La historia de España en hora y pico

30 / 01 / 2012 12:34 Incitatus
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Una obra de teatro independiente, La historia de España en 70 minutos, de Ernesto Filardi, es una gran lección de humor y tolerancia que abarrota la sala en cada función.

Madrid, yo creo que toda España, se está llenando de teatros pequeñitos, a veces minúsculos. Son lugares y compañías que no brotan al amor de la lumbre de la subvención oficial o de la bolsa del ricohombre -calores ambos que casi han desaparecido, como vamos viendo- sino que nacen por la misma naturaleza de las cosas: porque tienen que nacer, porque la gente sigue necesitando el viejísimo milagro de que alguien invente una historia, otros la representen y todos los demás la miren con la boca abierta y con la esperanza de que les pasen cosas. Eso es el teatro.

Hablábamos aquí hace pocas semanas del espectacular montaje de Agosto, de Tracy Letts, que se ha visto en el Centro Dramático Nacional y cuya columna vertebral era un duelo a alfanje entre Carmen Machi y Amparo Baró. Magnífico, sin la menor duda, pero de ninguna manera menos que esto que hoy les cuento y que nace, lo acabo de decir, de la naturaleza de las cosas, de la necesidad que tenemos todos de que nos cuenten historias -buenas historias- para que nos las podamos creer y así soñar, o reflexionar, o enfadarnos, o caernos de asombro, o reír. Eso eran Aristófanes, Shakespeare, Molière, Lope, Valle, Ionesco. Eso y nada más. Y a todos los hermanaba una sola cosa: el talento.

Ernesto Filardi tiene talento. Este muchacho que no cumple aún 40 años, que a pesar de su apellido no es argentino sino de Alcalá de Henares (pero nacido en Toronto), y que ahora vive en lugares incomprensibles como Vietnam o Laos, tiene un currículo académico en Letras capaz de poner en pie a todos los ujieres de la Real Academia Española, pero todos sabemos bien que eso no vale de gran cosa si falta talento. Y a este hombre no le falta. Le sobra.

Filardi concibió la descoyuntada idea de meter la historia de España, entera y desde luego verdadera, en una obra teatral de 70 minutos. Como lo oyen. Desde Altamira a Adolfo Suárez. Ninguno de nosotros ignora, ¡señores académicos!, que eso es imposible, pero también lo eran la locomotora, la radio, la bombilla o el aeroplano hasta que alguien los hizo. Eso es lo que ha logrado Filardi. Hacerlo.

Lugar: café-teatro Arenal, a dos pasos de la Puerta del Sol. Compañía: Seven Inks. Coste del montaje: puede que pase de los 50 euros (parte del atrezzo y del vestuario lo han confeccionado los propios actores). Funciones: los sábados a las ocho de la tarde, pero en realidad eso da lo mismo porque el boca a oreja ha funcionado como era de esperar y el aforo está ya vendido más o menos hasta el tiempo en que el sucesor de Rajoy termine el bachillerato, según memorable frase de nuestra Esperanza. Precio de la entrada: doce euróbolos. Y aquí llega lo más importante: actores, Javi Rodenas, Carlos Fapresto y Luna Paredes. Del primero tengo escrito que es uno de los mejores actores que conozco. De los otros dos deberé decirlo a partir de ahora. Cada uno de los tres interpreta, en los 70 minutos casi exactos que dura la función, alrededor de 25 papeles distintos. Quiero decir con esto que semejante milagro sería imposible sin ellos. Y debo decir también que, aunque Marcos Ordóñez se enfade conmigo, no logro imaginar a otros actores en cada uno de esos 70 personajes. Están perfectos. Y hace falta ser muy bueno para meterse en la piel, en nada más que una hora y pico, de -sucesivamente- un señor del paleolítico, Escipión, Gaudiosa (la abnegada esposa del rey Pelayo), Fernando el Católico, un desternillante inquisidor, Lope de Vega, Carlos María Isidro (el hermano de Fernando VII), Prim, Castelar, Alfonso XII, Sagasta, Azaña, los exiliados españoles tras la Guerra Civil (todos en uno) y el teniente coronel Tejero. Entre otros. Y todos el mismo actor.
Hacer fácil lo difícil.
La idea es tan inconcebible como el huevo de Colón (quien, por cierto, no sale en escena, pero llama mucho por teléfono): partir de la evidencia de que la historia de este país no es una yuxtaposición de reyes y batallas sueltas, sino un continuum que a veces se vuelve un perpetuum mobile; lo de ahora viene de lo anterior y da paso a lo siguiente.
El lenguaje es actual y está anclado en el humor, a veces en la ironía, siempre en una documentación y un conocimiento de la historia extraordinariamente rigurosos y jamás en la chocarrería, el partidismo político o el mitin.

Ese es el verdadero prodigio. Contar la historia de nuestra nación de manera que nadie en su sano juicio pueda enfadarse. Esto es dificilísimo en un momento como el nuestro, cuando la historia casi ha dejado de ser una ciencia para convertirse en un arma arrojadiza con la que unos atizan a otros.

Sabemos que a los niños, en determinadas comunidades autónomas, se les están contando en clase puras invenciones patrióticas o manipulaciones miserables de lo que sabemos que sucedió. Lo mismo, exactamente lo mismo, se hacía en tiempos de Franco (este sí sale en la función, ¡y cómo!), cuando los niños aprendíamos una palabra mágica que era nosotros. Y nosotros eran (éramos), sucesivamente, los romanos, los visigodos, los cristianos pero no los moros, desde luego los Reyes Católicos, los conquistadores pero no los indios, los Austrias pero mucho menos los Borbones o los ilustrados, la Inquisición pero no los herejes, los carlistas pero no los liberales, José Antonio pero no Azaña, y por ahí hasta el inflamadísimo señor cura que nos daba clase.

Sabemos también que hoy hay revisionistas de nuestra historia que sencillamente mienten, por más pías y más moas que sean sus invenciones, trapacerías y falsificaciones.
Filardi no lo hace. Filardi transforma a Felipe III en un descacharrante vago pasota (lo hace Luna Paredes) que deja el gobierno en manos del duque de Lerma, y ahí queda claro que los principios de la corrupción, el mangoneo y el gurtelismo son, por su propia esencia, permanentes e inalterables, como otros principios que pusieron más tarde. Cuando alguien dice que el Gobierno está tratando mal a vascos y catalanes, y que algunos se están dejando de sentir españoles, Filardi le hace decir a Cánovas (siglo XIX) que “eso es un calentón que se les pasa en dos días”, y la gente se tira por el suelo de la risa. Cuando hay que explicar la República y la Guerra Civil, sucede algo prodigioso que... Ah, perdón, no debo destriparles a ustedes la obra.

No es una broma. O no solo eso. Es mucho más, es nuestra historia vista desde el ángulo burlón y riguroso que permite que Fernando el Católico baile una jota inolvidable, que todo el mundo logre entender la sucesión de Carlos IV y que Alfonso XIII, en manos del inmenso Fapresto... Pero ya basta. Es teatro. Del mejor. Una obra que todos los españoles deberíamos ver. Y lo bien que nos iba a sentar en estos tiempos. Por Júpiter.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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