El golpe virtual

31 / 10 / 2017 Luis Algorri
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¡Gracias!

El número de independentistas crece con rapidez gracias a la realidad virtual, pero ese número no es nada virtual.

Cuando don Quijote y Sancho se suben a Clavileño delante de todos, ¿quién tiene razón? ¿Los que se ríen o los que se creen el engaño? Dirán ustedes: los que se ríen, claro, porque saben cuál es la realidad. Bien, permítanme una pregunta: ¿de parte de quién se pone el lector? ¿De los que se ríen o de la realidad?

Con lo que está pasando en Cataluña ocurre exactamente igual. Lo ha dicho Gabriel Albiac con una clarividencia extraordinaria. La realidad no importa. La ley no importa. Lo que escribamos aquí o en cualquier otro sitio sobre el disparate que está sucediendo (y sigo pensando que falta lo peor) no importa en absoluto. Estamos perdiendo el tiempo. Llevamos varios años perdiendo el tiempo.

¿Ha habido un golpe de Estado? Naturalmente que sí: un quebrantamiento deliberado, progresivo e inocultable de la ley que nos ampara, que nos protege y que nos hace iguales a todos. Entonces, ¿cuál es el problema?

Pues que el Gobierno esperaba un golpe de Estado conocido. Como el de Tejero, por poner un ejemplo, o como el de Companys en el 34. Y se ha encontrado con un golpe de Estado nuevo: un golpe virtual. Un golpe del siglo XXI, en el que –lo mismo que con el episodio de Clavileño– lo que verdaderamente importa no es lo que sucede en la realidad tangible y legislable, la de los hechos, sino lo que otros creen. Es decir, en la realidad virtual, en el Twitter y en el Facebook, desde luego en lo que se cuelga en YouTube y en lo que corre por el WhatsApp.

Los secesionistas catalanes apenas han disimulado hasta ahora (y ya no lo hacen en absoluto) que su máxima ambición, su gran apuesta, es el respaldo internacional. Sin eso (ya lo dijo Mas) no pueden conseguir nada. Y eso ¿cómo se obtiene? Pues es laborioso pero sencillo: manipulando la realidad. No la tangible sino la virtual. Se necesita mucha gente y muy diestra en esto: la tienen. Manejan las redes sociales con una habilidad que el Gobierno ni sueña. Usan técnicas publicitarias y de marketing (las palabras positivas, los mensajes sencillos e ilusionantes por más falsos o demagógicos que sean, las sonrisas, las banderas) con una maestría envidiable. Se sacan las masas a la calle día sí y día también en nombre de conceptos amables como libertad, democracia o derechos, como si Cataluña hubiese sido hasta hace tres días más o menos Sudán. Se usan las cámaras de los móviles (y la multiplicación en Internet) hasta hacer ver al mundo que los incidentes con la Policía del 1 de octubre fueron poco menos que la batalla de Grozny, cuando solo cuatro personas de los “ochocientos heridos” fueron atendidas en hospitales. Repiten incontables veces lo de los “dos millones de votos” del referéndum ilegal, cuando no hay forma humana de saber cuánta gente votó ni qué fue lo que votaron. Pero da igual. La realidad virtual ha llegado, por último, a convencer a mucha gente del terrorífico disparate que la “democracia” está por encima de la ley. Que hay que cargarse la ley, el Derecho, para obtener la democracia.

Algunos países lejanos y quizá bienintencionados (muy pocos) empiezan a tragarse todo eso. Serán más. El Estado lleva casi tres generaciones contemplando (y nada más) en Cataluña una educación cada vez más dirigida al desprecio hacia lo español. El resultado es este. El número de independentistas crece a ojos vistas gracias a la realidad virtual, pero ese número no tiene nada de virtual. Y quizá ya sea tarde para todo lo demás. Porque lo que cuenta no es lo que es cierto, sino lo que muchos creen que lo es.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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