Miller: el duro despertar del sueño americano

26 / 02 / 2015 Antonio Puente
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Se cumplen diez años de su muerte y cien de su nacimiento. Este es el año del escritor y dramaturgo estadounidense Arthur Miller, premio Príncipe de Asturias en 2002.

Era como una poetisa que había querido recitar sus poemas ante una multitud ávida de arrancarle la ropa”. Nadie como Arthur Miller pudo conocer –ni padecer– de un modo más íntimo a Marilyn Monroe. “Mi musa trágica” llama en sus memorias, Vueltas al tiempo (Tusquets), a quien, en efecto, escribía poemas a escondidas, solo publicados tras su muerte –en castellano, Fragmentos (Seix Barral)–, cuajados de presagios tenebrosos, y con una recurrente petición de auxilio en el vacío: “Ay maldita sea, me gustaría estar muerta / absolutamente no existente / ausente de aquí / de todas partes”, dice en uno, para rematar: “Help me, Help me! / Siento que la vida se me acerca / cuando lo único que quiero / es morir”.

Visto desde fuera, en principio choca que el dramaturgo que cinceló el más cabal arquetipo de antihéroe del siglo XX sea el mismo hombre que retozaba con el icono femenino más codiciado del planeta. Y más aún: que no se tratase de un rápido idilio o de una noche loca con un amour fou, como los que Marilyn sí protagonizó con otros personajes de relieve: Elvis Presley, Yves Montand, Frank Sinatra, Tony Curtis... o, para remate de otro arquetipo de época, en saltos de cama casi simultáneos, hacia el final de su vida, con el presidente Kennedy y el jefe de la mafia Sam Giancana. Nada que ver con las leyendas de otras grandes estrellas, como la del torero Dominguín con Ava Gardner, quien, según se cuenta, sin tiempo casi de volverse a calzar los calzoncillos, saltó del lecho...

–¿A dónde vas, cariño?

–¿A dónde va a ser? ¡A contarlo!

No. El dramaturgo Arthur Asher Miller (Nueva York, 1915 - Connnecticut, 2005) ya había contado casi todo lo que tenía que contar sobre las tablas, con un éxito rutilante, en el epicentro de Broadway, por piezas teatrales que, sin embargo, nunca fueron del gusto oficial, pues atacaban al sacrosanto sueño americano como una bomba de relojería camuflada en un despertador. Y lo hacía, además, con un bisturí de corte ibseniano, con herramientas más propias del teatro europeo, conforme a su ascendencia polaca y judaica, de inmigrante apenas de segunda generación.

Había conocido una infancia acomodada en el cogollo de la Gran Manzana, pues su padre regentó un próspero negocio de textiles en la orilla misma de Central Park. Pero –y esto hace de Miller un personaje profundamente cercano hoy– la Gran Depresión volatizó esa empresa familiar y, justo en su adolescencia, hubo de mudarse en familia a un diminuto apartamento de la periferia.

Desempeñó rudos empleos, incluso manejando chatarra, para costearse los estudios de Periodismo, pero sin apartar la vista del recuerdo de los neones de Broadway que habían iluminado el confortable domicilio de su infancia. Ese zigzagueo, tras la expulsión del paraíso, debió de ser decisivo a la hora de pretender recobrarlo; “lo haré solo a mi manera, denunciando las humillaciones”, debió de pensar Miller, desde su tenso y grave mentón de hombre huesudo y larguirucho, sin hacer la menor concesión a la rebaja de mostrar los fémures y las calaveras de la pesadilla que se oculta bajo el sueño americano y occidental.

El fracaso de su primer estreno, a sus 28 años –la comedia Un hombre con mucha suerte, que solo duró en la cartelera de Broadway cuatro representaciones–, constituyó otro acicate para perfilar mejor su acidez introspectiva y escorarse definitivamente al drama, al punto de jugárselo todo a una carta: según dice en sus memorias, si la siguiente obra no hubiese obtenido una considerable repercusión, habría abandonado para siempre el teatro. Pero Todos eran mis hijos (1947) constituyó un éxito rotundo, que permaneció en cartel el año entero, con los parabienes del Círculo de Críticos de Nueva York. Era, con todo, un preámbulo, una especie de ensayo general de la maquinación definitiva de Arthur Miller, respecto a la que constituye su obra maestra e inmortal, Muerte de un viajante, estrenada apenas dos años después, y con la que obtuvo el Pulitzer y un casi instantáneo reconocimiento mundial, a los 33 años.

La muerte de un viajante.

Titulada, por cierto, con mejor fortuna literaria en castellano que en el original (Death of a salesman sería, literalmente, “Muerte de un vendedor”), es una de las obras teatrales más representadas de todos los tiempos y en todas partes, al punto de que fue, por ejemplo, la primera obra de un autor occidental escenificada en la República Popular China. Su protagonista, el patético y desgraciadísimo vendedor ambulante Willy Loman, es uno de los arquetipos mejor acabados para representar el infortunio del hombre contemporáneo. Más trágico, por realista, que el Gregorio Samsa de La metamorfosis de Kafka, es como si Loman fuese el escarabajo devuelto a hombre que llevara incrustada en su lomo la Gran Manzana...

Son las legañas personificadas del gran sueño americano, en su centro exacto del siglo XX. Pero, por extensión, con una crisis económica que remite a la larga resaca de la quiebra de Wall Sreet, Muerte de un viajante ofrece un escenario perfectamente actual: las mismas carreteras sin salida, los mismos extravíos de un hombre que porta un maletín con productos que nadie quiere comprar. Cuando, ya cercano a la jubilación, le pide a su jefe un aumento de sueldo, este aprovecha para echarle del trabajo (¿les suena?). Y el desenlace es de un absurdo atroz, sobre todo leído desde nuestros días: un padre que se suicida para que sus empobrecidos hijos puedan, al menos, cobrar su seguro de vida...

“¡Y cómo es que nadie viene al funeral! ¿Dónde están sus amigos?”, clama la desolada y amantísima esposa, que se pasa la obra zurciéndose las medias para ahorrar, mientras Loman no para de regalarle medias –que es lo que más tiene en su maletín de vendedor sin causa– a su amante de Boston: una mujer fascinada con la sarta de autoengaños de Loman, el guineo sobre sus poderes potenciales... “un pasito más y ya abrazaré el sueño americano”. Ese es el entusiasmo patético que trata de inculcarles a sus hijos: hay que tener don de gentes, sonreír siempre, ser amables, y así se abrirá el paso hacia la cúspide de los Estados Unidos de América. Y, por extensión, del planeta.

Es significativo que, estrenando apenas su treintena, Arthur Miller creara un mismo arquetipo de sexagenario fracasado en sus dos primeras obras, y que, para paliar sus pesadillas y desvelos del sueño americano, acaban igualmente suicidándose. Así, Joe Keller, el protagonista de Todos eran mis hijos, quien, de paso, ha logrado burlar al todopoderoso Ejército de su patria vendiéndole armamento en mal estado; y así el zarrapastroso Willy Loman, el hombre anónimo y sin perspectiva de realización alguna, pero absurdamente inasequible al desaliento. En cada nueva obra, Miller aprovecha a serrar un nuevo palo de la opresiva y reprimida sociedad norteamericana, en la que la claustrofobia familiar es solo el último eslabón con que la representa.

