La loba de Al-Ándalus

23 / 08 / 2012 9:54 Tiempo
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Sebastián Roa (1968), aragonés de nacimiento y valenciano de adopción, es autor de las novelas Casus Belli (2007) y El caballero del alba (2008). Su tercera obra, Venganza de sangre (2009; Ediciones B, 2012), ganó el premio Hislibris al mejor autor español de novela histórica en 2010. En 2011 venció en el certamen de relato histórico Álvaro de Luna con Cantar de Altabella.

Primera parte
Capítulo 1

La sangre de su sangre
Verano de 1151. Tierras de Segura, señorío de Hamusk.
Zobeyda siempre había sentido fascinación por los augurios, y ahora iba a conocer uno, quizás el más importante de su vida.
Alargó el puño derecho e, incapaz de detener su temblor, extendió el dedo índice hacia delante. Frente a ella, la vieja, armada con una aguja, sonrió antes de punzar con tino la yema de la joven. Zobeyda dejó escapar un gritito inconsciente, pero el goterón de sangre le produjo un imprevisto placer. Aquella lágrima roja se alargó hasta caer en el centro de la olla humeante y despertó las burbujas que dormitaban en su interior. Una segunda gota siguió a la primera, y luego llegó una tercera. La vieja hizo desaparecer la aguja entre sus ropajes negros y bastos, acercó la cara al pote y dejó que la humareda acariciase su ajada piel. Se pasó la lengua por los labios agrietados y entornó los ojos. Luego, sin separar la vista del fondo del perol, asintió con lentitud.
–La sangre de tu sangre... Sí, la sangre de tu sangre.
–¿Qué significa...?
–Shhh –se quejó la vieja sin apartar la mirada del puchero–. La sangre de tu sangre. Eso es lo que unirá este lado con el otro.
–No sé qué quiere decir eso.
–Yo tampoco. Solo leo lo que el destino me deja ver.
Maricasca, la bruja, levantó por fin la vista del perol. Su mirada despertó una náusea en Zobeyda.
–Te pago con largueza, vieja. Esperaba algo más.
–¡Pues no hay más, morita!
La joven apretó los labios.
–Muestra respeto, bruja. Estás ante una reina.
–Aaay, tú, una reina... No hay reinas moras. No desde el tiempo de tu profeta. Hasta una vieja ignorante como yo sabe eso. Además, ya te lo he dicho: es la sangre de tu sangre la que unirá este lado con el otro. Tal vez vea coronas también. Tronos y palacios. Pero ¿a ti? A ti no te he visto aquí dentro.
Maricasca dijo aquello con voz firme, pero los ojos entornados y la nariz arrugada añadían un punto de burla a sus palabras. Zobeyda se asomó al interior del perol e intentó interpretar aquellos pétalos blancos que flotaban destrozados en el agua. La yema del huevo de cárabo que Maricasca había vertido se deshacía lentamente en jirones ambarinos y dibujaba grumos, revueltas y tirabuzones que bajaban hasta el fondo del pote y volvían a subir con reventar de burbujas. La joven buscó con la mirada en aquel caos humeante.
–¿Dónde está la sangre?
Maricasca apuntó con su dedo sarmentoso.
–Pues ahí, agarrada a la yema del huevo.
–No veo nada. No hay coronas, ni tronos. No veo lados que deban unirse.
La bruja frunció el ceño y añadió a su piel una miríada más de arrugas. Se inclinó de nuevo sobre el perol.
–Creo que ya lo tengo. Sí, sí... Ya lo entiendo. Yo veo cosas porque soy la bruja. Y tú no. Tú solo eres una morita con ínfulas. ¿Me vas a pagar o no?
Zobeyda suspiró. Aquella vieja bruja era insoportable. Si no fuera por la fama que tenía... Devolvió la vista al potingue espumoso. Intentó de nuevo hallar algún significado en aquel batiburrillo de trozos de pétalo de lirio, cáscaras de huevo y hojas de enebro, cantueso y alhucema. Y sobre todo trató de interpretar aquello de la sangre de su sangre. Unir este lado y el otro. ¿Qué significaba toda esa palabrería? Retiró la cara del vaho al notar un leve vértigo.
