El viejo que se quería morir

20 / 06 / 2017 Luis Algorri
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Morir por propia voluntad es muy difícil cuando ya no puedes valerte. Eso es lo más indigno en la vida de una persona.

Lo dijo una vez Galo, cuando éramos casi unos muchachos: “Se puede ser joven sin dinero, pero no se puede ser viejo sin dinero”. Acaba de morirse Juan Goytisolo, uno de los escritores que más me deslumbraron incluso cuando no estaba de acuerdo con él, cosa frecuente. Su libro Señas de identidad marcó, para mí y para muchos, una bifurcación en el camino de la vida. Había que elegir. Aquel libro, que fue una inaudita heroicidad en su momento, en aquella España zaragatera y triste que entonces había, sí que fue un sillar bien tallado y escuadrado que se añadió al muro de una sociedad mejor, más libre y más digna. Eso es, en realidad, la vida.

Se ha muerto Goytisolo a los 86 años, hundido en la pobreza. No ha sido miseria (o sí lo ha sido; esa malnacida, cuando llega, ya nunca se aleja del todo) porque ha habido quienes le han ayudado, amigos y hasta instituciones, por encima o por debajo de la mesa, eso da igual. Sus obsesiones, en los últimos años, eran dos: pagar los estudios de tres ahijados suyos a los que quería como a nada en el mundo, y morirse. Por este orden.

Nos ponemos como fieras (y no todos ni muchísimo menos) cuando vemos a un concejal o a un sindicalista meter la mano en el cajón del pan y llevárselo crudo. Nadie parece rasgarse las vestiduras cuando un partido, el tradicional de la burguesía catalana, atiza el peligrosísimo fuego del independentismo no por ideales patrióticos, sino para conseguir que el “nuevo Estado” (de qué me suena a mí esa expresión) les perdone todo lo que robaron durante décadas, y lo haga en nombre de los abnegados sacrificios por la Patria.

Pero nadie mueve un dedo cuando el Gobierno decide entrar a saco en los ahorros de los viejos y decidir que si los escritores, pintores, músicos, escultores o cualquier tipo de creadores siguen haciendo cosas cuando ya son mayores, sencillamente les quita la pensión. Una pensión que no es una gracia bondadosa del Gobierno para que no se mueran, sino la devolución de lo que se les ha ido quitando a lo largo de toda su vida, mediante los impuestos, precisamente para restituírselo en la vejez.

No se puede ser viejo sin dinero. Llegó un momento en que Goytisolo ya no podía leer, ni casi escribir, ni apenas hablar o caminar. Y decidió que lo que quería era morirse. Garantizar la supervivencia y los estudios de sus tres chicos y, una vez que eso estuviese amarrado, morirse. Quitarse del medio.

Pero decía Milos Forman en Amadeus, a través del personaje de Salieri, que no es nada fácil matar a alguien con tus propias manos. Y menos que a nadie, a uno mismo, sobre todo si estás impedido. Juan Goytisolo no lo consiguió: le faltaron la juventud y la ayuda que tuvo Ramón Sampedro, le faltó ahorrar las últimas fuerzas para levantarse de la cama, atravesar el pasillo, entrar en el baño y bajar al patio dejándose caer desde la ventana, como hizo el padre de una amiga mía, grandísimo músico, cuando vio que ya no causaba sino problemas.

Morir por propia iniciativa es ilegal: el Estado, contaminado por creencias cuyo objetivo es controlar todos los pasos de la vida de una persona, te puede hacer la vida imposible, pero no te permite acabar con ella legalmente.

Morir por propia voluntad es muy difícil cuando ya no puedes valerte. Yo lamento inmensamente la muerte de Juan Goytisolo. Pero lamento mucho más que no le permitieran hacerlo cuando él lo decidió. Eso es lo más indigno de todo.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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