Las cartas perdidas de Miguel Hernández

22 / 12 / 2015 Mario Amorós
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Mario Amorós, autor de la biografía Neruda. El príncipe de los poetas (ediciones B), ha hallado once cartas inéditas de Miguel Hernández en el Archivo Nacional de Chile. El poeta las envió al diplomático chileno Germán Vergara Donoso desde las cárceles franquistas, entre junio de 1939 y enero de 1942. Próximamente, donará esta documentación a la familia del autor de Viento del pueblo, que ha autorizado su publicación en primicia en la revista TIEMPO

“Sr. Embajador: Nuestro común amigo Carlos Morla me ofreció su ayuda para marchar a su país a fines de febrero de este mismo año. Imposibilitado para aceptarla desde entonces, me atrevo a requerirla de Vd., ya que me encuentro bien necesitado de ella...”. Así comienza la primera de las once cartas manuscritas de Miguel Hernández que se conservan en el Índice Germán Vergara Donoso del Archivo Nacional de Chile. Jamás habían sido reproducidas, ni siquiera citadas hasta que esta ha sido incluida en Neruda. El príncipe de los poetas.

Miguel Hernández escribió al encargado de negocios de la Embajada de Chile desde la prisión provincial de la madrileña calle Torrijos (la actual Conde de Peñalver). Aquella carta, sometida como todas las de los presos políticos a censura por los responsables de la cárcel, no está fechada, pero explicó que le adjuntaba otra dirigida a Pablo Neruda (incluida en Miguel Hernández. Epistolario), datada, esta sí, el 26 de junio de 1939. En aquellos días Neruda preparaba en París la expedición del Winnipeg, que zarparía rumbo a Chile el 4 de agosto de aquel año con más de dos mil refugiados republicanos a bordo. En aquellas líneas le pidió que hiciera lo posible para ayudarle a viajar a su país. “Pon en movimiento todo tu interés y tu cariño por mí que me hacen falta enormemente y rápidamente. Conmigo habrán de salir mi mujer y dos amigos nuestros. (...) Me acuerdo como nunca de vosotros. Te necesito como nunca”.

Desde mediados de junio, Neruda sabía que estaba encarcelado y en una carta del 19 de julio dirigida a Santiago Ontañón (uno de los 17 republicanos que se refugiaban en la Embajada de Chile en Madrid) anotó una petición para Vergara Donoso relacionada con el bibliotecario Antonio Rodríguez Moñino, el obrero ferroviario Ángel González Moros y el poeta oriolano: “Estos amigos son más que hermanos para mí: su muerte sería matarme. Le suplico haga cuanto pueda por ellos”. En su biografía (Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, Temas de Hoy, 2010), José Luis Ferris explicó que fue en la prisión de Torrijos donde a principios de septiembre de aquel año escribió para su hijo Manolillo las Nanas de la cebolla, tras conocer por su esposa la precaria alimentación que le proporcionaba. Estos conmovedores versos formarían parte de su Cancionero y romancero de ausencias, que había empezado en octubre de 1938, tras la muerte de su primer vástago, y culminaría a fines de 1940.

Nueva detención. El 15 de septiembre fue dejado en libertad y se dirigió a la Embajada de Chile. El 16 de julio de 1958, en la revista chilena Ercilla, Vergara Donoso explicó que el poeta no le pidió asilo. “A toda costa, según mis recuerdos, deseaba ir a su pueblo en Alicante a ver a su hijo...”. El 27 de septiembre, desde una localidad alicantina, el poeta le envió su segunda misiva. “Mi querido amigo: En Cox, Santa Teresa 15, espero noticias suyas y de nuestro amigo Pablo. Le agradeceré como siempre me diga cuanto antes de las posibilidades de reunirnos Neruda y yo (...) para charlar de nuestro motivo principal: la poesía, y del modo de dar una rápida solución a mi situación económica...”.

Solo dos días después fue detenido en Orihuela, a donde había ido a visitar a sus padres. Aún lo desconocía Vergara Donoso cuando le respondió el 5 de octubre para indicarle que pronto podría comunicar a Neruda “su situación y sus deseos”. “Ya preso por segunda vez, recibí avisos, entre otros, de Pablo Neruda, sobre la situación de Miguel Hernández, junto con el encargo de ocuparme de él”, prosiguió en 1958 en Ercilla. Después de dos meses de reclusión durísimos en el seminario de Orihuela, el 3 de diciembre fue trasladado a la prisión de la plaza del Conde de Toreno, en Madrid, donde coincidió con el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, quien realizaría su bellísimo retrato a carboncillo. Desde allí, el 5 de enero de 1940, un día después del primer cumpleaños de Manolillo, escribió a Vergara Donoso: “Querido tío Germán: El parentesco y la necesidad me fuerzan a pedirle una nueva ayuda. La necesito. No sé si le parecerá insolencia mi franqueza: creo que su comprensión profunda de mi situación hará que no le parezca tanto”. Volvió a preguntarle por Neruda y por otro poeta chileno amigo, Juvencio Valle, a quien había dedicado un ejemplar de Viento del pueblo en septiembre de 1938. “Estoy impaciente por saber de todos y aquí la impaciencia raya en exasperación. Yo también tengo ganas de conversar con usted largamente y de completar nuestro breve conocimiento. Que sea pronto. Haga usted todo lo posible porque así sea. Se prolonga excesivamente esta situación mía. Necesito como siempre su colaboración cerca del juzgado”. Pero trece días después, el tribunal presidido por Pablo Alfaro Alfaro le condenó a muerte por el delito de “adhesión a la rebelión militar”, es decir, por haber participado en la defensa del Gobierno legítimo de la II República: el 23 de septiembre de 1936 se alistó como voluntario y en la documentación encontrada por el profesor Emilio La Parra en el Archivo General de la Guerra Civil Española consta su militancia en el Partido Comunista.