El humo subía en lentas volutas, se estrellaba mansamente contra el techo rocoso de la gruta y resbalaba por entre las rendijas como si tuviera vida propia. Las dos mujeres, una vieja y arqueada y la otra joven y esbelta, se hallaban en lo más profundo de la cueva, iluminadas por las llamas vacilantes de dos hachones a medio quemar. La luna nueva había dejado la vega del río a oscuras, pero los campesinos de la aldea cercana, que jamás visitaban a la bruja Maricasca en su arreñal, habían hecho una enorme hoguera al otro lado del cauce para celebrar la llegada del verano. El resplandor del fuego llegaba atenuado a la gruta, abierta a media ladera y renegrida por años y años de puchero, lumbre y candela.
–¿Cómo puedo saber el significado de tu vaticinio? –preguntó Zobeyda–. ¿Por qué no puedes decirme más?
–Ayyy, que Judas me confunda... Ya te lo he dicho. Yo veo las hierbas y te las leo –respondió la vieja sin levantar su vista nublada del cazo humeante–. Las hierbas escriben el porvenir, y aquí solo pone eso: la sangre de tu sangre unirá este lado y el otro.
Zobeyda se levantó con un movimiento rápido y anduvo hacia la salida de la cueva. Estaba mareada, sin duda por aquella maldita pócima y por el humo de los hachones que iluminaban la gruta. Miró afuera, hacia la cercana aldea.
En el lado opuesto del arreñal, donde el río, brillaba con fuerza la hoguera encendida por los campesinos. Hasta Zobeyda llegaron apagados los cánticos y las risas. Pero ella no escuchaba las obscenas letras de las canciones. Solo pensaba en el extraño augurio de Maricasca. Repasó una vez más las instrucciones que la bruja le había dado unas semanas atrás: las hierbas necesarias, dónde cortarlas, qué noche y con qué mano debían recogerse; el día entero en ayunas que Zobeyda tenía que pasar; el mucho cuidado en que el huevo fuera de cárabo, o de carabo, así, sin esdrujulear, como Maricasca decía; ah, y las cruces: que por muy morita que fuera, Zobeyda debía hacerse tres cruces antes de entrar en la cueva. Y las tres cruces se las había hecho, por supuesto. Pensó que tal vez eso de ser mahometana había podido torcer el sortilegio, por mucho que dijera saber la bruja. Sangre de su sangre. Aquello podía interpretarlo. Pero lo de unir un lado y el otro... ¿Eso era un augurio? ¿Y qué auguraba?
–Soy musulmana, vieja –le dijo a Maricasca sin volverse–. ¿No será por eso todo tan confuso? He venido aquí para conocer el destino, no para llevarme preguntas sin respuesta.
Se oyó una risita apagada y cavernosa, y Zobeyda sintió un escalofrío.
–Todas las preguntas tienen respuesta. Cosa tuya será encontrarla. O no. Y la sangre no sabe de moros ni de cristianos –contestó Maricasca con voz pastosa–. Además, que tú ya eras infiel de niña, y mira si erré entonces. ¿A que no? ¿A que no erré?
–No –reconoció Zobeyda.
–Y que oye, que si por eso fuera, tú eres morita lo mismo que yo cristiana: de aquí –se tocó los labios con un dedo–. Y el huevo este no era de carabo, era de dragón. O parecido.
La joven sonrió por el comentario de la bruja. De más la conocía.
–Pero es que no lo entiendo. Algo hemos hecho mal...
–Ya, ya. Lo mismo me dijiste de niña. Y mírate ahora.
Zobeyda se volvió en ese momento. La hoguera de la vega dejó de reflejarse en sus ojos grandes y negros, y su mirada se hundió en la penumbra ahumada de la caverna.
–¿Por qué ves cosas que yo no veo? –preguntó a la vieja, que se encorvaba sobre el perol espumante–. ¿Por qué lo viste entonces?
La anciana se irguió con dificultad y agarró su garrota, apoyada en una de las ennegrecidas rocas de la cueva. Caminó venciéndose a la izquierda y llegó hasta el borde de la gruta. Se detuvo junto a Zobeyda y extendió la mano arrugada y sarmentosa hacia la hoguera que los lugareños habían encendido.
–Por la misma razón por la que ellos me rehúyen –respondió–. Porque soy Maricasca, la bruja del arreñal, y sé leer en las hojas y en los troncos de los árboles, en las piedras del río y en los lamentos de los gatos.
La vieja empalmó la última palabra con un remedo de maullido y este con una carcajada que resonó bajando la ladera pedregosa, cruzó el arreñal y se metió por entre las cabañas de la aldea. Por un momento, las risas y grititos de los campesinos se acallaron y solo se oyó la brisa, que agitaba las hojas de los chopos cercanos. Un par de figuras se acercaron con premura y pisando fuerte sobre el terreno áspero.
–Mi señora, ¿va todo bien? –preguntó una voz masculina.
–Todo bien, capitán –se apresuró a contestar Zobeyda.
Las dos siluetas volvieron a ser tragadas por la oscuridad y la mujer miró a la anciana, tan encorvada sobre sí misma que su tamaño apenas alcanzaba el de una niña. La joven reflexionó unos instantes y un brillo de triunfo iluminó sus ojos negros.
–Ahora yo también comprendo. Creo. Mi hijo Hilal. Sangre de mi sangre. Cuando crezca, él conquistará ciudades. Ceñirá corona y ocupará su trono. Unirá reinos enteros. Eso quiere decir, ¿verdad?
La vieja encogió sus huesudos hombros.
–Piensa lo que quieras. El tiempo dirá si te equivocas. O a lo mejor mueres antes de que el vaticinio se cumpla, que también puede ser.
–Es suficiente, vieja bruja –sonó la voz de quien había contestado como capitán de la guardia. La vieja intentó taladrar la oscuridad, pero solo pudo ver una figura que se confundía con la noche–. Mi señora vivirá largos años. Verá nacer a muchos más hijos. E incluso a sus nietos. Guarda tus malos presagios para los porqueros de esa aldea.
–Ah, no. Que la morita me ha prometido buenos dineros. –Maricasca señaló a Zobeyda con el cayado–. Y si hay dineros, Maricasca lee las hierbas.
–Dinero tirado. –El capitán de la guardia habló de nuevo sin dejarse ver–. Tus augurios son tan oscuros que podrían significar cualquier cosa. Además, para cuando sepamos algo con certeza, tus huesos estarán mondos –la voz había ido cobrando un tono sarcástico–. Si por mí fuera, no te pagaría ni un dinar.
–¡Basta! –interrumpió tajante Maricasca, y extendió la palma de la mano hacia Zobeyda–. No me gusta lo que dice ese hombre. Quiero mis dineros ya. Morabetinos de tu rey, morita.
La joven hizo un gesto de rabia, rebuscó entre sus sayas y sacó una bolsita tintineante que la bruja se apresuró a agarrar. Luego, con una agilidad mucho mayor que la que había demostrado hasta ese momento, Maricasca desapareció en el interior de la gruta.
–Eres una loca o realmente estás borracha de tanto aspirar hierbajos, vieja bruja. –El capitán se acercó hasta la boca de la cueva. Al salir de la sombra descubrió sus ropas oscuras, pero la bruja ya no podía verlo–. Mi señora te hará despellejar viva. ¡Sal aquí y revela tus acertijos!
–No, déjala. –Zobeyda alzaba una mano ante el hombre–. Es así como funciona esto. También fue así cuando yo era niña.
El capitán extendió el brazo cuando su señora hizo ademán de descender la ladera, y esta lo cogió y se apoyó en él para alejarse de la gruta.
–La sangre de mi sangre –repitió el augurio en un susurro– unirá este lado y el otro.
Día siguiente. Camino de Segura
–La sangre de mi sangre...
Zobeyda repitió la frase una vez más. Había perdido la cuenta de qué número hacía aquella ocasión. Paseaba la mirada por la orilla del río sembrada de olmos, y su mente vagaba acunada por el suave sonido del agua que se deslizaba valle abajo. Era pronto aún; el sol apenas había rebasado las copas de los álamos y fresnos más altos. Abú Amir adelantó su caballo y lo hizo andar al paso junto al carro a medio cubrir de Zobeyda. Ella miró a su amigo, aunque no lo vio, y una vez más movió sus labios lentamente pero sin emitir sonidos, repitiendo en silencio la enigmática profecía de la vieja Maricasca.
Zobeyda, 20 años de tentación andalusí, era, a poco que se cavilase, la mujer más hermosa que aquella tierra había dado en generaciones. Ya de niña, sin necesidad de criada ni esclava que la aderezase, era capaz de sacar partido de su tremenda belleza hasta convertirse en algo que a la fuerza debía de ser pecaminoso, fuérase del credo que se fuera; ahora, con la veintena cumplida y un parto doble en sus caderas, sabía hacerse aplicar la justa cantidad de alheña, de hojas de añil, de polvo de antimonio o aceite de narciso. Nada era casual o distraído en ella: cada mirada de reojo, cada gesto que apartaba una trenza a un lado, cada lento parpadeo. Tenía la tez clara de su estirpe, de ascendencia cristiana y norteña, pero su pelo era negro como el de sus súbditas de raza bereber. Sus ojos oscuros y almendrados llenaban su cara, atraían las miradas y traspasaban los corazones. No había varón, fiel o infiel, que pudiera resistir el encanto de Zobeyda si ella se decidía a asaetearlo con su vista. Bajo el suave óvalo de su rostro, el cuello daba paso a un busto bien cumplido, al gusto musulmán, y a la par desafiante, al gusto cristiano. Zobeyda era insolente, cosa sabida por más que todos lo callaran ante ella, y no gustaba de cubrir sus encantos con velos o ropas anchas.
Aquella mañana, libre ya de las toscas sayas del día anterior –necesarias por otra parte para ocultar su condición a los campesinos–, Zobeyda vestía un sedoso brial, a la costumbre cristiana que su esposo había llevado a palacio; y aunque sus trenzas oscilaban libres, se coronaba con una pequeña diadema de gladiolos, sus flores preferidas. Recostada sobre los mullidos almohadones que recubrían el carruaje, mostraba con descuido una pierna hasta la rodilla, dejaba colgar el pie descalzo a un lado y lo mecía al ritmo con el que traqueteaban las ruedas por la senda rumbo a Segura. El tobillo, rodeado de argollitas que tintineaban con cada bache y guijarro que tomaban, era delgado y mostraba una piel firme, sin rastro de imperfección a lo largo del empeine.
–No sé por qué crees en esas patrañas, niña –le reprochó Abú Amir–. Además, no te queda bien caer en supercherías.
Zobeyda escapó de sus divagaciones y dedicó una sonrisa luminosa a quien se había hecho pasar la noche anterior por capitán de su guardia.
–Ahora me saldrás con el sermón de siempre, ¿verdad?
–Hace tiempo que sé que eres tan piadosa como yo, niña. Es decir: nada –Abú Amir miró hacia delante y se aseguró de que no eran escuchados por la auténtica guardia de la reina. Tan solo el criado que tiraba de las mulas podía oírlos, pero su fidelidad, como la del resto de los sirvientes personales de la mujer, estaba fuera de duda–. Y también sé desde hace mucho que eres demasiado lista para creer en supersticiones. Nunca he entendido ese defecto tuyo. Fiar en augurios y en buenaventuras. ¿No te da vergüenza?
Zobeyda fingió ofenderse y se llevó la mano a la boca, irreverentemente descubierta por el velo que caía a un lado de su cuello.
–Te haré despellejar vivo –imitó la voz de Abú Amir al amenazar a Maricasca. Ambos rieron con discreción.
–Es bueno que te diviertas, ya lo sabes –continuó él con sus reproches–, pero te repito que no es propio de una reina emplear tanto tiempo y esfuerzo en los delirios de una vieja cristiana loca. Y esos talismanes que llevas. Y los amuletos. Ah, por favor.
Zobeyda tocó por instinto la bolsita parda que colgaba entre sus pechos, rellena de dientes de zorro para esquivar el mal de ojo.
–Entonces, ¿no debo creer en la bruja? ¿Y cómo explicas que su vaticinio de hace años se cumpliera al pie de la letra?
Abú Amir miraba hacia el camino mientras mantenía su corcel al paso, avanzando junto al carro tirado por mulas en el que viajaba la reina Zobeyda. Hizo un gesto con la mano para quitar importancia al comentario de su señora.
–No sé nada de ese vaticinio de hace años. Jamás
me lo has contado. Pero sin duda, si acertó enton-
ces, fue también por casualidad. Quizá buen tino y conocimiento de la gente. Además, sé que tú misma no acabas de creerte estas engañifas. Y si no, ¿por qué me has hecho acompañarte a ver a esa loca del demonio?
–Pues precisamente para lo que no estás haciendo –Zobeyda siguió con la vista la corriente del río–: aclararme lo que yo no entienda.
–Ah, era eso... Pues bien, te lo explicaré de inmediato: una vieja chiflada quiso cocer un huevo con beleño y cuatro hierbajos más. Al momento, y como suele ocurrir con el beleño, la bruja aspiró el humo venenoso y se sumió en el trance, o cayó en una pesadilla, o se dejó llevar por la ilusión de la borrachera... Como tú prefieras, niña. Todo lo demás es delirio puro, y los he visto mejores en alguna que otra fiesta de las que da tu esposo en palacio.
–Ah, como quieras. Así pues, la bruja estaba borracha. Y sin embargo, desde la Sierra Morena a las montañas de la Idúbeda, Maricasca tiene fama de acertar siempre.
–No andamos faltos de gente ignorante en al-Ándalus, es verdad. Al menos Maricasca es tan lista como para aprovecharse de ello. Una virtud admirable.
Zobeyda hizo un gesto de fastidio, tiró de la tela que cubría el carro y se ocultó de la vista de Abú Amir. Habló desde dentro una vez más.
–Maricasca estaría ya muerta, despeñada o degollada por los campesinos cristianos de esa aldea si no fuera porque siempre acierta y vienen a verla de todo al-Ándalus, tanto fieles como infieles. Cuando yo era niña, mi padre me llevó hasta ella y pagó una fortuna a la bruja para que me hiciera un vaticinio. Y no se equivocó.
La comitiva se había detenido para la oración del mediodía. Tras limpiarse en las frescas aguas del río, soldados y criados llevaban a cabo el rito girados hacia levante mientras las mulas, desenganchadas del carro, abrevaban con tranquilidad y espantaban las moscas a coletazos. Zobeyda se había recostado a la sombra de un chopo sobre un ancho paño bordado. A través de los sauces podían verse ya las tierras rojizas plagadas de olivos que precedían al cerro en el que se elevaba Segura. Abú Amir, por su parte, estaba sentado sobre una piedra al borde del río y jugueteaba con una rama de majuelo que sumergía en la corriente.
Muhammad ibn Áhmed ibn Amir at-Turtusí, al que todos conocían como Abú Amir, era un hombre de gran atractivo físico y en la plenitud de su vida. Había nacido en Tortosa treinta y un años antes, y ejercía la ciencia de la curación; los varones de su familia hasta lo que podía recordarse habían sido médicos de renombre. La proximidad de la frontera y los roces con los cristianos habían llevado a Abú Amir, hombre dado a la buena vida y las pocas complicaciones, a abandonar Tortosa y trasladarse a Murcia. Allí, por su incuestionable inteligencia, se había convertido en uno de los médicos más solicitados...

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: Bernardo Carrión 30/09/2012 0:42

    Estoy de acuerdo contigo, Raúl. Yo he leído El caballero del alba y Venganza de sangre y las he disfrutado mucho. Seguro que La loba es aún mejor.

  • Por: Raúl Borrás San León 29/09/2012 23:09

    Quien ha leído a Roa, repite. Cada novela es mejor que la anterior.

  • Por: Jose Luis Rodríguez-Núñez 31/08/2012 19:50

    Una maravillosa novela histórica seguro, tal como apunta el comienzo. Como son las anteriores de Sebastiián, un verdadero maestro del género. Altamente recomendables.

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