Las letanías circulares y cerradas son su mejor analogía para representar las pesadillas que se muerden la cola. Así de infinita, como en un tiovivo, se denuncia, por ejemplo, la propensión al contrabando en la ley seca: “El 23 de diciembre, en el muelle 41, un cajón de whisky escocés se cayó mientras lo descargaban, como suele ocurrir con un cajón de whisky escocés que se descarga un 23 de diciembre en el muelle 41”. En Las brujas de Salem (1953) alegoriza la caza de brujas del senador McCarthy y en Panorama desde el puente (1955) trata la represión de los inmigrantes. Pero es Willy Loman quien constituye el inmortal arquetipo de antihéroe contemporáneo; el viajante a ninguna parte, que en el cenit de la obra exclama: “Trabaja uno toda la vida para comprar una casa y, cuando por fin la casa ya es de uno... no hay quien viva en ella”.

Cambio de pareja.

La farsa en la que está instalado no permitiría a Loman marcharse con su amante bostoniana. Pero su creador, Arthur Miller, sí se atrevió a romper su largo y, al parecer, apacible, matrimonio con Grace Slattery, su novia desde el colegio, con quien tenía dos hijos, para casarse con Marilyn Monroe. La relación duraría casi cinco años, de 1956 a 1961, un año antes del suicidio de la actriz. Para ella fue, con diferencia, la relación más sólida y duradera de su vida; para él, la más breve –además de borrascosa–, teniendo en cuenta que permaneció luego casado durante 40 años con la fotógrafa austriaca Inge Morath, hasta la muerte de esta, en 2002, y con quien tuvo otros dos hijos, uno de ellos con síndrome de Down.

El error del príncipe y la corista.

 

Miller quiso hacer de Marilyn su imposible pigmalión. Logró convencerla, para la boda, de su conversión al judaísmo, y al principio ella no paraba de clamar: “Por primera vez en mi vida tengo la sensación de estar protegida”. La simbiosis parecía perfecta sobre el papel. En los omóplatos de Miller, once años mayor, y a quien solía llamar “papá”, ella quería acabar a toda costa con su cliché de chica sexy y casquivana, hacer teatro y componer poemas a la sombra del experto príncipe que la redimiría de corista... Él, además de sentir lo que sentiría cualquier varón de mediana edad con una Marilyn bebiendo de su mano, quería aproximarse al cine, y no paraba de intentar aleccionarla para que rompiera de una vez su jarrón de mujer-florero. Pero, según el testimonio de Miller en Vueltas al tiempo, fue una empresa imposible: “Ella era una persona incapaz de existir para sí misma; su vida era la interpretación de un papel que no le salía”.

Acostumbrada al acoso de las miradas y las proposiciones por su físico imponente, no podía distinguir que cualquier adiestramiento o consejo no fuese otra forma de acoso, más sofisticada (“Vida soy de tus dos direcciones”, clama en uno de sus poemas). La relación se convirtió en un reguero de barbitúricos, reproches mutuos, severos episodios de alcoholismo junto a los recurrentes abortos espontáneos (un duro tema este, de la maternidad no consumada, para la Monroe...) Miller asevera en esas mismas páginas que, de no haber puesto fin al matrimonio, también él podría haber llegado a la autodestrucción física. “¿Por qué me empeñaría en representar ese inútil papel barato de benefactor?”, exclama.

En Después de la caída (1964), la obra en que trata de exorcizar los demonios de la relación, tras la muerte de su exmujer, se dice: “Ella era un hermoso pedazo de carne que trataba de tomarse en serio”. Y en The Misfits (1961), la película cuyo guion escribió para Marylin Monroe, el coprotagonista, Clark Gable (en el último papel, por cierto, que interpretaron ambos actores, antes de sus muertes consecutivas), dice de su personaje: “¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: Anónimo 31/01/2017 4:14

    wh0cd652766 <a href=http://adalat.christmas/>adalat</a> <a href=http://albuterolsulfate.site/>albuterol</a> <a href=http://buylisinopril.tech/>buy lisinopril online</a> <a href=http://priceoflevitra.click/>price of levitra</a> <a href=http://buyallopurinolonline.gdn/>allopurinol buy online</a> <a href=http://retina-a.us/>retin-a microgel</a>

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica