Maldad

11 / 08 / 2017 Tiempo
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

"Típico de Ewan. Siempre pensando que todo tenía remedio. Pero aún era joven. No había aprendido que, a veces, pasan cosas contra las que no puedes hacer nada".

Ilustración: Íker Ayestarán

Maldad / Tammy Cohen / Ediciones B / 400 páginas / 17,50 euros / Publicación: 06/09/2017

En la oficina, todos se conocen bien. Años trabajando juntos, tomando gin-tonics al salir de la oficina y cubriéndose las espaldas los unos a los otros. Pero un día aparece una nueva jefa y las reglas del juego cambian. ¿Quién odia a todos en secreto? ¿Quién carga con un pasado? ¿Quién es capaz de cometer un asesinato?´

Tammy Cohen es periodista freelance. Sus inicios en la ficción fueron muy tardíos pero ahora tiene en su haber una larga lista de aclamados títulos (When She Was Bad, They All Fall Down, etcétera) que no hace más que crecer. Actualmente vive en el norte de Londres con su pareja y tres hijos casi adultos.

-PORTADA_EDICIONESB1_MALDAD-F
 

1.

Anne

Imagina que pudiéramos ver el daño en nuestro interior. Imagina que se viera por dentro como el contrabando en los escáneres del aeropuerto. ¿Qué se sentiría al pasear por la ciudad con todo a la vista: todo el dolor, todas las traiciones y las cosas que nos restan valor, todos los sueños rotos y los corazones destrozados? ¿Qué se sentiría al ver las personas en que nuestras vidas nos han convertido? Las personas que somos, bajo la piel.

Me pasó por la cabeza cuando te vi en las noticias, hace un momento. Te reconocí enseguida. “Una persona muy normal —decían—. No puedo creer que alguien así pudiera hacer algo tan espantoso”.

Cuando esta tarde recibí el mensaje de Barbara Campbell que me pedía que encendiera la tele para ver las noticias, no terminaba de entender por qué. Las noticias estaban llenas de lo mismo de siempre: de la lucha por el poder entre los republicanos, del precio del petróleo, de Siria, de Rusia. Nada era especial para mí. Me pregunté si Barbara empezaba a mostrar signos de senilidad. Se jubiló hace ya bastante, así que es posible. Luego recordé que, al vivir en Inglaterra, se refería a las noticias británicas. En fin, eso me dejó descolocada. Al final, tuve que llamar a Shannon y ella se pasó por casa tras salir del trabajo. Me lo arregló en cinco minutos al conectar un cable de mi portátil al televisor para poder ver la BBC en directo.

Esperé a que Shannon se fuera para encenderlo. Antes de salir, me abrazó largamente, fiel a su costumbre, y se lo agradecí de nuevo. Muchas hijas repudian el contacto tan estrecho cuando crecen, tal como hice yo cuando aprendí a reconocer en el jersey de mi madre el olor tan característico del licor que había bebido la noche anterior. Los padres siempre decepcionan a sus hijos, es parte de nuestro papel. Pero Shannon nunca me lo ha tenido en cuenta.

A juzgar por el mensaje de texto de Barbara, supuse que las noticias no serían buenas. Pero cuando vi las fotografías, cuando me enteré de lo que habías hecho... me costó lo indecible no servirme una copa grande de vino blanco y bebérmela de un trago, como si fuera un chupito de algo más fuerte en la barra de un bar. En cambio, inspiré una honda bocanada de aire e intenté contar hasta siete antes de soltarlo mientras, en la pantalla, una mujer ataviada con un impermeable azul recitaba los cruentos detalles de tu caso delante de un juzgado.

“Primera vista en el juzgado —pronunciaron los labios apretados de la mujer—. Se ha confirmado el nombre y la dirección”. Y: “El magistrado ha fijado día y hora para el juicio”. Después, la imagen cambió a una amplia calle londinense flanqueada por árboles, donde otra mujer dejaba un ramillete de flores junto a un impresionante montón que se agolpaba delante de una brillante verja negra, tras la que se alzaba una elegante casa de estilo georgiano. “Un crimen que ha sacudido la ciudad”, dijo una voz. Y: “Provoca repulsa la especial crueldad del asesinato”. Acto seguido, la imagen volvió a cambiar y apareció un moderno edificio de oficinas en el centro financiero de Londres. Estaban entrevistando a un joven en la acera, delante de la entrada principal, que no dejaba de menear la cabeza con incredulidad. “Era una persona tan normal...”, dijo.

Pero yo sé la verdad. Y “normal” desde luego no eres.

2.

Paula

 —Todavía no me lo creo. –Paula sabía que repetir lo mismo una y otra vez no iba a ayudar a Gill, pero la frase parecía habérsele quedado en la garganta. Cada vez que abría la boca, salía de nuevo.

 —Gill, yo que tú no lo toleraría. Busca un abogado de primera y mételes una demanda.

Típico de Ewan. Siempre pensando que todo tenía remedio. Pero aún era joven. No había aprendido que, a veces, te pasan cosas contra las que no puedes hacer nada.

 –Ya he hablado con un abogado de la empresa y el director de Recursos Humanos estaba presente —respondió Gill, sonriendo con valentía, aunque sus enormes ojos castaños relucían por las lágrimas que estaba conteniendo—. Sí, puedo emprender acciones legales, pero parece que la indemnización que me están ofreciendo con el preaviso de finalización del contrato es más de lo que podré conseguir si los denuncio por despido improcedente, así que no merece la pena.

 —Pero es injusto —protestó Chloe, que ya había usado tres pañuelos de papel, que yacían estrujados delante de ella en la mesa, al lado de una copa de vino vacía.

 —Todos formamos un equipo muy bueno. ¿Por qué quieren separarnos?

 —Chloe, dicen que no hemos cumplido los objetivos —respondió Gill, con un deje trémulo en la voz—. Y necesitan un chivo expiatorio. Que soy yo.

Paula no creía que eso fuera del todo justo, aunque lamentaba la marcha de Gill. Llevaban ocho años trabajando juntas y eran amigas, sí, pero Gill llevaba un par de años de capa caída. Y la consecuencia era que tanto la productividad como los beneficios habían sufrido un bajón. De manera que presentarlo como una especie de sacrificio era pa- sarse un poco de la raya.

Sentada a la mesa frente a ella, Amira, que ya había tomado dos gin-tonics mientras Paula apenas había bebido un tercio de su tónica, se inclinó hacia delante con gesto conspiratorio, y el movimiento hizo que las puntas de su oscura melena rozaran la cerveza derramada sobre la mesa.

 —Apuesto lo que sea a que Mark Hamilton te dio unas palmaditas en el hombro justo después de despedirte y te soltó: “Sin acritud” —le dijo a Gill—. ¿Me equivoco?

Gill dio un respingo al oír la palabra “despedirte” y Paula la compadeció. Amira podía ser muy insensible a veces.

 —Sí, creo que dijo algo por el estilo —murmuró Gill—. Pero estaba tan pasmada que no me enteré de la mitad de lo que me decía.

 —¿Y si nos negamos a volver al trabajo? —sugirió Chloe con las mejillas sonrosadas por la emoción y el pinot grigio—. No pueden despedirnos a todos, ¿verdad?

  —Seguramente ya lo hayan hecho. Solo por estar aquí y no sentados a nuestras mesas como buenos empleados —ironizó Amira.

Paula se tensó. Apoyaba a Gill y no había necesitado que la animaran mucho para acompañarla al pub después de recibir la demoledora noticia del despido esa mañana. Pero no podía arriesgar su puesto de trabajo. No cuando era la única que llevaba un sueldo a casa. El sudor empezó a humedecerle la espalda del top y, con disimulo, se llevó una mano atrás para apartárselo de la piel. Hacía mucho calor. ¿O no? Tenía las hormonas tan revolucionadas que había perdido la capacidad de regular su propia temperatura y podía pasar del frío al calor y de nuevo al frío en cuestión de segundos. A veces se acaloraba tanto que tenía la impresión de que la sangre le hervía en las venas.

 —Lamento la demora. El niño está otra vez en la barra dando por saco; no tendrá cole. —Charlie dejó en la mesa las bebidas que traía y se sentó en su silla. Después, adelantó una mano por encima de la mesa y rodeó la de Gill con sus delicados dedos—. No permitas que esos cabrones te aplasten —le dijo en voz baja—. Hay muchas empresas deseando contratarte. Todos vamos a recomendarte con entusiasmo.

Gill asintió con la cabeza, esbozando esa sonrisita que la gente pone cuando está conteniendo las lágrimas.

Se produjo un silencio, que Sarah rompió llegando a la mesa sin aliento y móvil en mano.

 —Lo siento. Lo siento. Una urgencia con los niños. Ya está todo solucionado.

Charlie quitó su chaqueta de la silla de Sarah para que esta se sentara. En el pasado, Paula los envidiaba por la amistad tan estrecha que mantenían. Siempre iban juntos al pub después del trabajo para tomar algo y llegaban al día siguiente con resaca y vagos recuerdos de los pubs que habían visitado, los desconocidos con que habían hablado y las copas que habían tomado. Pero desde que Sarah tuvo a los niños, esas salidas eran agua pasada. Todo cambiaba una vez que se tenían hijos, ¿verdad?

La melena pelirroja de Sarah estaba un poco mojada; debía de estar lloviendo. Paula echó un vistazo a la mesa: Sarah, Charlie, Chloe, Ewan, Amira, Gill y ella. Ya echaba de menos al equipo tan unido que habían sido. Gill no había sido la más dinámica de las jefas, pero todos habían encajado muy bien. No había discusiones internas y tampoco dejaban que la política de la empresa los afectara. Un equipo de ensueño.

El móvil de Amira recibió un SMS y el estridente tono los sobresaltó a todos. Miró la pantalla.

 —Mierda —masculló—. Un mensaje de Juliana, la de Recursos Humanos. ¿A que no adivináis quién va a ser la nueva jefa?

 —¿Quién? —preguntaron a coro.

Paula miró de reojo a Gill, cuya sonrisa se tornó forzada, como si alguien le estuviera estirando los labios.

 —Rachel Masters.

Paula intentaba mantenerse al margen de los cotilleos del sector, pero había oído ese nombre antes. Una mujer difícil, exigente, disociadora. Esos eran los adjetivos que precedían a Rachel Masters. Sin embargo, conseguía resultados, o eso parecía. Y eso era lo importante al final.

 —Espera —dijo Sarah—. Creo que he oído algo sobre ella. Ha tenido problemas en su anterior empresa o algo así.

Gill asintió con la cabeza.

 —Yo también —dijo con voz casi alegre.

Paula luchó contra un abrasador sofoco que ascendió desde algún punto debajo de las costillas, achicharrándole los pulmones, los hombros y el cuello. La ansiedad era como un niño contrariado pellizcándole las entrañas. Llevaban más de dos horas en el pub, desde que Gill regresara de la reunión con Mark Hamilton, pálida, temblando y acompañada por un guardia de seguridad que no le quitó la vista de encima mientras recogía sus pertenencias personales de su despacho acristalado, separado del resto de la oficina. Como casi era la hora del almuerzo, todos la habían acompañado al pub para que les contara qué pasaba. Pero, a esas alturas, la preocupaba lo que pudiera decir Mark Hamilton, el director general de la empresa, cuando bajara para hablar con el equipo y no encontrara a nadie en la oficina. ¿Y si llegaba acompañado por ella, por Rachel Masters? La inquietud se apoderó de Paula como si le estuvieran haciendo un molesto tatuaje. Ella era la asistente de la jefa. Debería estar dando ejemplo.

 —Lo siento, Gill —dijo al tiempo que tanteaba en torno a la silla en busca del bolso—. Deberíamos regresar.

 —No. Deberíamos quedarnos aquí. Demostrarle a Hamilton que no puede hacer lo que le venga en gana —replicó Ewan, y su ímpetu pareció quitarle parte de sus veintiocho años.

 —Pronto vas a descubrir que en realidad puede hacer lo que quiera —repuso Amira—. Mark Hamilton Recruitment es su empresa. El nombre lo dice.

Al final, fue Gill quien tomó la decisión.

 —De todas formas, necesito que os vayáis. Voy a tomarme la tarde libre. Después empezaré a hacer llamadas para buscar un nuevo trabajo. No estoy preocupada. Me han tanteado muchas veces a lo largo de los años.

Paula llevaba bastante tiempo trabajando con Gill y reconoció la bravuconada. Pobre Gill. Debía de ser un golpe terrible para su autoestima. Pero, gracias a Dios, se iba a casa y ellos podrían volver a la oficina. Miró con disimulo el reloj y el estómago le dio un vuelco.

 —Vamos —animó a los demás mientras trataba de liberar el brazo, que se le había quedado trabado en la manga de la gabardina.

 —Sí, marchaos —dijo Gill alegremente—. Llamaré un taxi para poder llevarme mis cosas. —Señaló la caja de cartón que contenía sus libretas de notas, unos zapatos de repuesto, una fotografía enmarcada de ella con sus dos sobrinos y otras cosas—. Mantenedme al día de lo que pase. Espero un informe con pelos y señales de cada uno de vosotros. Y pruebas gráficas de la infame Rachel Masters.

2-F

Ilustración: Íker Ayestarán

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica