Visita el interior de la tierra...

08 / 08 / 2016 Luis Algorri
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El último libro de Miguel Veyrat, El hacha de plata, es un apasionante viaje hacia el interior gracias a los símbolos.

No es cometido de quien habla sobre un buen libro descubrir a cualquiera que por él pase los secretos que contiene. Eso es quitarle la sal a la comida. Eso es hacer lo que el pelícano, que medio digiere lo que pesca y lleva en el buche para que los pollos que le esperan en el nido lo tengan todo más fácil y se limiten a engordar, a exigir y a decir ah, vale.

Escojo este libro para proponerles que le dediquen su mejor tiempo de estas próximas semanas precisamente porque les dará trabajo. Porque ya no estamos acostumbrados a leer despacio, tanta prisa parece que tenemos todos y nadie parece saber para qué. Porque verán brillar tenuemente, página tras página, versos, palabras, expresiones y conceptos que quizá no entiendan a primera sangre (Miguel Veyrat escribe muchas veces con los dedos tintados en sangre), y precisamente eso les dará la oportunidad de reflexionar, de buscar, de hallar por ustedes mismos cuál es el final del camino que el poeta les está proponiendo.

Ojo: esto no es un libro de acertijos. Esto no es el conceptismo del Barroco, que era una carrera de obstáculos imposible de concluir si no se conocía el código de señales: esto significa tal cosa y ha de traducirse nada más que por esa cosa, y así un soneto acababa siendo, no pocas veces, un entretenido ejercicio de criptografía rimada.

Aquí no hay señales ni signos, ni desde luego jeroglíficos. Veyrat no hace eso. Veyrat usa símbolos, que es cosa bien distinta: los símbolos no tienen nunca un significado fijo sino variable, interactivo con el lector y acumulativo. El que los encuentra debe poner de su parte, debe usar su intuición o su oído o su memoria, y sobre todo debe buscar, o quizá buscarse. Eso es lo que pasa aquí.

Empieza en el mismo título. El hacha de plata (Ed. La isla de Siltolá) es una hermosa expresión, eufónica y sugerente. Pero busquen ustedes por ahí qué es un hacha de plata. Lo primero que hallarán será un dibujito metido en un videojuego. Está claro que no es eso. Si usan su olfato y su instinto –si buscan, si perseveran– no tardarán en llegar a un camino que les llevará al pasado y a un mar azul. Eso es todo cuanto debo decirles, porque si continúo acabaré por solucionarles un problema que no es tal, sino, repito, un camino. Y les contaría a qué lugar me ha llevado a mí, cuando a cualquiera de ustedes puede llevarle a rincones totalmente diferentes, como pasa siempre con los símbolos. Y les diría qué me pasó a mí, cuando eso no tiene, para ustedes, la más mínima importancia, porque lo que cuenta es su camino. No el mío.

Eso, Veyrat lo sabe muy bien, es la esencia del método iniciático del conocimiento. Eso cuesta. Pero ya saben ustedes que hay pocas felicidades más altas que hallar lo que largamente se ha buscado.

Es difícil, cómo no. El propio Veyrat nos dice: “No dejaré que bendigan a T. S. Eliot todos aquellos / que se asientan en las pocilgas de la / facilidad”. Esto es una defensa (que a mí me parece innecesaria, pero es él quien me brinda el poema, no al revés) contra quienes le califican de oscuro. No lo es. Veyrat es un alquimista que sabe que el proceso del Opus nigrum es largo, y necesita del equilibrio (putrefacción, purificación, metamorfosis) de numerosos elementos.

Veyrat usa las palabras para abrir senderos de conocimiento, y eso quiere decir experiencias que uno no imagina y que le huyen cuando lee deprisa. Veyrat, que termina todos sus libros con un mismo acrónimo (Vitriol), sonríe esta vez al lector y le abre la puerta para ir a jugar, y despliega la luz en cuatro poemas enteros (Visita, Interiora terrae, Rectificando invenies y Occultum lapidem) que quitan los celajes al lienzo y que quizá hagan decir al lector (ojalá) lo que dijo Théophile Gautier cuando le pusieron delante de Las Meninas:Où est le tableau? (¿Dónde está el cuadro?).

Echen a andar por este libro de Veyrat. No tengan prisa. Párense a beber en la fuente en que se baña el mirlo, deténganse ante el dibujo litoral, den vueltas alrededor del Tiempo que empapa todo el libro como si se estuviera agotando, bien en forma de azor, bien de azar; miren a los ojos a la Muerte no temida, a la muerte que tantas veces sirvió –y sirve hoy– para renacer, para revivirse, para decidir lo que ya pasó; tengan a mano al Dante, a Platón y, sobre todo, los libros anteriores de Veyrat, porque esto de ahora es una hilera más de sillares en un muro que no termina.

Y cuando lleguen al final, quizá sonrían y sepan ya para siempre qué es y para qué sirve un hacha de plata. 

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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