La posverdura

11 / 07 / 2017 Luis Algorri
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Chuletón: posverdura, porque la vaca come hierba y, por la propiedad transitiva, cuenta como ensalada.

Don Darío Villanueva, un gran tipo, director de la Real Academia Española, ha anunciado que no llegaremos a Santa Prisca sin que en el Diccionario se incluya el término posverdad. El anuncio ha provocado cierto revuelo y yo no sé por qué: en el DRAE anidan palabros como almóndiga, murciégalo, otubre, toballa, albericoque, bluyín, papahuevos y la misma “palabro”, entre otros apechusques (que también viene), y nadie se ataraza por ello las lúnulas ni los padrastros, así que a ver.

Veamos, ¿qué es la posverdad? Pues una formulación en la cual los hechos tienen mucha menos importancia que las emociones. O, por decirlo con algo más de claridad, que la verdad vale menos que aquello que uno quiere creer, o que quiere que otros crean.

Todo esto se llamó, de toda la vida de Dios, mentira, embuste, trola, falsedad, paparrucha, cuento chino, falsificación, calumnia, camelo, chisme, infundio y cosas parecidas, pero ahora se llama posverdad. ¿Y por qué? Pues porque suena más limpio, huele mejor, es un término aún sin desprestigiar y los sinvergüenzas pueden usarlo sin descomponer la figura. Pongamos algunos ejemplos, queridos niños.

Cuando éramos pequeños, el día de la fiesta, aparcaba en la era el carromato del señor Aurelio, un tío muy simpático que acabó progresando y cambió el carromato por la fregoneta. El señor Aurelio, que llevaba un bisoñé que cantaba más que el Orfeón Donostiarra, sacaba unos frascos y aseguraba con muchísimo salero que, si te lo echabas por la cabeza, aquel líquido prodigioso hacía que el pelo volviese a crecer (a todos menos a él, estaba claro); y, si te lo bebías y rezabas no sé qué, devolvía el amor perdido, curaba del mal francés, asentaba los intestinos,  deshinchaba las varices, blanqueaba los dientes y evaporaba las almorranas.

Todos sabíamos que beber aquello podía tener a un minero de cien kilos corriendo a sentarse en el retrete cada diez minutos durante tres días, pero los mayores lo compraban por lástima, por simpatía y algunos por desesperación. No vendía mucho el señor Aurelio porque todos teníamos claro que lo suyo era charlatanería. Si nos hubiese dicho que lo que él hacía se llamaba posverdad, seguramente se habría forrado.

Decir, como dice el tío Trump, que él ganó las elecciones o que Obama es musulmán, ya no es mentira: es posverdad. Es decir, una mentira bien planchada.

Dos y dos suman cuatro: verdad. Dos y dos suman lo que te dicte tu corazón si dejas que fluyan de él las buenas energías y le pones mucho reiki: posverdad. Las pirámides las construyeron los extraterrestres: posverdad. La Coca-Cola disuelve los metales: posverdad. Un chuletón de Ávila al lado de una lechuga: pues eso es una posverdura, porque la vaca se alimenta de hierba; así que, por la propiedad transitiva, el chuletón cuenta como ensalada. ¿Lo entienden?

Decía Bertrand Russell que, cuando estés estudiando cualquier materia, la que sea, debes atenerte a los hechos y nada más. Solo a los hechos, sin dejarte distraer por lo que tú quieres creer o por lo que supones que te causaría beneficio si otros lo creyesen. Pobre lord Bertrand, que se refería seguramente a las religiones. Qué antiguo se nos ha quedado. Por cierto: Darío Villanueva anuncia que la posverdad entrará en el DRAE, pero aún no tiene ni idea de cuál será su definición. Eso es posverdad en estado puro. Y les dejo: me esperan unas posverduras de cordero con prepimientos. Buenas tardes.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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