Sé que estás viva

09 / 08 / 2017 Tiempo
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

"Caminaba por los pasillos de la comisaría sin que nadie reparase en su presencia, como un fantasma para sus compañeros. Un apestado del que todos huían".

Ilustración: Luis Grañena

Sé que estás viva / Nacho Abad / La esfera de los libros / 512 páginas / 22,90 euros / Publicación: 19/09/17

“La última vez que vi a mi mujer fue cuando se estaba bajando del coche. Me llamó ególatra y me dijo que debía aprender el significado de esa palabra. Hace tres meses me llegó una carta anónima a prisión. ¡Está viva! Lo planificó todo al detalle. Me tendió una emboscada para que yo acabara en la cárcel. Es cierto que me regodeé con la idea de asesinarla en varias ocasiones. Pero el deseo no es delito. No lo hice. En la vida real no la maté. ¡Encuéntrala! Si la encuentras me tendrán que dejar salir”.

Licenciado en Periodismo y Criminología, Nacho Abad es conocido por sus informaciones de sucesos en magazines como El programa de Ana Rosa o Espejo público. A pesar de que su primera novela fue en clave de humor (Diario de una becaria, 2001), el autor ha enfocado sus conocimientos sobre el mundo criminal en la presente obra y en una novela negra anterior, La verdad está equivocada (2015).

PORTADA_LA-ESFERA-DEL-LOS-LIBROS_se-que-estas-viva-F

El sonido del teléfono distrajo a Germán Carrasco. Dejó de leer la minuta que un funcionario le había entregado a primera hora de la mañana para fijarse en el nombre que brillaba insistente en la pantalla. Su cuerpo se tensó en estado de alerta y su mente entró en ebullición. “¿Por qué me llama después de tanto tiempo? ¿Qué querrá? ¿Cortesía o pedir algo?”. Las preguntas se solapaban unas con otras sin que ninguna hallase respuesta. El nombre de mujer que iluminaba la pantalla lo tenía paralizado. A duras penas había logrado enterrar los recuerdos de lo sucedido hacía dos años cuando aquella inesperada llamada los sacó a flote de golpe. Rechazó la comunicación cobardemente, como si al pulsar la tecla de cancelar pudiera ahuyentar su pasado. Colocó el teléfono en modo silencio y lo escondió dentro del primer cajón de su mesa, buscando con aquel gesto desgajar de su vida episodios que creía olvidados.

Encendió un purito y aspiró con ansiedad. Después de un par de prolongadas y compulsivas caladas, logró relajarse un poco. Fumaba en su despacho pese a estar prohibido. Se acordó de aquel querido amigo suyo, Cristóbal, al que le detectaron un cáncer de pulmón y le dieron menos de un mes de esperanza de vida. Al recibir el diagnóstico, Cristóbal sacó un paquete de rubio del bolsillo y se encendió un cigarrillo delante del médico. El doctor le miró desconcertado. “A ver quién tiene el valor de decirme que no fume aquí porque es malo para mi salud”, le soltó con una gran sonrisa. Pues eso, pensó Germán, a ver quién es el que se atreve a entrar en mi despacho y protestar. El inspector había vuelto al vicio después de cinco años de abstinencia. Creía que el tabaco le tranquilizaba, aunque, a veces, simplemente fumaba porque se aburría, por llenar espacios. Abrió la ventana para airear la habitación y se entretuvo, apoyando los codos en el alféizar, en mirar a la gente que paseaba por la calle de las Huertas.

Sonó el teléfono fijo. Alguna tontería querría el jefe. Le costó alejarse de la ventana para atender el requerimiento.

 —Dime —contestó con desánimo.

 —Buenos días, Germán. —La sorpresa de oír una voz femenina que pensaba haber despistado minutos antes le enmudeció. A la mujer pareció no importarle su silencio porque siguió hablando—: No sé si se acuerda de mí, soy Alejandra Rey, la abogada de...

 —Sé perfectamente quién es usted —le cortó con brusquedad mientras se dejaba caer sobre la silla. Su corazón galopaba sin control y el estómago se había encogido como un caracol al notar el tacto humano.

 —¿Qué tal está? —preguntó ella por cortesía.

 —A ver, letrada, no creo que mi salud le preocupe a usted un pimiento. No nos engañemos —respondió abruptamente. El silencio de Alejandra, ya fuera por estupor o porque tenía razón, le animó a continuar—: Como no he respondido a su llamada al móvil, ha encontrado la forma de localizarme en el teléfono oficial. Así que déjese de rodeos y dígame sin más preámbulos qué quiere —planteó con voz agria Germán—. Le advierto que solo le puedo dedicar unos segundos. Estoy muy ocupado.

 —Mi cliente quiere cobrarse su deuda.

 —¿Qué deuda? —trató de escabullirse infantilmente.

 —No me haga recordárselo, agente.

 —¡Joder! —rezongó entre dientes—. Sí que se ha dado prisa.

 —Valentín exige que vaya a verle a la cárcel —le comunicó Alejandra sin entrar a responder al comentario—. De inmediato. Le urge hablar con usted.

 —¿Para qué? —preguntó, seco, sin poder pasar por alto el escozor que le había producido el verbo utilizado por la abogada.

 —No lo sé, ni me lo ha dicho ni yo se lo he preguntado —respondió sin que aparentemente le molestara la aspereza del policía.

 —Veré cuándo tengo un hueco libre —anunció cortante y colgó la llamada sin despedirse.