El 28 de febrero, redactó otra carta para él en la que le agradeció la ayuda económica que periódicamente enviaba a su esposa. “Querido tío Germán: (...) siento no poder darle una franca demostración de mi reconocimiento por sus constantes atenciones. Hoy lo hago como puedo. Sepa no olvidaré nunca su amistad familiar. En mi situación, la siento como una doble prueba de afecto, que necesito para no verme solo y comprobar que no todo es mezquindad en esta vida. Sigo en la misma situación que conoce. Sé que Cossío trabaja. De todos modos, estoy completamente tranquilo y con bastante buen ánimo para esperar cuanto pueda venir. Me entero de que Pablo se ha reintegrado a su tierra. ¿Es cierto? Si tiene ocasión, le agradeceré envíe abrazos míos para él y para Juvencio. Todavía es posible que nos reunamos. ¿Lo cree usted?”.

Pero Neruda, quien había regresado a Chile a fines de 1939, desconocía su situación: “¿Dónde estará Miguel Hernández?”, se preguntó en un artículo que publicó el 20 de abril de 1940. “Ahora curas y guardiaciviles ‘arreglan’ la cultura en España. (…) Mientras tanto, Miguel Hernández, el grande y joven poeta campesino, estará si no fusilado y enterrado, en la cárcel o vagando por los montes...”.

El 27 de abril, Miguel Hernández volvió a interpelar al diplomático chileno: “Querido tío Germán: Usted comprende perfectamente los motivos de mi silencio epistolar, y esta comprensión me descansa. Mi mujer me da noticias de su generosa atención, que tanto me alegra por las muchas razones que tengo para ello. Verdaderamente, tanto mi familia como yo tendremos presente siempre su bondad. No quisiera que esta situación se prolongara mucho tiempo, además de por la natural ansia de libre desenvolvimiento, por lo que significa de esfuerzos y molestias para usted todo esto. Supongo le habrán enterado de la marcha de las gestiones sobre mi caso. Confío en una feliz solución. Y si esta no llegara, confío en mí, que es lo que no puedo dejar de hacer nunca”. Le agradeció, asimismo, que le enviara alimentos. “Estudio, y aprendo, cosa no extraña en un lugar como este, donde forzosamente se aguzan la actividad intelectual y sentimental del hombre”. Gracias a las gestiones principalmente de José María de Cossío, que llegaron hasta el dictador, el 25 de junio de 1940 le conmutaron la pena capital por una condena de treinta años de prisión, ha escrito Ferris. La dictadura quería evitar un crimen como el de Federico García Lorca, que conmovió al mundo en el verano de 1936.

Desde Ocaña. El 23 de septiembre fue trasladado a la prisión de Palencia y el 28 de noviembre al Reformatorio de Adultos de Ocaña (Toledo), desde donde el 28 de diciembre se dirigió de nuevo a Germán Vergara Donoso: “Querido tío Germán: Ante todo, sepa ha sido un oportuno acuerdo el de traslado a Ocaña, donde, indudablemente, ha mejorado mi situación en muchos aspectos. Se siente uno como en familia entre los buenos amigos que le esperaban”. “Me agradaría, y siempre tendrá para mí un gran interés, que hablásemos un rato, querido tío. Si un día se le ocurre tener el propósito de visitarme, no se arrepienta y realícela, que yo le aguardo (...) Además, si realizara esa visita, pienso pedirle me exponga con detalle ese plan suyo sobre un posible viaje a las costas del Sur de su tierra. Conozco de un modo vago ese bonito plan, que tantos problemas solucionaría”.

Ferris ha relatado que en aquel tiempo Cossío, acompañado por Dionisio Ridruejo y otros escritores falangistas, le hizo una de sus últimas visitas para ofrecerle incluso la libertad si expresaba públicamente su renuncia a sus convicciones políticas y proclamaba su adhesión al franquismo. Mientras tanto, su madre intercedía ante Luis Almarcha, vicario general de la catedral de Orihuela y procurador en Cortes por designación directa del dictador, quien hasta el fin intentó obtener una confesión en ese mismo sentido. Pero el poeta que había alentado con sus versos a los milicianos en la defensa de la República no claudicó... y así se lo expresó el 1 de febrero de 1941: “Querido amigo: Resulta que cada día se recrudece y agrava el hambre aquí, que cada día se nos reduce la insubstanciosa y pequeña ración a que venimos sometidos. El estado de desintegración física es signo general, y no pasa día sin que dejemos de ver salir en libertad, pero en una libertad completamente funeraria, a veces a más de cuatro hombres. Sin su ayuda, posiblemente ya no podría contarle esto. Pero esta preciosa ayuda que, por tantos motivos, le reconozco eficacísima, es insuficiente. Las doscientas pesetas que nos suministra a mi familia y a mí, querido amigo, si en otro tiempo han suavizado nuestras miserias, hoy ya apenas alcanzan a calmar las numerosas necesidades nuestras. Como no contamos con otros recursos que los que Vd. nos proporciona, todas se resumen en una: la de subsistir. A fuerza de ánimo y voluntad, tanto mi esposa con mi hijo como yo conservamos esto que todavía llamo salud. Sabe usted que, a un precio de vergüenzas, se me hubiera facilitado la libertad y no sería carne de cárcel. Felizmente, aún no he llegado a sentir mi profesión como un comercio. Y rechazo contraer compromisos morales y materiales con quienes acechan la más mínima debilidad y vacilación mías para ganarse mi colaboración. Emprendida una ruta como cauce a nuestra existencia, o llegar hasta el final o no haberla emprendido. ¿No es cierto, querido amigo? Si puede ampliar su ayuda, hágalo, porque me es muy necesaria”. ´

Las últimas líneas. Justo dos meses después, también desde Ocaña, le pidió que moviera sus contactos para lograr su traslado al Reformatorio de Adultos de Alicante. “Es una necesidad vital”, le expresó en aquella carta del 1 de abril de 1941. Finalmente, esta petición se concretó, como le relató el 25 de junio desde Alcázar de San Juan: “Querido amigo: como consecuencia de la feliz gestión llevada a cabo por Vd. me encuentro en la estación de la ciudad arriba designada de paso hacia Alicante. No puedo dejar escapar esta ocasión que se me ofrece para ponerle una vez más de manifiesto mi amistad reconocida y obligada a las múltiples atenciones de que soy objeto por su parte, tal vez inmerecidamente. Ha sido una verdadera sorpresa agradable saber esta misma mañana que, decididamente se me trasladaba al Reformatorio alicantino, después de leer una carta de Vicente Aleixandre en la que me comunicaba las dificultades con que se encontraba y luchaba usted para satisfacer su interés y mi deseo”.

A mediados de julio, por fin pudo volver a ver a su esposa y a su hijo. El 12 de septiembre, envió una tarjeta postal desde el Reformatorio de Adultos de Alicante a Vergara Donoso: “Querido padre político: Josefina se encuentra en la más extrema miseria y ha de acudir al Auxilio Social con mi hijo. De prolongarse esta situación nuestra, me parece que no será cosa fácil poder verle algún día. Yo todavía me encuentro casi bien, pero Josefina se halla muy agotada. Sé que es mucho insistir a usted, pero no sé a quién más dirigirme como no sea a Aleixandre, que hace cuanto puede”. A fines de noviembre, su estado de salud se agravó, ya que experimentó un rebrote de la neumonía padecida en Palencia y de la bronquitis sufrida en Ocaña, y fue recluido en la enfermería de la prisión hasta principios de enero. El 19 de enero de 1942 le remitió la última de las once cartas. “Mi querido padre político: Convaleciente de unas fiebres tifoideas, me apresuro a escribirle para que sepa que mi afecto hacia V. no ha cesado, así como el de Josefina. En estos cincuenta días que llevo recluido en cama le he recordado más que siempre por las necesidades apremiantes que la enfermedad ha acumulado sobre mi cabeza. Hoy, la situación, querido padre, es más precaria que hasta aquí ha sido. Por tanto, le ruego no retrase el giro que tiene por costumbre enviar mensualmente. Si sabe algo de Pablo hágamelo saber. Y, como siempre, aguardo noticias directas suyas”. Y con una letra más irregular que nunca se despidió... para siempre: “No me es posible extenderme más. Le deseo la salud que a mí me falta.  Y le abrazo”.

En el Índice Germán Vergara Donoso del Archivo Nacional de Chile también se conservan varias cartas de Josefina Manresa a este diplomático, principalmente para agradecerle la ayuda económica que periódicamente recibía. Y el 31 de marzo de 1942, desde Alicante, le comunicó la noticia más trágica: “Estimado señor Germán Vergara. Les participo la muerte de Miguel. El sábado, día 28, dejó de existir. Ha muerto donde él no quería, en la cárcel, con la gana de salir al sanatorio. Al mismo tiempo le doy a usted las gracias de cuanto ha hecho V. por nosotros. Yo siempre pensaba que algún día saldría y podríamos agradecerle a V. todo...”. El 9 de abril, Vergara Donoso escribió unas líneas de consuelo para la viuda y de recuerdo para aquel joven de 31 años a quien solo vio una vez. “Pero eso fue suficiente para comprenderle y quererle, además de la admiración que sentía por su obra de poeta y escritor”. “Sus cartas al ‘querido tío’ las guardo como afectuoso recuerdo”.

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