuarenta años después de aquellas funciones londinenses llegue al Teatro Real, después de los recientes hits de Britten y Händel, en español naturalmente y bajo la dirección escénica del muy prestigioso Pierre Audi.

Adaptada a la escena lírica por el propio Mujica, con el compositor, Bomarzo, que no es la única ópera de Ginastera, nos trae a un estupendo novelista un tanto olvidado y a un músico de gran versatilidad sinfónica, camerística y vocal, nunca caída en el pintoresquismo o la complacencia.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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