Viola

04 / 04 / 2016 Juan Bolea
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El palacio de Sástago, sede de la Diputación Provincial de Zaragoza, alberga hasta el mes de mayo una retrospectiva (1935-1985) del pintor aragonés Manuel Viola.

Comisariada por Javier Lacruz, ofrece una panorámica muy completa del devenir de este extraordinario artista, desde su formación en Zaragoza y Lérida, con influencia de Lamolla y Cristòfol, sobre todo, y su todavía juvenil aproximación al art brut de Dubuffet a su casi póstumo homenaje a Bocklin en una nueva versión de La isla de los muertos, sin olvidar su fecundo transcurrir por el grupo El Paso, junto a Feito, Canogar, Juana Francés, Miralles, Antonio Saura...

Además de las influencias surrealistas y goyescas, de Dalí y las Pinturas Negras hubo desde el principio algo único y conmovedor en la pintura de Viola. Algo que seguramente tuvo que ver con la incógnita de las estrellas negras, las rocas blancas, los seres en construcción, en tránsito, como si, sorprendidos durante la íntima pugna de sus fuerzas creadoras, e inmortalizados en una de esas relampagueantes instantáneas de su ígneo existir por el mágico tiempo del arte, no supiéramos si iban o no a sobrevivir, ni en qué forma lo harían, si como cuerpos celestes, como inhumanas pasiones, como extrañas flores en planetarios invernaderos o como fragmentos espirituales, dolientes trozos de almas condenados a vagar eternamente por el éter.

Los violas que aquí, en el palacio de Sástago, en sus pequeños y grandes formatos, en sus iniciales búsquedas y en sus adultas conquistas vemos son como “grecos sin caballeros” (perteneciendo esta metáfora al propio Viola), como altares sin santos, procesiones sin pasos, pecados sin penitencias, súbitos incendios, fuegos sin causa, magma y brillo, de modo que, al concluir las visiones, quede solo el fulgor, la explosión, el minuto seminal en que tales universos, imágenes o seres se formaron en la mente del artista. Sin que en absoluto pueda descartarse una interpretación regresiva, la de que tales cuerpos, en lugar de integrarse, se estuvieran disgregando en busca de su propia salvación, como si el error fuera el orden y la salvación el caos.

La vida caótica y aventurera de Viola, su pasado de guerrillero, torero, maqui, bohemio y viajero, su feliz relación con la existencia, su tremenda alegría de vivir no fue a menudo la mejor táctica para pasar a una posteridad que gusta de artistas herméticos –cuando no hoscos, ceñudos, torvos y a menudo mortalmente aburridos–. Pero fue sin duda ese vitalismo y su caudal de ilusión el que impulsaría su carrera en todo momento, proporcionándole la energía suficiente, la fuerza y las alas para crear cuadros como La saeta, Insomnio, Homenaje a Unamuno (otro de sus referentes), Voz Negra, Rebolera o Moncayo. Un artista-luz, desde lo oscuro.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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