Vázquez Figueroa o la aventura

08 / 01 / 2016 Juan Bolea
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Hace muchos años, cuando comenzaba a escribir y tenía problemas con el ritmo narrativo, la editora y crítica María José Caldente y me aconsejó: “Deberías leer a Ken Follett y a Alberto Vázquez Figueroa”. Lo hice y, aparcando momentáneamente a mis tóxicos, entre otros opiáceos, Lawrence Durrell y Juan Carlos Onetti, hablé asimismo con Larry Collins y Noah Gordon. No me arrepentí. Mis excesos barrocos no quedaron atrás, pero cogí distancia, resistencia, velocidad de crucero y perdí el miedo a las bruscas transiciones espaciales o temporales, típicas de los maestros del best seller.

Hace pocos días, de la mano de su editora, Carmen Romero (Ediciones B), tuve ocasión de visitar a Alberto Vázquez Figueroa en su domicilio madrileño, un hermoso ático con vistas sobre el Palacio Real, para comunicarle que el festival Aragón Negro le ha concedido su premio de honor por el conjunto de su trayectoria. En las dos anteriores ediciones fueron galardonados Petros Márkaris y Anne Perry. Tocaba un nacional, y quién mejor que el maestro de la novela de aventuras.

Un autor tan prolífico, variado y, desde luego, tan español como Vázquez Figueroa, que ha vendido 25 millones de ejemplares, que es, sin duda, nuestro novelista más leído del siglo XX, no necesita otros premios que el masivo reconocimiento de los lectores que ya tiene, pero no está de más felicitarle por haber escrito y vivido tanto, confundiendo literatura y vida, acción y descripción, reflexión y crónica en un fresco novelesco que abarca todos los subgéneros del relato de aventuras, disciplina en la que no ha tenido rival, con múltiples incursiones en la ciencia-ficción (Medusa), la novela negra (Sicario), el thriller (Coltán) y la novela histórica (Centauros), sin olvidar la social (Hambre).

Encontré a Vázquez Figueroa en plena forma, terminando su último libro, que será automáticamente traducido a numerosas lenguas y, en su faceta de inventor, diseñando un nuevo artilugio para colaborar en los rescates marítimos y espantar a los tiburones de las costas. En su estudio/santuario hay fotos de su infancia y adolescencia en su Canarias natal. Con los tuaregs, con los que se crió, y también con esa otra tribu de los corresponsales de guerra porque, además de cubrir noticias, Alberto abasteció con el periodismo de riesgo esa necesidad suya tan íntima de acción y conocimiento, narración y viaje. Hay fotos de aquel bizarro submarinista que con la tripulación de Cousteau descendió al fondo de cenotes y océanos, y flashes en Cannes, en la alfombra roja, como productor de cine, con Omar Sharif, Michael York o Jacqueline Bisset.

No sé cuánto tiempo estuve con él porque junto a Vázquez Figueroa, que es un gran narrador oral, y tiene algo de chamán, las horas transcurren tan rápida y gustosamente como se leen sus novelas.  

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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