Mejor la muerte

12 / 12 / 2017 Luis Algorri
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Con su último espectáculo Praljak ha sido, como Goering, otro hijo de perra dueño de su propio destino.

Hermann Goering, uno de los mayores criminales de la Edad Contemporánea, se suicidó en su celda de Nuremberg la noche antes de que lo ahorcasen. Se tomó una cápsula de cianuro de potasio que le hizo llegar un soldado norteamericano dentro de una estilográfica. La investigación sobre este asunto (de dónde sacó Goering el veneno) ha durado décadas. Pero nadie pareció prestar demasiada atención a la nota que el torpe gobernante nazi dejó: “He sido dueño de mi destino”.

Un sujeto parecido, el exgeneral bosniocroata Slobodan Praljak, ha hecho lo mismo: suicidarse antes de arrostrar no la muerte, sino una condena de 20 años. Pero este Praljak había hecho teatro y se le notó: se tomó el veneno (un frasquito que contenía no sabemos qué) delante del Tribunal Penal Internacional de La Haya y de sus estupefactos jueces revestidos con togas rojas, negras y blancas, como obispos luteranos. Todo fue emitido por televisión. Lo hemos visto.

Praljak, cuyo único error escenográfico consistió en no colocarse derecho el nudo de la corbata cuando se echó la pócima a la garganta, no era precisamente el ángel del Señor que anunció a María. Cometió, ordenó o consintió incontables asesinatos, torturas, violaciones, secuestros, deportaciones, destrucciones y todo género de actos inhumanos durante las inextricables guerras de la antigua Yugoslavia. El tipo estaba, pues, familiarizado con la muerte, lo mismo que Goering, y probablemente le había perdido el respeto. O por lo menos le tenía bastante menos respeto que a su propio orgullo.

Sin embargo, hay algo en todo esto que no encaja. No sabemos cómo fue la agonía de Goering, pero sí se ha contado la de Praljak. Fue sencillamente horrible. Duró dos horas y el miserable murió retorciéndose y encharcado en su sangre.

Son muchas las personas (entre las que me incluyo) que han decidido que su vida es suya y de nadie más, y que concluirá, salvo imprevistos, cuando ellos mismos lo decidan. Pero no conozco a nadie que se plantee acabar –un día u otro– con su propia existencia que no se detenga el decisivo asunto del cómo hacerlo. Puede que no temamos a la muerte, por lo menos a la propia, pero sí tememos, y mucho, al posible dolor del tránsito. La muerte digna y voluntaria, todo a la vez, es difícil de lograr. Los métodos más rápidos (ventanas, trenes, esas cosas) suelen ser violentos y muy desagradables para quienes tienen que recoger lo que queda, por no hablar de la brutal impresión que se llevarán los que te quieren. Eso desanima. Marat compuso un cuadro de gran dignidad cuando se cortó las venas en la bañera, pero lo puso todo perdido y además ese sistema lleva demasiado tiempo.

¿Sabía Praljak exactamente lo que le iba a ocurrir? ¿Qué clase de hombre era este que prefirió dar un último espectáculo inolvidable (el sueño de todo actor) aun al precio de padecer una muerte espantosa durante dos horas? ¿No hay cierto valor romántico ahí? Como el general Della Rovere, lleva su mentira hasta el último extremo: proclama una vez más, delante de todos, su inocencia –en la que ni él mismo cree, desde luego– y arroja su muerte a la cara atónita de los jueces que lo acaban de condenar, como si eso les hiciera a ellos culpables y a él inocente; y luego camina hacia una agonía de pesadilla que cualquier suicida rechazaría. Es puro Shakespeare. Ni siquiera Marco Bruto, dejándose caer sobre su propia espada, llegó a tanto. Praljak ha sido, como Goering, otro hijo de perra dueño de su destino.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica