El club de los mejores

25 / 08 / 2016 Arthur Gunn
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¡Gracias!

Abrí con el bate oficial de los Minnesota Twins, listo para golpear.

Reglamento del club de los mejores

Los chicos del Club de los Mejores nos comprometemos a apoyarnos en todo momento y a compartir todos nuestros cómics.

Si algún mayor quiere pegarnos, nos defenderemos todos juntos.

Y si alguno de nosotros es millonario, tendrá que darle dinero a los demás.

Quien no lo cumpla se las verá con Mackenzie y le quitará todo lo que tiene, dejándolo sin nada.

Los cuatro chicos pedaleaban con todas sus fuerzas sin darse cuenta de que huían de sí mismos. Era un día agradable y soleado donde el calor se mitigaba por la cercanía del lago escondido tras la espesura del bosque. El recuerdo del aire puro y de la ropa primaveral recién sacada del armario se convertiría, años después, en la constatación de sus pesadillas.

La bicicleta de Walter iba por delante y el resto la seguía. En un momento dado, frenó en seco y su rueda trasera derrapó sobre la gravilla. Los demás tuvieron que aminorar la marcha para no chocar contra él.

–¿Qué ocurre? –preguntó Cormac–.

Walter estaba exhausto. Su cuerpo estaba allí, pero su mente se encontraba a varias millas de distancia.

–No podemos contar nada –dijo–. Este debe ser nuestro secreto.

Peter quiso responder, pero al momento cerró la boca de nuevo. Trevor miró hacia atrás en busca del terror del que escapaban, pero allí solo estaban ellos. Entonces colocó un pie de nuevo sobre el pedal y continuó con la marcha. Peter negó con la cabeza y lo siguió. Solo Cormac se quedó al lado de Walter, pero ninguno de los dos dijo nada. Después montó de nuevo sobre la bici y persiguió la estela de sus compañeros. Walter, por primera vez en su vida, se sintió muy solo.

–No es culpa mía –repitió para sí mismo–. No es culpa mía.

Primera parte

 

1

Había alguien fuera y golpeaba la puerta con desespe­ración. Que te despierten así a medianoche no suele presa­giar nada bueno.

Martha, mi esposa, fue la primera en percatarse. Puede que estuviera en duermevela, con un ojo abierto, o que se hubiera levantado para ir al aseo. Marta me agitó con vio­lencia y me desperté de un salto. Dormíamos separados desde hacía unos meses, por eso me asustó tanto encontrarla en mi cuarto. No hizo falta que dijera nada, pues el estruendo en la puerta de entrada era continuo.

Minneapolis no era una ciudad conflictiva. La influencia del cercano Canadá, las nevadas invernales, las tranquilas aguas del Misisipi o simplemente que aquí nunca pasaba nada, hacían de ella un lugar pacífico. Puede que tuviera parte de culpa que en cada casa hubiera una pistola. A mí nunca me gustaron las armas y por eso guardaba un bate de béisbol bajo la cama.

No encendí las luces. Le pedí a Martha que esperase cerca del teléfono preparada para marcar el número de emergencias y bajé descalzo las escaleras hasta la planta baja. A través de los cristales laterales de la puerta vi una silueta que se agitaba de un lado a otro. Me dije a mí mismo que si fuera un yonqui ya habría roto las ventanas en lugar de llamar con tanta insistencia. Iluso de mí, en lugar de relajarme, aquel pensamiento me puso aún más nervioso.

Mis dedos acariciaban el pomo de la puerta cuando un grito desgarró la noche.

–¡Por Dios, Walter! –escuché–. Abre de una vez. Al momento reconocí esa voz, pese a los nervios y la desesperación que la teñían de un matiz gris. Aun así, primero me asomé por el ventanuco vertical que enmarcaba la puerta y pude ver a Cormac, mi viejo amigo de la infan­cia, de rodillas en el suelo y con las manos en la cara.

Abrí con el bate oficial de los Minnesota Twins preparado para golpear. Observé a Cormac bañado por la luz de las farolas en actitud penitente. A sus pies descansaba una bolsa de deporte de lona negra. Entonces Cormac levantó la cabeza y me miró.

–Tienes que ayudarme, Walter –dijo con lágrimas en los ojos–. Estoy desesperado.

–¿Sabes la hora que es? –contesté, pero me arrepentí un segundo después–. ¿Qué ocurre, Cormac?

En ese instante Cormac se levantó de un salto, como si una corriente de mil amperios le cruzase el espinazo. Me empujó dentro de mi propia casa y cerró de un portazo. Después se asomó por la ventana, vigilando la calle en las dos direcciones.

–¿Se puede saber qué sucede? –pregunté de nuevo–. Cormac me mandó callar con un gesto. No me sentía cómodo. Estaba en pijama, descalzo sobre el frío suelo de madera, con un bate de béisbol en la mano mientras mi mejor amigo se comportaba como un demente. Un coche cruzó por delante y Cormac se tiró al suelo. Las luces del vehículo se perdieron al tiempo que se alejaba el sonido del motor. Me acerqué a Cormac y lo agarré del brazo.

–Ya basta, Cormac –ordené–. ¿Quieres dejar de comportarte como un loco?

No solo su actitud era la de un desequilibrado, sino también su aspecto. Tenía el pelo revuelto, la ropa arrugada y olía a sudor. Busqué un atisbo de lucidez en su mirada, y para mi sorpresa lo encontré. Era nerviosismo, más que locura. También me fijé en que Cormac ocultaba algo bajo el abrigo. Era pequeño, un poco más grande que una cajetilla de tabaco, y lo sujetaba con fuerza contra el pecho.

La luz de la escalera se encendió a mi espalda. Me giré y vi a Martha envuelta en una bata, con el teléfono inalámbrico en la mano y el pulgar sobre el botón de llamada.

–¿Qué es todo este escándalo, Walter? –dijo–. ¿Y qué hace Cormac aquí?

–No sabía a quién más acudir –contestó Cormac, abrazándose a la bolsa de deporte–. Yo... oh, Dios...

–Deja de balbucear y habla, Cormac.

–No seas tan brusco –me riñó Martha, siempre dando órdenes–. ¿No ves que está muy nervioso?

–Yo soy quien se está poniendo nervioso.

–Os prepararé un té –dijo mientras se iba hacia la co­cina–.

Observé la situación con otra perspectiva. Estaba claro que había sucedido algo que había alterado a Cormac has­ta el punto de venir a mi casa a medianoche y casi tirar la puerta abajo. Solo tenía que dirigir la conversación para que me lo contará.

–Cormac, levanta. Vamos a la cocina. Martha está calentando agua para una infusión. –Estiré el brazo para tratar de izarlo, pero él no se movió–. Ven, te sentará bien, ya verás.

–Natalie... –murmuró–.

Natalie era su esposa. Hasta ese momento no había caído en que estaba solo, pese a que siempre iba con ella a to­das partes. Quizá fue lo extraño de aquel momento lo que me hizo borrarla de mi mente, pero fue al oír su nombre de los labios de Cormac cuando su ausencia se hizo llamativa.

–¿Dónde está Natalie? –pregunté–. ¿La has dejado en casa?

Cormac negó con la cabeza. Parecía una estatua que se fundía con la esquina, cerca de la ventana, en posición fe­tal agarrado a la bolsa de deporte.

–Natalie... no está.

Su voz era apenas un susurro entrecortado. Luchaba por no llorar, pero apenas lo conseguía. Pensé que si Martha tardaba mucho con ese té yo mismo lo obligaría a tragar un par de tranquilizantes.

–¿Cómo que no está? –Me agaché a su lado y dejé el bate de béisbol sobre el sillón–.

–Ella... ella...

–Tranquilízate, Cormac.

–Todo pasó tan deprisa... Apenas supe qué hacer.

Los psicólogos lo llamaban “sugestión”. Consistía en entrar en estado de paranoia al empatizar con alguien. Era la única explicación que le daba a que mi cerebro empezara a tener ideas descabelladas. Até cabos. Cormac atacado de los nervios, incapaz de formar una frase con sentido, murmurando algo de que Natalie no estaba... y abrazado a una bolsa de deporte.

En aquel momento tuve una corazonada: Cormac había matado a Natalie.

–¿Qué llevas en esa bolsa, Cormac? –dije mientras me incorporaba poco a poco–.

–¿Qué? –levantó la mirada y me observó extrañado–.

–La bolsa de deporte. –Agarré el bate de nuevo y la señalé con él–. ¿Qué hay dentro?

Aunque la verdad era que no quería saberlo. Había visto varias veces aquella película, Seven, y siempre agradecí que no enfocaran lo que había en la caja de la secuencia final. Sin embargo, en aquel momento, con Cormac tirado en mi salón, mi mente rellenaba los huecos en blanco.

–¿Natalie está muerta? –pregunté–.

–Natalie... –se aferró aún más a la bolsa–. ¿Cómo que muerta?

–¿Está viva, Cormac?

Martha apareció desde la cocina. Su rostro reflejaba preo­cupación.

–¿De qué estás hablando, Walter? –dijo–.

–Habla, Cormac –ordené–. ¿Qué le ha pasado a Natalie?

–Yo... –sus manos temblaban alrededor de la bolsa de deporte–. Yo...

–Voy a llamar a la policía –dijo Martha–.

Aquello hizo reaccionar a Cormac por fin. Se levantó y fue hacia mi esposa.

–¡No! Si la policía se entera, será el fin.

Me interpuse entre Cormac y Martha con el bate de barrera. Cormac se detuvo.

–Por última vez, ¿qué llevas en esa bolsa?

Cormac dio un paso atrás y tropezó con la mesita de centro sin llegar a caer.

–Escúchame, Walter.

Pero no tenía paciencia para escucharle de nuevo. Necesitaba saber. Agarré la bolsa y tiré hacia mí.

Cormac la sujetó del otro extremo y ambos forcejeamos por ella.

–¿Qué haces Walter? –gritó–. ¡Suelta la bolsa!

No contesté. En mi cabeza golpeaba la idea de que mi mejor amigo había asesinado a su esposa y ahora estaba en mi casa. Yo pasaba por un momento personal muy bueno, con un gran prestigio como ingeniero y una patente en curso que me podía hacer millonario. No podía permitir que Cormac me arrebatara todo eso al convertirme en su cómplice. Por eso necesitaba saber qué diablos había en esa maldita bolsa, aunque me aterrase su contenido.

Cormac pegó un fuerte tirón hacia sí, pero yo me eché el asa sobre el hombro y tiré en el sentido contrario. Cormac reaccionó y la zarandeó con ambas manos. Tuvo que ser en uno de esos momentos cuando la bolsa se abrió y su contenido se desparramó por todo el salón.

2

Hacía años que no sabía nada de Cormac. Él y yo fuimos muy amigos de niños. Crecimos, estudiamos e hicimos el gamberro por las calles de Crosby, una pequeña ciudad al norte de Minneapolis. Después cada uno tomó una dirección y yo abandoné Crosby y acabé en la Universidad de Minnesota, donde estudié Ingeniería. Allí conocí a Martha, que era camarera en la cafetería, y al cabo de unos años nos casamos. Empecé a trabajar para TFH Enterprises y apenas volví a pisar Crosby salvo para el entierro de mis padres. Supongo que la vida es así. Los amigos van y vienen, y solo los mejores permanecen. Y, a fin de cuentas, cuando eres crío, tus amigos no son tus amigos, sino los chavales del barrio que viven cerca de ti. No los eliges: simplemente están ahí. Quizá por eso apenas había echado de menos a Cormac y a los otros durante aquel tiempo.

Todo cambió hacía cuatro meses, cuando Martha y yo asistimos a un partido de tenis en el Baseline Center, aquí en Minneapolis. Era un partido benéfico para recaudar fondos para Médicos sin Fronteras que enfrentaba al número 107 del mundo contra el 159. No es que fuera el gran acontecimiento del año, pero me pareció un partido interesante de ver. Además, llevábamos mucho tiempo sin hacer nada juntos, y aunque a Martha no le entusiasmaba el tenis, esta vez no pudo negarse. Pillamos entradas de palco con tal de tener la mejor visibilidad posible. El encuentro empezó puntual. El árbitro leyó un manifiesto contra el hambre en el planeta y todos aplaudieron. Un chico pasó vendiendo bebidas y nos pillamos una Pepsi para refrescarnos ante el sol que hacía. No recuerdo si fue al pagar o justo después, pero en ese momento alguien me llamó por mi nombre a mis espaldas.

–¿Walter? –preguntó la voz–. ¿Eres Walter Millar, de Crosby?

Al girarme me encontré con un tipo que rondaba los cuarenta, de sonrisa afable y una barba larga de esas que estaban tan de moda. Llevaba el pelo largo, no en plan melena, pero sí hasta el punto de que las greñas le cubrían la frente.

–Disculpe, ¿nos conocemos? –dije–.

El tipo se echó a reír. Iba acompañado de una mujer unos diez años más joven, rubia y algo seria. No se la veía demasiado relajada, quizá porque no le gustaba el tenis.

–¿No me reconoces? –continuó el hombre–. Soy yo, Cormac Rogers. Confieso que pasé por quirófano para arreglarme esas horribles orejas de soplillo, pero no he cambiado tanto. En efecto, lo que más destacaba de Cormac de niño eran sus enormes orejas separadas de la cabeza. Algunos chicos del colegio Franklin lo apodaron Dumbo en un ataque de originalidad. Ese mote le persiguió durante años.

–Dios, Cormac. Apenas te reconozco.

–Y yo a ti, ¿qué te crees? Cuando he visto que te levantabas a por esa cerveza, he pensado: “Cómo se parece a Walter.”

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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