La palabra sobrevive

21 / 06 / 2011 Sergi Bellver
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Semprún salió vivo del campo de concentración. Pero no fue el único: Primo Levi, Wiesel, Kertesz, Elina, Solzhenitsyn... Todos salvaron la vida y se dedicaron a contarlo.

Y después de Auschwitz fue posible la poesía, la literatura, como expresión de las luces y de las sombras de la condición humana. Desde la segunda mitad del siglo XX numerosos escritores se han encargado de “quitarle la razón” al filósofo Adorno. Para el lector occidental resulta inevitable, al mencionar los campos de concentración, pensar en las factorías de muerte del aparato nazi, donde el odio deshumanizó al individuo y le convirtió en simple combustible para la caldera del exterminio. Pero además de la Solución final –la capacidad para el eufemismo ha sido siempre proverbial en los sistemas totalitarios–, a lo largo de la Historia se han repetido fórmulas malignas de semejante magnitud. Gracias a grandes obras del cine como La lista de Schindler, de Spielberg; del documental Shoah, de Lanzmann o, por supuesto, de la literatura, como Si esto es un hombre, de Primo Levi, el holocausto judío se ha fijado de manera más honda en el imaginario colectivo. Pero lo cierto es que víctimas y verdugos de mil lugares componen este inventario infame de nuestra especie: solo en los campos nazis perecieron también gitanos, homosexuales, disidentes políticos y un sinnúmero de prisioneros, clasificados y jerarquizados por un sistema criminal que necesitaba la absoluta cosificación del ser humano. Al otro extremo de esa ideología, la antagonista que el pasado siglo devastó también Europa y el mundo: décadas permaneció el sistema soviético de gulag. Varias generaciones mutiladas y aplastadas por la hoz y el martillo con la misma inclemencia que demostró la esvástica en su, por fortuna, breve recorrido.

Desde la cómoda distancia del tiempo, sin embargo, todavía nos sentimos en ocasiones capaces de relativizar el sufrimiento ajeno y la autoridad moral de los supervivientes. Sin ir demasiado lejos, tras el reciente fallecimiento de Jorge Semprún, algunas voces pretendían polemizar sobre la experiencia del escritor español en Buchenwald (campo nazi reutilizado más tarde por los soviéticos, etapa en la que murieron más de 7.000 prisioneros de guerra y disidentes). Exponía Primo Levi en la ya mencionada Si esto es un hombre -tal vez el texto literario más sobrecogedor de cuantos se han escrito sobre los campos de exterminio- que, en la lucha por la supervivencia, no habían prevalecido los más nobles, sino los mejor adaptados a la degradación, los más fuertes en aquella selección darwiniana. No obstante, existen a su vez testimonios de supervivientes que relatan actos de solidaridad entre los presos, como El humo de Birkenau, de la autora Liana Millu. Es decir, una vez más, esas luces y sombras de lo humano aparecen incluso bajo tales circunstancias.

Cuando llega a Buchenwald –junto a Weimar, símbolo del renacer de la cultura alemana, como recordatorio de que la barbarie puede germinar en la misma tierra que la civilización– y la resistencia del campo le recluta, el entonces comunista Semprún es apenas un veinteañero, más joven que Stéphane Hessel: el autor de ¡Indignaos! criticó la endogamia interesada de los comunistas en Buchenwald, pero en ningún momento citó a Semprún como capo o colaborador. El español es algo mayor que los húngaros Imre Kertész
 -trasladado desde Auschwitz- o Eliezer Wiesel, quien relataría la experiencia en su Trilogía de la noche, por mencionar algunos de los muchos escritores que pasaron por dicho campo. Entre estos también se encontraban disidentes alemanes como Ernst Wiechert, autor muy respetado en los años 30 y que en 1945 iba a publicar El bosque de los muertos, dantesco retrato de Buchenwald. ¿Resistiría nuestra biografía la misma dureza que en el juicio del tiempo empleamos con otros, de habernos tocado vivir aquel horror? ¿Regresaríamos todos intachables del infierno? Como otros escritores, Semprún eligió el tamiz del tiempo: escribe El gran viaje en 1960  para reflexionar sobre el trauma y sus consecuencias. Décadas después, con su ensayo Una tumba en las nubes -título no en vano extraído de un poema de Paul Celan, también víctima del nazismo en otro campo-, Semprún pretendía, además, que su experiencia sirviera de reflexión para la juventud europea. Primo Levi, sin embargo, escribió su obra magna en 1946, con la herida caliente y tan abierta que, cuarenta años después, se convirtió en una grieta insoportable que le llevó al suicidio.

La palabra sobrevive.

Los campos de concentración son, para cualquier sistema totalitario, un mecanismo que garantiza su uniformidad racial, territorial o política. Pero a los verdugos no les basta con la muerte, han de aniquilar también la identidad y la memoria. Por eso la literatura ofrece una segunda vida para la voz de las víctimas, un segundo país, universal, para su ciudadanía arrebatada. ¿Cuántos escritores perecieron en los campos nazis y soviéticos, en el genocidio armenio, bajo la dictadura china o en los patios traseros de tantas guerras civiles -el conflicto más reciente, el de la antigua Yugoslavia, no debiera sonarnos tan lejano-, sin que tengamos hoy noticia de sus palabras? ¿Qué puede acercarnos más a todos ellos, y a las demás víctimas, sino la escritura de otros, la literaria y no documental, capaz de revelar el detalle, de evocar la emoción y de narrar el espacio para reconstruir y enfrentar el terror? Para los supervivientes también resultó siempre crucial poder relatar su experiencia y convertirse en testimonio, en conciencia de la comunidad. Conciencia de lo bueno y lo malo: si Primo Levi hundió su mirada en la sordidez de nuestra naturaleza, Kertész consigue aún hoy que su novela Sin destino sacuda las convicciones morales del lector, al presentar un resquicio para los fugaces instantes de felicidad en la vida cotidiana del campo. Escrita en 1975, la obra de Kertész fue ignorada por una Hungría socialista que no deseaba recordar su pasado fascista. “Si la poesía se calla, el mundo de los vencidos y muertos enmudece”, escribió Paul Celan -quien, como Levi, no pudo soportar la grieta y se quitó la vida en 1970, después de mostrarse como uno de los mejores poetas en lengua alemana del siglo XX-, y es que la literatura es la más dura enemiga del silencio y del olvido, la superviviente más capacitada para que los verdugos no se salgan con la suya, no ya al llenar las tumbas, sino sobre todo al pretender borrarlas del mapa. “No me arrepiento de haber escrito estas notas al volver del campo de concentración, pues, a la larga, los recuerdos se deforman, se edulcoran o se dramatizan, y se alejan siempre de la verdad”, escribe Odette Elina en Sin flores ni coronas, su texto sobre Auschwitz.

Elina es otra de las escritoras que mejor desmienten a Adorno, pues su libro contiene, aun desde la oscuridad de la experiencia, algunos de los pasajes más líricos y honestos sobre aquel infierno, en los que víctimas y verdugos aparecen como lo que fueron, seres humanos al límite de su condición. Otros dos autores ineludibles sobrevivieron, en este caso, a la dureza de los campos soviéticos: Aleksandr Solzhenitsyn y Varlam Shalámov, quienes dejaron dos obras inmensas, no solo desde el punto de vista testimonial, sino literario: el monumental documento que sobre aquella atrocidad sufrida por millones de rusos supone El Archipiélago Gulag y los Relatos de Kolimá, una de las mejores colecciones de narrativa breve de todo el siglo XX. Para salvar la censura, Solzhenitsyn publicó su obra por primera vez en París (1973) y Shalámov hizo lo propio con la edición completa
 –la editorial Minúscula acaba de publicar el cuarto volumen en español– en Londres (1978).

Otros campos, otras formas.

En este catálogo de la ignominia, detallar los campos de concentración y los escritores que pasaron por ellos sería interminable. Sobre todo porque ese marco abarca mucho más de lo que imaginamos en primera instancia. De nuevo, el eufemismo, al más puro estilo del Arbeit macht frei -“el trabajo os hará libres”- de los nazis: los laogai chinos o campos de “reducación por el trabajo”, en los que han cumplido condena más de cincuenta millones de personas; las “Unidades Militares de Ayuda a la Producción” cubanas, donde en los años 60 hacían lo propio desde disidentes hasta homosexuales; los infames campos de detención del “Proceso de Reorganización Nacional” argentino, responsable de miles de desaparecidos, como el escritor Rodolfo Walsh; la siniestra Isla Dawson en el extremo Sur de Chile, primero escenario del genocidio de la población autóctona y luego, tras el golpe de Estado de Pinochet en 1973, campo de concentración de prisioneros políticos, diseñado nada menos que por un criminal de guerra nazi, Walter Rauff (el político chileno Sergio Bitar narró su experiencia allí como preso en el libro Dawson Isla 10). De forma casi simultánea, el horror se repetía en otros rincones del planeta: Denise Affonço sufrió en Camboya, a partir de 1975, la durísima experiencia de la deportación a un campo de trabajo, relatada en su libro El infierno de los jemeres rojos, testimonio de la locura asesina de Pol Pot, que se cobró la vida de casi dos millones de compatriotas. Como diría el escritor Antonio Muñoz Molina en un artículo, para la autora, “su mayor sorpresa no fue sobrevivir”, sino “comprobar que casi nadie quería escucharla”. Países como Estados Unidos tampoco se libran de la vergüenza: sin reparar ahora en el genocidio del pueblo americano original, cabe mencionar los campos de concentración para japoneses en suelo norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, pero, sobre todo, el centro de Guantánamo y todo el sistema de campos secretos de detención que la CIA aún mantiene en otros países. No en vano aleccionaron bien en su día a las dictaduras latinoamericanas.

Anna Frank es un caso singular, ya que su Diario relata un encierro “doméstico”, anterior al que le llevaría a la muerte en el campo de Bergen-Belsen. Y es que la reclusión y represión del individuo por parte de un sistema no acontece solo en los campos, y el testimonio de ese exterminio de la libertad personal no solo lo llevan a cabo escritores supervivientes que cruzan la alambrada de vuelta a casa. Es decir, la opresión es un espacio mental y la literatura también es una forma de gritar contra esa mordaza: Reinaldo Arenas en Cuba, Fatena Al-Gurrah en Palestina o Mijaíl Bulgákov en la Unión Soviética vivieron en un campo de concentración tan grande como su propio país. La gran poeta rusa Anna Ajmátova no sufrió el gulag en sus propias carnes, pero sí en la sangre, pues perdió a varios miembros de su familia. Joseph Roth o Stefan Zweig llevaron consigo una cárcel errante en el exilio y hasta el final de su vida. Antonio Machado o Walter Benjamin se desvanecieron tras cruzar la frontera –la misma alambrada, huyendo de la misma amenaza y por el mismo punto–. Pero contra el horror, además de con la palabra literaria también con la acción se puede seguir luchando y ayudar a otros a sobrevivir. En 1939, por el campo de concentración francés de Argelès-sur-Mer pasó, como otros 100.000 refugiados españoles, uno muy singular: Vicente Ferrer.

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