Literatura para cambiar el mundo

29 / 11 / 2011 12:18 Daniel Jiménez
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Si esto es el final de una época, como dicen los expertos (y el 15-M, y la Primavera árabe, y la crisis), ¿qué papel juegan los escritores? Hay quien escribe para volverlo todo del revés.

Patricio Pron (izquierda), periodista y escritor argentino de formación alemana, ganador del premio Juan Rulfo en 2004, autor de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia y elegido como uno de los mejores narradores jóvenes en español por la revista Granta.

Isaac Rosa (Sevilla, 1974) lo tiene claro: “Si la literatura no se abre a la realidad, la realidad se meterá en la literatura. El escritor no puede encerrarse en su obra, no puede seguir escribiendo, como se escribe tanto ahora, novelas protagonizadas por escritores que hablan de su propia escritura”. La vida de este autor sevillano confirma su firme compromiso con la sociedad de su tiempo. Ha participado activamente en el movimiento 15-M y ha firmado un manifiesto en apoyo a los profesores que están en huelga por los recortes de sus condiciones laborales. Pero aún va más allá: “La gravedad del ataque económico y social que estamos viviendo necesitaría una respuesta aún mayor”, dice.

“Cada vez hay más escritores que escriben desde un cierto sentido de la responsabilidad”, continúa. “Siguen siendo pocos y minoritarios, pero debería haber cada vez más. ¿De qué vas a escribir, qué tipo de novela puedes plantearte tal y como están las cosas?”. La novela que nos ha planteado Rosa esta vez ha sido La mano invisible (Seix Barral). En ella vemos un grupo de personas que acepta trabajar en una nave industrial acondicionada para la asistencia de público. Una de las intenciones del autor era clara: que el lector empiece a cuestionar todo aquello que hemos naturalizado en el trabajo. “¿Por qué aguantamos esta forma de trabajo si nos cansa y nos enferma y nos irrita y nos condiciona la vida?”.

Leer para encontrar respuestas. Escribir para hacer preguntas. En su premiada novela El vano ayer, Rosa ya nos advertía acerca de los maniqueísmos y los discursos heredados a la hora de abordar nuestra historia más reciente: “La literatura española ha sufrido eso que llamamos Transición, cuando se construyó la democracia que tenemos ahora y se confinó a la literatura y a la cultura en general a un lugar irrelevante en términos políticos y sociales”. Precisamente por esa posición el propio escritor desconfía de sus posibilidades, aunque añade, en tono esperanzador, que él cree lo contrario.

Patricio Pron, un joven escritor argentino afincado en Madrid, apoya la tesis de Rosa. Según él, “el Estado ha fracasado en (o ha eludido deliberadamente) su tarea de dotar a sus ciudadanos de un tesauro político con el que poder expresar sus experiencias y, eventualmente, verbalizar su descontento, de manera que quizás sea necesario que los escritores contribuyan a la creación de ese lenguaje, si es que no han perdido la confianza en la literatura o han sido comprados para que la perdieran”.

Activista del lenguaje, de la verdad y de la exigencia, Pron opina que, para no caer en la moralización simplista, la literatura debe “narrar la enfermedad y no el síntoma”. Con esta premisa construyó su novela El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, una obra que investiga y denuncia algunas de las atrocidades sucedidas en su país de origen durante la dictadura de Videla: “Quería dar cuenta de un tipo de experiencia política que efectivamente había tenido y que había conformado mi manera de ver el mundo, y sostener desde la ficción la iniciativa de aquellos que, habiendo vivido hechos semejantes, en España y en América Latina o en otros países, estuviesen en este momento procurando saber quiénes fueron sus padres y qué tipo de cargas y de mandatos les legaron”. Leer para conocer la historia. Escribir para no olvidarla.

El enigma de la Red.

Aunque Internet y las redes sociales han servido para agitar las revueltas en el mundo árabe, Pron no sabe qué baza jugará la Red en la sociedad del futuro. “Podemos convertirla en una herramienta de transformación... o en el altavoz de la estupidez contemporánea”. El autor de El comienzo de la primavera cuenta cómo ha vivido el 15- M, la huelga de los profesores y la reforma de la Constitución. “En el primer caso, con la esperanza de que este país deje de ser el que mayoritariamente dejó morir en la cama a su dictador. En el segundo, convencido de que existe una relación estrecha entre la introducción de condiciones indignas de trabajo y la supresión de una de las pocas instituciones de nuestra sociedad, la escuela, en la que se enseña qué cosa es la dignidad. En el tercer caso, como el gesto macabro con el que dos marionetas tristes se apuñalan una a otra al final de las peores piezas teatrales”. “La literatura que no se construye contra el poder -asegura enfáticamente Rosa-, se construye desde el poder y a favor del poder. Si no cuestionas el discurso dominante lo estás reproduciendo, o al menos lo estás asumiendo como válido”. Pron añade que “el escritor debe utilizar el mercado para poner en entredicho, desde su interior, el tipo de verdades y los supuestos valores que lo articulan”. Belén Gopegui (Madrid, 1963), acaso la escritora que mejor representa en España eso que podríamos llamar novela política, está de acuerdo con ellos, “si añadimos que no toda la literatura que cuestiona el poder lo ilegitima”.

Gopegui no tiene reparos en demostrar sus posiciones políticas porque, para ella, un escritor debe participar en la vida pública “como cualquier persona, luchando para afrontar las ofensas, combatir la indignidad, evitar la aflicción y el sufrimiento evitables y cambiar las reglas del juego injustas que otros nos han impuesto”. Al preguntarle sobre sus referencias o maestros, Gopegui reconvierte la respuesta: “Un ejemplo, mal ejemplo en este caso, serían los autores que han aceptado premios pactados como el Planeta, impostando inocencia”. Para ella, que todavía sueña con cambiar el mundo, “la mayoría de los escritores de hoy no sueña. Más bien duerme”.

Gopegui es consciente de que en ciertos círculos académicos se menosprecia la literatura con vocación social. “Dado que la literatura política está en conflicto con la Academia, ésta se arroga el derecho de fijar sus límites y la acorrala en un campo semántico -reprimenda, moraleja- en el cual defenderse ya es aceptar la autoridad de quien ha puesto esos límites”. En su última novela, Acceso no autorizado, publicada por Mondadori, Gopegui se vale de la experiencia de una vicepresidenta del Gobierno para cargar contra ciertas maniobras del poder. ¿Hasta dónde es necesario que el lector haga la distinción entre realidad y ficción? “En La Mancha había y hay molinos de viento, ahora bien, hasta qué punto quien lee es Sancho o Don Quijote, y ve gigantes o molinos, no es algo que dependa solo de quien escribe”.

Leer para entender el mundo. Escribir para cambiarlo. Para Elvira Navarro (Huelva, 1978), Belén Gopegui es el mejor ejemplo de escritora comprometida, aunque considera que “con la profusión de información, conocimiento y entretenimiento actual, inevitablemente el escritor ha perdido el poder que tenía antaño”. Navarro, considerada por el propio Rosa una de las voces más responsables del panorama literario español, con su libro La ciudad feliz ha querido “radiografiar la autoexplotación y los límites”. ¿Qué podemos esperar de la narrativa del siglo XXI? “Cualquier cosa que formule defraudaría lo que hay detrás de una pregunta como esta: la suposición de que lo que nos espera será pura novedad. Lo único que espero es que los ciudadanos crean en la posibilidad de meterle mano a los bancos”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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