Santiago Roncagliolo presenta su último libro, “El amante uruguayo”

15 / 02 / 2012 Luis Algorri
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¿Fue el uruguayo Enrique Amorim el gran amor de Federico García Lorca? Pues puede que sí. ¿Se llevó este hombre los restos del poeta granadino a la ciudad de Salto, en Uruguay, y los enterró allí, en una misteriosa urna blanca que nadie ha abierto jamás, y bajo un monumento que él mismo hizo levantar? Pues quién sabe. ¿Quién era, en realidad, este Amorim? Esa pregunta sí tiene respuesta.

En la Casa de América de Madrid, Santiago Roncagliolo se siente como en la salita de su piso barcelonés. Este peruano-hispano (o al revés) de 36 años, ganador del premio Alfaguara 2006 por Abril rojo, escritor ya consagrado con una docena de títulos y colaborador en la sección de Cultura de TIEMPO, ha presentado allí ya unos cuantos de sus libros. Al principio lo hacía en salitas funcionales con un cortinón al fondo. Ahora le otorgan los salones barrocos, con dorados por todas partes y retumbantes pinturas en el techo, y la gente llena el aforo y se queda de pie en el pasillo.

¿Presenta sus libros Roncagliolo? Habría que decir que sí, que eso es lo que hace, pero de un modo raro. Primero, no hay nadie más en la mesa, ningún otro escritor ni gente importante, como es habitual. La mesa sólo alberga un ordenador portátil abierto. Hay allí una silla que nadie usará. A un lado, una pantalla de las que se usan para proyectar power points o gráficos o esas cosas. Nada más. El escritor entra, agarra un micrófono, se apoya sobre el canto de la mesa y dice: “Buenas tardes. Gracias por venir y feliz día de los enamorados. Mi nombre es Santiago Roncagliolo y vengo a hablarles de mi último libro. Veamos la primera imagen”. Toca el ordenador, aparece una foto antigua en blanco y negro y todos tenemos claro que no estamos en una presentación de un libro sino en una clase en la Facultad.

Roncagliolo, que domina como muy pocos el arte de hablar en público (no lleva un solo papel), cuenta cómo en 1953 un personaje casi completamente olvidado, Enrique Amorim, inauguró en la localidad uruguaya de Salto un monumento con forma de enorme lápida dedicado a Federico García Lorca. Allí grabados, aquellos versos de Machado, los de “el crimen fue en Granada”. Mucha gente y muy compungida: algunos pescadores próximos que acudieron a ver aquello daban el pésame a los asistentes. Amorim hizo sacar una caja de color blanco y, entre grandes suspiros y desconsuelos, la hizo enterrar allí, al pie del monumento. Y no dijo, pero insinuó repetidas veces que aquella caja, del tamaño y las hechuras de una urna funeraria, contenía los huesos del poeta español, asesinado en el barranco granadino de Víznar en 1936. Todos sabemos que su cadáver nunca ha aparecido.

¿Hay que creer a Amorim? Según. Habría que abrir la caja, algo que nadie ha hecho aún. Pero es que Amorim hizo saber a todo quien le quiso oír (o leer: escribió unos cuarenta libros que hoy no recuerda nadie) que él, y nadie más que él, fue el gran amor de Lorca, su gran pasión. El problema es que Lorca apenas lo menciona en sus cartas o documentos, y cuando lo hace es con una notable frialdad: nada que ver con los arrebatos de pasión que escribe el propio uruguayo. A quien todos tuvieron por el “amante” de Lorca… a pesar de que estaba casado y procuraba dar una imagen de mujeriego incorregible.

Amorim era un maravilloso seductor (casado como estaba con una señora muy inteligente, fue también amante de Jacinto Benavente mientras el anciano Nobel le fue útil para abrirse camino) y un farsante como la copa de un pino. Logró hacerse más o menos amigo de Jorge Luis Borges, con quien se hizo bastantes fotos (que guardó cuidadosamente y usó sin recato) y quien dijo de él, y de lo que Amorim escribía, cosas espantosas. Otro tanto le pasó con Pablo Neruda, cuyo nombre utilizó para montar “conspiraciones comunistas” en Uruguay dignas de una película de Charles Chaplin. Neruda, cuando se hartó, hizo una certera profecía: “Dentro de unos años, nadie se acordará de este hombre”. Por cierto: también conoció a Chaplin, y a Picasso, y compartió con ambos una surrealista velada… en la que el gran cineasta creyó que el “amigo” de Picasso era Jean Paul Sartre, a quien califica en sus memorias de hombre extremadamente taciturno y silencioso. Natural. Amorim, que era quien estaba allí (y no Sartre), no hablaba inglés ni francés, y no intervino en la conversación.

Todo esto, y mucho más, está en el libro de Santiago Roncagliolo: un trabajo de investigación periodístico-histórica que le ha llevado dos años y en el que ha devuelto a la vida, o al menos a la letra impresa, la vida y los embelecos de un vividor fascinante a quien, medio siglo después de su muerte (falleció en 1960), es muy difícil no admirar, por su sensibilidad, su sangre fría, su habilidad para salir siempre a flote… y su impresionante cara dura.

¿Sabía Amorim más de lo que parece que sabía? Sólo hay una forma de averiguarlo: abrir la caja blanca. Eso es lo único que ni Roncagliolo ni nadie ha hecho aún. Y quién sabe.

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