Muerte de un laicista

18 / 04 / 2017 Luis Algorri
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Se ha ido Salvador Pániker, uno de los filósofos más lúcidos y más libres del último siglo en España.

Foto: Marina Vilanova

Ha muerto, a los 90 años, Salvador Pániker. Ha muerto uno de los pensadores españoles más luminosos de los últimos cien años. Ha muerto un escritor agudísimo, un editor espléndido que creó la editorial Kairós, un conversador apasionante (lo comprobé varias veces, hace ya bastantes años); ha muerto, sin ruido y sin sufrimiento, una de las personas que más lucharon en nuestro país por el derecho precisamente a eso, a morir con dignidad. Todo eso es cierto.

Pero sobre todo ha muerto un librepensador que creía en Dios. Esa es, para mí, la faceta más señalada de ese poliedro humano interminable que fue Salvador Pániker.

No es fácil entender eso, es verdad. Entendemos que los librepensadores lo son precisamente porque no creen en Dios. Y no es así: un librepensador es el que elige lo que tiene que pensar o, aún mejor, el que llega por sus propios medios, por el uso de su pensamiento, a conclusiones propias y personales. Sean las que sean. Y en el caso de Pániker, el punto de llegada de su librepensamiento fue Dios.

¿Qué Dios? Yo eso no lo sé. No tengo ni idea de cómo lo llamaba, si es que lo llamaba de algún modo, ni tampoco cómo lo definía, en el caso de que lo hiciese. Sabía de budismo más que nadie que yo conozca, y sobre el Tao podría decirse lo mismo, quizá empatándole el partido Javier Sánchez de Amoraga. Pero al hablar sobre Dios, o sobre los dioses, o sobre la religión, soltaba con aquella sonrisa unos sartenazos dialécticos de tal fuerza, de tal sabiduría y belleza, que uno se preguntaba cómo es posible que, después de oírle, existan las religiones organizadas, las jerarquías, las curias, los ministros y pastores, imanes o mulás: los intermediarios entre el hombre y su dios. Aquel hombre que sonreía, que reía y que jamás alzaba la voz argumentaba con una potencia irresistible.

¿Un provocador? Eso decían de él, pero yo nunca lo creí. Aquel hereje que tanto escribió sobre misticismo (hay que leer Filosofía y mística, de 1992, que publicó, naturalmente Kairós) sostenía con la mayor educación y cortesía que la recuperación de los valores espirituales solo será posible si llegamos a una sociedad plenamente laica; es decir, completamente secularizada.

Esto, que puede parecer –y que seguramente es– un puñetazo en el estómago de las gentes que solemos llamar de orden, era el principio de un discurso lógico asombroso. Pániker distinguía entre las creencias y la fe. Y sostenía que quien profesa una fe no cree, en realidad, en nada, porque la fe, al menos en países como el nuestro, no es casi nunca un asunto personal sino la seña de identidad de una organización; y la propia fe es excluyente, niega a las demás y suele hacerlo violentamente, como bien saben las víctimas del islamismo radical... y bien hemos sabido aquí las víctimas del catolicismo del anciano régimen (no, no es un galicismo: he escrito anciano, y no antiguo, a propósito).

Pániker pensaba que la fe es un asunto absolutamente íntimo. Que solo se produce la verdadera fe personal cuando se da el respeto a las creencias de los demás, y esto quiere decir en el estricto pluralismo. Una sociedad laica, secularizada, con un poder ajeno a lo que siempre se ha llamado religión oficial, es lo que lleva el fenómeno religioso, por amplio que sea el sentido que se quiera dar al término, al interior de cada cual: y es allí donde cobra verdadera fuerza. En la relación serena y privada entre la persona y aquello que cada uno termine por llamar Dios, si es que lo hace.

“Las religiones institucionalizadas, las iglesias –decía Pániker– no quieren la experiencia religiosa: quieren la obediencia a unos principios de autoridad para mantener determinado orden social”. Es decir, que no quieren fieles sino ovejas. Pániker concluía que para que haya una verdadera y profunda vida espiritual tiene que haber respeto por las creencias de los demás, no imposición; y eso solamente lo da una sociedad laica. ¿Comprenden ahora cómo llegó a su personal relación con Dios aquel librepensador? ¿Comprenden por qué defendía con tanta obstinación uno de los conceptos que más nerviosos ponen a los cleros de todas las religiones: el de una religión a medida en el que no sean necesarios los intermediarios –los mercaderes del Templo, que decía el Nazareno– entre cada uno y Dios? ¿Una religión personal en el que nadie le diga a nadie lo que tiene que pensar, sin dogmas, sin prohibiciones absurdas, incluso sin teología? ¿Se imaginan?

Alguna vez le dije a Pániker, prefiero no recordar hace cuántos años, que algo muy parecido decía un príncipe de la Iglesia católica en la España franquista: el cardenal Francisco de Asís Vidal i Barraquer, que se espantaba ante aquellas misas enormes en plazas públicas, aquellas liturgias de campaña, aquellos rosarios de la aurora punto menos que obligatorios que tanto gustaban a los clérigos vencedores de la Guerra Civil. Decía el cardenal que convertir la fe en un espectáculo obligatorio haría que las siguientes generaciones dejasen de creer en Dios. No se equivocó. Cuando le contaba esto, Pániker sonreía sin decir nada, con la cara que se pone cuando un chico te cuenta una historia que te sabes de memoria pero no quieres quitarle la ilusión de contártela.

Y decía: “Hay una tendencia inmanente a que cada cual tenga relaciones personales con su dios. Creo que cada vez se irá más hacia esto. Se trata de conciliar los derechos humanos, la libertad, la autodeterminación personal, con una sensibilidad religiosa, trascendente, estética, profunda. Esto se podría llamar anarquismo religioso”. Y sonreía.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica