La poesía cambia de traje

11 / 06 / 2010 0:00 LENKA NECHVÁTALOVÁ tiempo@grupozeta.es
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Crece un nuevo fenómeno llamado Poetry Slam, que llegó a España hace dos años.

La sala está completamente llena de gente. El público se sienta en el suelo. Los protagonistas toman algo en el bar de abajo, tranquilos, a pesar de que quedan unos quince minutos para subir a escena. Poetry Slam es así: sin prisa, con improvisación. Lo más importante es pasarlo bien con otros y divertirse. No se trata de un recital de poesía al estilo clásico: lo principal es hacer show y animar al público. “Tengo amigos que todavía no habían venido a verme porque les suena muy raro lo de ‘poesía”, dice Rubén Prada, uno de los que van a presentar sus versos dentro de pocos minutos en el salón de baile del Círculo de Bellas Artes.

La verdad es que en España este tipo de poesía oral lleva poco tiempo, unos dos años, y por eso no es demasiado conocido. Viene del Chicago de los años 80, como el hip hop o el rap. En los últimos años ha llegado a Europa y ya tiene tradición en Alemania, República Checa o Francia. “Aquí tenemos una escena muy joven”, dice Eloísa Suárez, organizadora de Slam Poetry en Madrid. España es un país novato en esto. La idea funciona gracias al apoyo del Goethe Institut de Alemania, que despliega su actividad en todo el mundo. “Normalmente celebramos el Slam Poetry en el café Libertad 8 cada último miércoles de mes. Aquí, en el Círculo, hay una edición especial porque es La noche de los libros. Se van a presentar también los slamers del extranjero”, apunta Eloísa Suárez. Cuando el Slam Poetry empieza, la mayor parte del público no sabe qué esperar. En la sala se apaga la luz y los poetas suben al escenario.

Reglas.

Todo comienza con la exhibición de los slamers del Reino Unido, Polonia y Alemania. Cada uno en su propio idioma. No hay traducción. El que los poetas consigan atraer al público depende de ellos y de su presentación, a pesar de la barrera del lenguaje. No se entienden las palabras pero sí las emociones, el ritmo, los movimientos del cuerpo. Dominique Ronshausen, poeta de Alemania, no tarda mucho en arrancar un aplauso.

“Los espectadores son parte muy importante de la sesión”, dice Eloísa Suárez. El público hace de juez. Es el que decide quién será el ganador. Si al público no le gusta el poeta que hay en el escenario, puede abuchearlo hasta que se vaya. “Para decidir el ganador dejamos al público que muestre su satisfacción con los aplausos. El poeta que obtiene más palmas gana la sesión”, afirma Suárez. Otra opción es repartir entre el público cinco pizarras y dejar que cinco jueces anoten su parecer con números del uno al diez. En la sala del baile el público pronto asume su papel y se crea un ambiente espontáneo a base de aplausos, silbidos, voces, bravos y olés.

Termina la exhibición de los foráneos y suben a competir los slamers españoles. Aunque en esta nueva forma de literatura predominan los hombres, no faltan dos chicas. Cada cual tiene tres minutos para presentarse. Tres minutos para subir la energía al máximo. Sin instrumentos, sólo con su voz. “Antes de subir al escenario me pongo muy nervioso –dice Rubén Prada–, aunque cuando te subes ahí el tiempo y la velocidad parecen increíbles, no te enteras de que estás arriba y los nervios se pasan rápido”.

En el escenario se suceden siete slamers de la pequeña escena madrileña. Los versos se refieren a todo. Expresan cualquier emoción, se mezclan palabras sobre amor, se toca la política o cualquier otro asunto inclasificable. Algunos recitan de memoria, otros llevan papelitos pequeños. “Yo leo los textos. Tengo apuntada la entonación, dónde hacer pausas. Siempre intento presentar cosas nuevas”, dice Prada. ¿Tiene algún ritual o costumbre antes de salir? “Elijo bastante la ropa -admite-, como cuando voy a una discoteca a ligar. Aquí vengo a ligar con el público”.

Llegamos al final. Los siete slamers suben al escenario. “Aquí el espíritu no es muy competitivo. No hay premios grandes, puede que sea una bolsita con un libro o un CD, algo relacionado con la poesía slam”, dice Suárez.

Puede que no haya premios valiosos pero da igual, los nervios son los mismos. Los jueces del público muestran los números de sus pizarras y dos slamers empatan a puntos. Ambos vuelven subir a escena para presentar un poema más y tratar de ganarse a los espectadores. Al final es Rubén Prada quien queda el primero. La gente parece satisfecha, o eso se deduce por los aplausos. El resto de los poetas le felicitan y, nada más bajar del escenario, ya están planificando en qué bar van a acabar esta noche. Todo con alegría, sin rastro de rivalidad.

Para la mayoría de los asistentes, ésta ha sido su primera experiencia con el Poetry Slam. Un nuevo fenómeno de la cultura que empieza a llamar la atención y que interesa a cada vez más gente. Desde estudiantes hasta jubilados. No hay fronteras. Los organizadores avisan una vez más de que todos tienen la posibilidad de asistir a los concursos en el café Libertad 8, un sitio con tradición poética. “Allí hay un ambiente tan cálido, tan bonito, que yo recomiendo a todo el mundo que vaya. Hay que verlo,” apunta al final el ganador de esta noche.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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