Campúa, el hombre que estaba allí

15 / 07 / 2013 10:58 Incitatus
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¡Gracias!

Un libro revela parte de la inmensa obra, recién recuperada, del fotógrafo Pepe Campúa, uno de los testigos indispensables del siglo XX español.

Siempre sucede: cuando de verdad necesitas un libro nunca lo encuentras, así que no soy capaz de localizar –sé que está; sé que ahora mismo me mira y se ríe– ese libro de Jaime Peñafiel en el que cuenta la célebre anécdota con Franco en el puesto de caza. Tengo que citarla de memoria.

El dictador era lo más parecido que se conoce a un cuerpo glorioso, que habría dicho Emilio Attard. Era perfectamente capaz de tirarse horas y horas en su puesto de ojeo, sentado, sin decir ni hacer nada. Por no hacer, no hacía ni pis, ni pas, ni cosa ninguna semejante que lo devolviese a la condición humana: solo estaba allí. Aquel día, por alguna razón inexplicable lo acompañaba en el puesto Peñafiel, entonces alma del semanario ¡Hola! No cruzaron palabra durante horas, algo capaz de poner nervioso no ya al buen Jaime sino a un moai de la isla de Pascua. Hasta que Franco, así, de pronto, como si regresase a la Tierra después de un largo periplo por la negrura interestelar de sus pensamientos, dijo: Peñafiel, ¿usted cree que Campúa es masón?

A Jaime debieron de entrarle unas ganas tremendas de hacer pis, pas, pos y todas las variantes imaginables, porque aquel señor impertérrito que tenía delante, con aspecto de abuelito ensimismado, se había llevado por delante las vidas de unos 16.000 españoles acusados del delito de pertenecer a la masonería, y había hecho la vida minuciosamente imposible a otros 80.000.

Si Peñafiel decía, por ejemplo: “Excelencia, yo creo que no”, el otro podría pensar que trataba de proteger al colega y se volvería contra él, como prescribía la tristemente célebre Ley de represión de la masonería y el comunismo (todo a la vez) de 1940, que seguía en vigor. Pero si le decía que sí, con toda probabilidad condenaría a su colega Pepe Campúa, uno de los fotógrafos más respetados y envidiados del país, a penalidades sin cuento.

No recuerdo cómo salió Peñafiel del atolladero (maldito libro, dónde estarás), pero ahora, gracias a una auténtica joya que se acaba de publicar, creo que he entendido bien la pregunta de Franco. La joya se llama José Demaría Campúa. Viviendo entre fotos, la ha sacado Península y es obra de Rafael Moreno Izquierdo y del nieto del famoso fotógrafo fallecido pocos meses antes que el propio Franco, o sea José F. Demaría.

El autodenominado caudillo no necesitaba que Jaime Peñafiel le descubriese si Campúa era o no era masón. Sabía perfectamente la respuesta: lo había sido. Se había iniciado en la logia La Unión de Madrid en 1928 y había permanecido en ella al menos cuatro años. Los tribunales franquistas le pillaron y le procesaron. A él, fotógrafo casi personal de Alfonso XIII (ahora veremos) y que ya tenía una relación privilegiada con Franco.

Lo que convenía.

Campúa dijo en el proceso (mayo de 1942) que había ingresado en la hermandad masónica “por equivocación”. En fin. Que lo había hecho convencido o alentado por otro periodista, Juan Sarradell, entonces director del diario Informaciones. Eso es aún más difícil de creer. Que este Sarradell le había “regalado” mil pesetas (un dineral, entonces) por ingresar. Eso entra ya dentro de lo inverosímil. Y que en ¡cuatro años! No había pasado del grado de aprendiz. Je, je, je...

Todo esto lo sabía Franco perfectamente: él fue quien le dejó caer, quien quiso dar un escarmiento al veleidoso Campúa. Entonces, ¿a qué venía aquella pregunta que tan malo puso a Peñafiel?

Solo se me ocurre una explicación: increíblemente, Franco se aburría. Y se le ocurrió pegar la hebra con Peñafiel. ¿Tema de conversación? El único que de verdad le interesaba: sus obsesiones.

Sí, Pepe Campúa fue masón. Y monárquico de Alfonso XIII. Y monárquico de don Juan. Y, naturalmente, franquista a machamartillo. No hay forma de saber si fue todo eso a la vez o sucesivamente, pero es evidente que lo fue. ¿Y por qué? Pues porque le convenía o, seguramente, lo necesitaba para su trabajo. Pepe Campúa fue durante más de medio siglo uno de los fotógrafos de prensa más importantes de España, y eso gracias a su talento, a su visión cuadrangular de la vida y a su don de la oportunidad, sin duda (lo que Cartier-Bresson llamaba “el momento preciso”), pero sobre todo gracias a una cualidad impagable: estaba allí. Siempre. Campúa se las ingeniaba para hallarse siempre presente en el lugar en que se producía la noticia. Por las buenas o por las menos buenas, pero lo lograba. Y cualquier periodista, sobre todo cualquier gráfico, sabe que ese don vale por todos los demás juntos.

Su nieto ha recuperado, desempolvado y catalogado más de 300.000 imágenes del inmenso Campúa. Las que caben en las apenas 180 páginas de este libro son, pues, una gota en un océano que se merece, como mínimo, una enorme exposición.

Campúa, que no se llamaba así (tomó el sobrenombre de su padre, quien a su vez lo tomó de una errata: iba a ser Capua), estaba allí cuando el torero Ignacio Sánchez Mejías rompió a llorar acariciando la cara del cadáver de Joselito, recién muerto en la plaza de Talavera de la Reina. Campúa fotografió más veces que nadie a Alfonso XIII y estuvo en el famoso viaje a Las Hurdes. ¿Cómo lo consiguió? Por sorteo. Allí tuvo el privilegio de fotografiar al rey desnudo.

Fotos históricas.

Campúa hizo la única foto que existe del primer consejo de ministros de Franco (1938, en Burgos, con Pedro Sáinz Rodríguez de ministro) y también las de uno de los últimos, en enero de 1974. Campúa hizo fotos de Hitler que nadie había visto hasta ahora. Y de Franco con su extraña familia (la foto de Eisenhower tomando café en el palacio de Oriente y charlando con doña Carmen, que va vestida de hada madrina de Cenicienta, es insuperable).

Campúa le hizo a don Juan de Borbón las mejores fotos que le tomaron en toda su vida, lo cual le trajo problemas. También a don Juanito, el actual Rey, desde que era niño hasta que se casó (el fotógrafo estuvo en la ceremonia griega como enviado del propio Franco; eso no fue un sorteo) y sobre todo cuando firmó un importante documento como jefe de Estado en funciones en 1974: las caras de tierra trágame que tienen ahí Arias Navarro, Utrera Molina, Cortina Mauri y el resto del sanedrín (todos menos Nicolás Mondéjar, que está feliz) son impagables.

Como lo es este libro. Fuese o no un tanto veleidoso, Campúa es uno de los grandes testigos del siglo XX. Esa exposición de su obra está tardando ya.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: Campúa Blog 30/08/2013 15:53

    A la familia Eisenhower le gustaron mucho también las fotos que destacas. En nuestro blog puedes ver más información y un documento de agradecimiento enviado por ellos a Campúa, además de muchos otros documentos e imágenes. http://campuafotografo.es/2013/08/30/la-visita-del-presidente-eisenhower-a-espana-fotografiada-por-campua/

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