Dios lo quiere

26 / 09 / 2017 Luis Algorri
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Eran tantos que se creían fuertes y unánimes. Perseguían con saña a quienes no se sumaban a la muchedumbre.

Pedro el Ermitaño, con los ojos amarillos por efecto de la fe, alzó como una lanza el palo de avellano con que se ayudaba a caminar y gritó: “¡Deus lo vult!”, en aquel latín averiado de finales del siglo XI. Dios lo quiere.

Al principio, los aldeanos de Bourges le miraron con perplejidad. ¿Qué era lo que quería Dios? Que reconquistemos Jerusalén, que ha sido tomada por los turcos, replicó Pedro. La gente tenía una idea poco precisa de qué era Jerusalén. Sabían que  aquella palabra tenía que ver con Dios porque la oían en misa, pero ellos nacían, vivían y morían sin moverse jamás de su aldea y no entendían bien qué importancia tenía para ellos Jerusalén ni por qué habían de conquistarla.

Pedro el Ermitaño lo tenía todo previsto. Hizo lo que hacen todos los iluminados: les mintió. Les prometió todo lo que quisieron: la libertad, la gloria, por supuesto el Paraíso, la riqueza, tierras y honores, hasta la salud. Pedro hablaba muy bien, sabía cómo inflamar los corazones y la ambición de la gente. Y también les convenció de que sufrían. Quizá fue eso la clave de todo.

Aquel hombre les transmitió algo peligrosísimo y que arde como la paja seca: la fe. Es decir, la ilusión, la pasión, el enamoramiento colectivo e irracional (todo enamoramiento es irracional) por algo que en realidad no sabían lo que era. Pedro los puso en marcha. No eran soldados: eran campesinos, artesanos, siervos, ancianos, mujeres, críos. Al grito de “Dios lo quiere” les hizo cruzar Europa entera. Iban armados con horcas y bieldos, con aijadas de arrear el ganado, con azadones, palos y piedras. Pero sobre todo con cánticos, oraciones y banderas: símbolos de una fe que no hacía más que crecer, porque se alimentaba del calor de su propio fuego y no se consentían disidencias: al que se hacía preguntas (dónde vamos, por qué lo hemos dejado todo, quién es ese hombre) se le llamaba hereje y se le partía la cabeza. La mejor manera de sobrevivir era fingir a gritos que se veían visiones y correr más que nadie para tocar siquiera las sayas de Pedro, lo cual perdonaba los pecados.

Si hay que creer al historiador Heinrich Hagenmeyer, se reunieron más de cien mil: la gente de los países que atravesaban se les unía, empujada por el vendaval de aquella fe que lo arrastraba todo. También se les agregaron soldados y gente de cierta nobleza, que lo que pretendían era hacer fortuna o escapar de la Justicia. Era la ocasión idónea para limpiar pasados.

Eran tantos que se creían fuertes. Eran tantos que se creían unánimes. Despreciaban, daban por condenados al infierno y perseguían con saña a quienes no se sumaban a aquella muchedumbre en la que ya nadie se atrevía a pensar siquiera que no sabían hacia dónde iban.

Cruzaron el Bósforo. Cuando el enjambre de cánticos y estandartes y sonrisas de entusiasmo se dirigía a Nicea, se les apareció la realidad. Fue el 21 de octubre de 1096, en las llanuras de Civetot,  cerca de Helenópolis. Los turcos selyúcidas cayeron sobre ellos. Según el historiador Conor Kostick, murieron unas 60.000 personas. De nada les sirvió la fe.

Pedro el Ermitaño no murió. Había viajado a Constantinopla para asegurar ciertos suministros y hablar con el emperador Alejo, y prometió que volvería. Nunca lo hizo. Eso sí: dio un sermón en el que exigía tomar Jerusalén y aniquilar a todos los infieles, incluidos mujeres y niños. Dios lo quería y prometía el Paraíso a quienes le obedeciesen.

El problema de la historia es que no sirve para nada. Da vueltas sobre su propio eje y nadie aprende de ella. Nadie.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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