Alejandra Rey le caía bien. Además de ser buena abogada, era una persona de fiar. Le demostró que tenía palabra cuando selló con él un acuerdo obligando a su cliente a firmar una declaración delante de un notario en la que Valentín negaba haber recibido un rodillazo en los testículos mientras estuvo detenido. Desde entonces, habían pasado ya casi dos años. Pero ni siquiera ese documento exculpatorio había evitado una sanción encubierta. El audio en que él reconocía haber agredido a Valentín se filtró a varios medios de comunicación. El sonido era una prueba contundente. Aunque los dos se pusieron de acuerdo en explicar que se trataba de una recreación, un pequeño teatrillo que habían grabado durante el primer registro, la excusa, aparte de pobre y peregrina, no aguantaba el sonido de una conversación tan real y convincente.

Sus mandos le arrinconaron y le advirtieron que no hiciese mucho ruido. Debía conformarse porque, si no, las cosas podían empeorar más. Dejó de ser el jefe del grupo de Judicial de la comisaría de las Huertas y, a pesar de su grado, lo derivaron a un despacho en labores administrativas. Enterrado en papel. Allí quedó oculto de la mirada de la opinión pública y de titulares incómodos. Su vida se había convertido en una agonía. Caminaba por los pasillos de comisaría sin que nadie reparase en su presencia, como un fantasma invisible para sus compañeros. Un apestado del que todos huían sin prestarle atención. Envejeció de golpe. El poco pelo que le quedaba blanqueó y la piel del contorno de los ojos se descolgó en grandes bolsas repletas de pequeñas lágrimas de rabia que nunca llegó a derramar.

Lamentó haber sido tan brusco con la abogada, pero oír su voz, como un aguijonazo, despertó recuerdos que prefería tener enterrados y había hecho aflorar ese denso amargor que, como su propia sombra, le acompañaba en los últimos tiempos allí donde fuese.

Nadie protestó ni le echó de menos cuando, a media mañana, desapareció de comisaría. Montó en su coche y se dirigió a la prisión de Herrera de la Mancha. Si su deuda se resolvía con una visita a aquel asesino, no había inconveniente. Cuanto antes cumpliera, mejor. Más pronto volvería a su rutina.

Enfiló los casi doscientos kilómetros con un torbellino de sensaciones. La tensión le agarrotaba las manos al volante, hasta dejarle los nudillos blancos, mientras la angustia que le habían despertado los recuerdos le atenazaba el estómago, y casi le impedía tragar la amarga saliva que se le acumulaba en la boca. Al tiempo que el coche devoraba asfalto, su mente maldecía el día en que se vio envuelto en la investigación de la desaparición de Guadalupe.

Recordaba perfectamente el Jueves Santo de hacía dos años. Por azares de la vida y carambola de las vacaciones de los jefes, él se encontraba trabajando en la comisaría de la calle de las Huertas, y no disfrutando con su mujer en la sierra, cuando Valentín Monaster, hijo del famoso torero con el mismo nombre, acudió a pedir ayuda. Todavía resonaba en su cerebro la voz alarmada del policía de la oficina de atención al ciudadano contándole que un individuo acababa de denunciar la ausencia de su esposa y que había algo en su actitud que le daba mala espina. Cuando el sujeto entró en su despacho y le oyó hablar, Germán notó la misma desazón e inmediatamente comprendió a qué se refería. Prepotente, altanero, sin empatía, Valentín fue contando cómo su mujer se había volatilizado la noche anterior. Que Guadalupe estuviera en avanzado estado de gestación y que padeciera una severa diabetes fueron cuestiones que el denunciante dejó escapar sin otorgarles la trascendencia que tenían. Hubo que sacárselas casi a la fuerza. Transmitía la sensación de que ocultaba algo. Sus respuestas eran dubitativas, poco precisas, y su comportamiento no se correspondía con el de un atribulado esposo cuya esposa llevaba horas desaparecida. Las mentiras en las que le cazaron cuando le acompañaron a la casa (la que el matrimonio tenía en Madrid para dormir las noches en que decidían no irse a su morada habitual en la localidad de Batres) sirvieron para acrecentar esa sensación de culpabilidad.

De vuelta a la comisaría, Germán le sorprendió manipulando el móvil y en un arrebato se lo arrancó de las manos para, siguiendo una corazonada, ver qué estaba haciendo y de paso investigar su contenido. Encontró fotos de Guadalupe golpeada y sus suposiciones se precipitaron. La chulería, la superioridad y la sensación de impunidad con la que Valentín respondió a sus preguntas sobre los hematomas de su esposa hicieron que perdiese los nervios. Se dejó llevar por la rabia y, en un impulso del que se arrepentiría toda la vida, le detuvo. Lo que prometía ser una investigación apasionante, pronto se esfumó de sus manos e, impotente, vio cómo otros compañeros se hacían cargo de las pesquisas.

El comisario Joaquín Pazo Quintáns, jefe de la UDEV Central, olió medallas por la trascendencia mediática de la investigación y se la arrebató, arrogándose para él y su grupo todos los privilegios y méritos de la indagación policial. Valentín fue el primer y único sospechoso desde el principio. Germán, que siguió con atención los avances de las pesquisas y el posterior juicio, acabó convencido de que sus compañeros de Judicial se habían limitado a heredar a su sospechoso y remarcar con trazos más firmes la culpabilidad que él había esbozado en el inicio de la investigación, aun a riesgo de hacer encajar por las bravas, e incluso remodelar forzadamente, las piezas del puzle para conseguir que las evidencias cuadrasen y sostuvieran esa culpabilidad. Nadie podía permitirse un nuevo caso Marta del Castillo.

libro1-F

Ilustración: Luis Grañena

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica