Damas y salones

07 / 12 / 2016 Juan Bolea
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La fina percepción de Sainte-Beuve traza lúcidas semblanzas de las protagonistas. 

Nada de decimonónicos salones tienen los trenes que me llevan de feria de otoño en charla de instituto, pero gracias a Charles-Augustin Sainte-Beuve, en lugar de insípidos sándwiches en la cantina del rápido saboreo elaboradas viandas en el comedor con ricas sedas de madame de Sévigné, aromático café en el de madame de La Fayette o veladas musicales con madame de Pompadour, dejándome mecer por las cuerdas de arpas y Stradivarius.

Con la compañía de esas grandes señoras aprisionadas como divinas mariposas en los Retratos de mujeres (Acantilado) de Sainte-Beuve, con sus pasiones y pelucas recorro el siglo de los Luises y de la Ilustración, de la teocracia monárquica y de la Revolución.

Damas educadas, hermosas e inquietas, sutiles, avanzadas, revolucionarias, tan apasionadas que robaron el corazón a Luis XV (Pompadour) a Voltaire (unas cuantas) o al marqués de Mora (mademoiselle de Lespinasse), sobrino del conde de Aranda.

La fina percepción de Sainte-Beuve, claro antecedente de Proust, por mucho que este lo repudiara, traza lúcidas semblanzas de las protagonistas situándolas en su contexto histórico y geográfico, siempre París. La mayoría de estas privilegiadas francesas, con cultura, amante y salón tiene algo en común, su pertenencia a la raza de las queridas reales, o de las grandes cortesanas, y su amor por la escritura en forma de memorias o cartas que, al publicarse, tras alambicados procesos, por lo general ya entrado el siglo XIX, aportaron preciosos materiales para el conocimiento de la época y el contraste de opiniones y comportamientos de hombres como Luis XVI, Richelieu, Rousseau, Brissot o Robespierre.  

El salón más completo, según Sainte-Beuve, fue el de madame Geoffrin, gran aficionada a las máximas (“la economía es la fuente de la independencia y la libertad”; “no hay que dejar crecer la hierba en el camino de la amistad”) frecuentado por Saint Pierre, Franklin y Horace Walpole, entre otros muchos. El autor de El castillo de Otranto, novela pionera de la literatura gótica, mantenía a su vez un ambiguo romance con la marquesa du Deffand, rival de la Geoffrin, en un juego de espejos y triángulos que en ocasiones rozaba la promiscuidad, si bien siempre dentro de las normas de cortesía encofradas en otra novela, Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, señera de aquellos sentimientos y atmósferas. En esos hoteles de Dios, antes de dormir, leo nuevos capítulos de Sainte-Beuve y sueño con madame de Staël, con madame de Caylus, de quien Saint-Simon dijo que “sus razones tenía para ser malvada”, y con aquella Ninon que aconsejaba acopio de víveres, pero no de placeres, “pues hay que gastarlos al momento, sin dejarlos para mañana”. Yéndome a vivir, como madame de Pompadour, dentro de un cuadro de Watteau, o a las trincheras de La Bastilla con madame Roland. Las Luces eran ellas.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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