Isabel y los cervatillos

19 / 09 / 2017 Luis Algorri
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¡Gracias!

Yo pienso en el rey Herodes cuando mandó degollar a los descerebrados padres de los inocentes, creo que era así.

Ustedes estarán ahora mismo, con toda probabilidad, muy preocupados por muchas cosas. El huracán Irma, que a estas horas ya se habrá pasado pero ahí detrás viene José. El terremoto de México. Lo que pueda pasar en Cataluña el Uno a Cero (hay periodistas de televisión que ven 1-O y dicen “uno a cero”, por los nervios).

Contaba Dale Carnegie en su libro Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida, publicado en 1948, que uno de los métodos más eficaces para eliminar la angustia es ocuparse de otra cosa, cambiar de actividad, hacer algo que nos interese mucho y que nos impulse a ser felices.

Yo no estoy de acuerdo. En el mundo en que vivimos, lo mejor que se puede hacer para eliminar una preocupación (no sé si lo mejor, pero desde luego es lo más frecuente ahora mismo) es buscarse otra más gorda. Algo que nos cabree mucho más de lo que ya estamos. Les propongo que se suban a un tren en Barcelona con destino a Valencia. Pidan vagón de silencio.

Si tienen suerte (no sé si buena o mala, la verdad), coincidirán con Isabel y con sus padres. Isabel es una niña como de 4 años, encantadora y que, esto es obvio, está siendo educada en la felicidad, en la espontaneidad, en el diálogo (?), en la caricia y en la sonrisa constantes. Entra diciendo hola a todo el mundo. Naturalmente a gritos, porque la cría desea llamar la atención y desde luego lo consigue.

A los cinco minutos, la niña corre por el pasillo, la niña grita para dar sustos y hacer gracia, la niña se enfada o hace como que se enfada por cualquier cosa, la niña quiere agua, la niña quiere pis. La niña canta una y otra vez, una y otra vez, con alaridos de yihadista, un remedo de aquella canción exasperante según la cual un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, lo cual llena a sus padres de alborozo porque está claro que, al menos según ellos, la niña es listísima, aunque desafine como una rana y aunque no se sepa, ¡por los clavos de Cristo!, ninguna otra canción. Repito: vagón de silencio.

El padre se engancha a su ordenador y se eclipsa. La madre, que andará por los 30, que lleva el pelo rizado hasta media espalda y que viste con muchas flores y muchas pulseras de cuero y unas sandalias de franciscano que le sientan como un tiro, mira a la niña como si fuese el pararrayos de todas las bondades y dulzuras, y de vez en cuando (muy de vez en cuando) le pide por favor que no grite. La niña no le hace ni repajolero caso y grita más alto. La madre le dice. “Isabel, ven, vamos a ver los ositos que hay en el campo”. La niña contesta, con toda la razón, que en ese campo no hay ositos, y vuelve a berrear. “Pues los cervatillos, seguro que cervatillos sí hay”. La cría responde que los cervatillos no le gustan porque hacen caca, lo cual deja a su madre sin palabras pero a ella desde luego que no.

Cuando al fin le digo a la madre que por favor, que estamos en un vagón de silencio, la que se pone a vocear es ella. Que los niños son niños y que hay que tener paciencia, que ella tiene sus derechos, que la niña no tiene la culpa de nada. Yo replico: “Cierto. La culpa la tiene usted. Y créame: tardará pocos años en darse cuenta del error que está cometiendo al no educar a su hija en el respeto a los demás”.

En esto la niña se me planta delante y me chilla: “¡¡Hola!!” Y yo pienso, no sé por qué, en el rey Herodes cuando mandó degollar a los descerebrados padres de los inocentes. Creo que era así. ¿Ven? Una preocupación que se quitó aquel tipo.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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