Es la historia, estúpido

03 / 10 / 2017 Luis Algorri
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Si llegase la independencia, los hagiógrafos de la patria opressa van a tener problemas para repintar muchas cosas.

Manuel Goreiro, a quien todos los devotos hemos llamado siempre Manolito el de Mafalda, era el más obtuso de toda la gloriosa pandilla de niños creada por Quino, pero tenía sentido de la trascendencia histórica. Estaba convencido de que, cuando al fin levantase su enorme cadena de supermercados, un sabio admirado escribiría su biografía y reflejaría en ella hasta las más pequeñas anécdotas de su infancia, cuando se estaba gestando el genio del comercio internacional que –él lo sabía– estaba destinado a ser. Cuando le dijo todo esto a su padre, el viejo le tiró un zapato y le acertó en la cabeza. Respuesta de Manolito, indignadísimo: “¡Dale! ¡Seguí a los anecdotazos, nomás!”.

Estoy convencido de que ahora mismo, mientras escribo esto, hay como mínimo dos docenas de grafómanos recortando titulares de cientos de periódicos, artículos, gráficos, análisis, salvajadas en Twitter y pedanterías en Facebook. Los clasificarán todos cuidadosamente, convencidos de que lo que en estos días está pasando será, un día u otro, materia para la historia grande, que ellos escribirán. Muy bien pudiera ser así. No puedo evitar imaginarme a Puigdemont soñando lo que se dirá de él –lo mismo que Manolito el de Mafalda– en esos gloriosos libros, mientras se lava las manos después de hacer pis en los baños del Parlament: “Y mientras se aseaba, aunque se había terminado el jabón, el abnegado president se conmovió y derramó abundantes lágrimas, al pensar en cuántos sacrificios hay que hacer para devolver la libertad a la patria sojuzgada”.

Hay que tener cuidado con esas cosas. La historia suelen escribirla los amanuenses de los que ganan. Así que primero hay que ganar. Y lo peor de todo: rara vez los protagonistas de la historia se comportan, en la realidad y en el tiempo en que suceden las cosas, como los héroes que luego inventarán, no sin esfuerzo, los escritores.

El 23-F salió mal para sus organizadores. Hoy sabemos que el único que se comportó como si fuese a salir bien fue Juan García Carrés, quien, al hablar por teléfono con el desquiciado de Tejero, soltaba frases que parecían sacadas de himnos; frases pensadas para futuros libros, obviamente. La sublevación de julio de 1936 salió bien (de nuevo para los organizadores); de haberlo sabido, Franco no habría cometido la cobardía de afeitarse el bigote y disfrazarse de moro de guardarropía en el avioncito que lo llevó desde Canarias a Tetuán, por si acaso se estropeaba todo, lo cual produjo incontables dolores de cabeza a los historiadores franquistas.

Ahora pasa lo mismo. Cada vez que ese muchacho, Rufián, hace una de sus payasadas en el Congreso o en la calle, cabe imaginar lo que pensará Lluís Puig, conseller de Cultura del Govern catalán, que sí tiene estudios: “Ya está el chaval cargándose el capítulo 28 del libro”.

Si llegase algún día la independencia, los hagiógrafos de la patria opressa van a tener no pocas dificultades para repintar muchas cosas: los latrocinios de la familia Pujol y de muchos más, el atropello de todas las leyes catalanas y españolas en el Parlament el día de la aprobación de la “ley del referéndum”, el comportamiento supremacista de la CUP en las calles... Por ahí seguido hasta los gags del Rufián. No siempre es fácil comportarse como los héroes de los libros de historia. Y hay que recordar que Manolito el de Mafalda jamás abrió su cadena de supermercados. Era solo un sueño, como tantas cosas.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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