La devoción del sospechoso X

11 / 08 / 2011 Keigo Higashino
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Yasuko Hanaoka, madre soltera y divorciada, pensaba que por fin se había librado de su exmarido. Pero cuando este aparece un día ante su puerta, en un complejo de apartamentos en Tokio, las cosas se complican y el exmarido acaba muerto. Madre e hija lo han estrangulado.

La devoción del sospechoso X / Ediciones B / 368 págs. / Precio: 28€ / Publicación: 29 de septiembre.

Keigo Higashino es uno de los escritores de mayor éxito en Japón, donde ha vendido más de cinco millones de ejemplares. Ha sido galardonado con los más prestigiosos premios de su país: el Edogawa Rampo, el Mystery Writers of Japan, el Honkaku Mystery y el Naoki 2006 por La devoción del sospechoso X, primera de sus novelas traducida al español.

Capítulo 1

Ishigami salió de su apartamento a las siete y treinta y cinco de la mañana, como todos los días. Aunque ya era marzo, el viento continuaba siendo frío. Comenzó a andar intentando mantener la barbilla protegida bajo la bufanda. Y antes de encaminarse hacia la vía principal, dirigió la mirada a la zona de estacionamiento de las bicicletas. Había varias aparcadas, pero no la verde que a él le interesaba.

Tras caminar unos veinte metros en dirección sur, llegó a una amplia avenida, la de Shin-Ohashi. Yendo hacia la izquierda, o sea, hacia el Este, se encontraba el distrito de Edogawa, mientras que por el Oeste se salía a Nihonbashi. Antes de llegar a Nihonbashi estaba el río Sumida, que la avenida de Shin-Ohashi cruzaba a través del puente del mismo nombre.

La forma más rápida que Ishigami tenía para ir de su apartamento al trabajo consistía, simplemente, en caminar así, todo recto, en dirección Sur. Tras avanzar unos cientos de metros, se alcanzaba el parque de Kiyosumi Teien, y su lugar de trabajo era el instituto privado que estaba justo antes de llegar a dicho parque. En definitiva, era profesor. Enseñaba matemáticas.

Al ver que el semáforo que tenía enfrente se ponía en rojo, dobló a la derecha y se encaminó hacia el puente de Shin-Ohashi. El viento que soplaba en dirección contraria levantó su abrigo. Ishigami hundió las manos en los bolsillos, encorvó ligeramente el cuerpo y aceleró el paso.

Unas densas nubes cubrían el cielo. El río Sumida las reflejaba y, con ello, el color de sus aguas también se enturbiaba. Una pequeña embarcación remontaba el curso del río, aguas arriba. Ishigami cruzó el puente de Shin-Ohashi contemplándola.

Al llegar al extremo opuesto del puente, descendió por la escalera, pasó por debajo y anduvo por la ribera del río. En ambas orillas habían construido unos paseos arbolados. Sin embargo, las parejas y las familias preferían pasear por la zona del puente de Kiyosu, y no ésta de Shin-Ohashi, a la que ni siquiera los días de fiesta solía acercarse mucha gente. La razón se comprendía de inmediato si uno iba por allí: una larga hilera de chabolas, cubiertas por plásticos y lonas azules, se extendía a lo largo de la ribera. Como justo por encima de ese lugar pasaba la autopista, debía de ser un sitio ideal para guarecerse del frío y del viento. La prueba de ello era que al otro lado del río no había nada parecido. Por supuesto, también debía de contribuir el hecho de que a sus moradores debía de resultarles más cómodo, a su manera, eso de vivir agrupados.

Ishigami pasó tranquilamente por delante de las chabolas azules. Su altura era, a lo sumo, la de una persona, pero también las había que apenas le llegaban a la cintura. Más que chabolas parecían cajas. De todos modos, si solo se trataba de dormir dentro de ellas, quizá resultaran suficiente. Al lado de las chabolas había instalados, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo, varios tendedores de ropa que delimitaban el espacio vital.

Apoyado en el pasamanos de uno de los extremos del muro de contención, un hombre se cepillaba los dientes. Ishigami ya lo había visto en otras ocasiones. Debía de superar los 60 años de edad y llevaba el cabello entrecano recogido hacia atrás. Tal vez ya no tuviera intención de trabajar. Y es que, si pensaba encontrar un trabajo físico para ese día, a esas horas no andaría por ahí merodeando, porque los tratos para esa clase de tareas siempre se hacen a primera hora de la mañana. Tampoco parecía tener previsto acudir a la oficina de empleo. Además, aunque le hubieran ofrecido un trabajo, con semejante pelo ni siquiera habría podido asistir a la entrevista. Y ello sin contar con que, además, las posibilidades de que a uno le ofrezcan un empleo a esa edad son realmente infinitesimales.

Había un hombre aplastando un montón de latas vacías al lado de su chabola. Ishigami, que lo había visto hacer eso en varias ocasiones, le apodaba el Hombre Lata. Este rondaba los 50 años. Su indumentaria era, en general, bastante correcta, y hasta tenía una bicicleta. Seguramente necesitaba disponer de una mayor movilidad para dedicarse a recoger las latas vacías. Y ese rincón más apartado, en un extremo del grupo de chabolas, tenía todo el aspecto de ser un lugar privilegiado. Por eso Ishigami creía que el Hombre Lata seguramente era una de las personas que llevaba allí más tiempo.

Un poco más allá de las chabolas había un hombre sentado en un banco. Su abrigo, que en tiempos debió de ser beige, se había desteñido hasta adquirir una tonalidad gris. Debajo del abrigo llevaba una americana y, debajo de esta, una camisa. Ishigami imaginó que tal vez llevara la corbata en el bolsillo. A este hombre le apodaba el Ingeniero, porque días antes lo había visto leer unas revistas sobre temas relacionados con la industria. Llevaba el pelo corto e iba bien afeitado. Tal vez todavía no hubiese perdido la esperanza de encontrar un trabajo. A lo mejor se disponía a salir en ese mismo momento hacia la oficina de empleo. Pero seguramente nadie lo contrataría. Para eso debería desprenderse antes de su orgullo. Ishigami lo había visto por primera vez hacía unos diez días. El Ingeniero todavía no se había acostumbrado a la vida en ese lugar. Parecía querer marcar una línea de separación entre él y las chabolas. Aun así estaba claro que si había acabado allí era porque no tenía otro sitio al que ir.

Ishigami continuó caminando por la ribera del Sumida. Justo antes de llegar al puente de Kiyosu se encontró con una mujer mayor que paseaba a sus tres perros. Eran tres salchicha miniatura con sendos collares de distintos colores: uno rojo, otro azul y otro rosa. A medida que se aproximaba, la mujer reparó en la presencia de Ishigami, al que sonrió y saludó con una leve inclinación de la cabeza. Ishigami le devolvió el saludo haciendo lo propio.

–Buenos días –dijo él tomando la iniciativa.

–Buenos días. Esta mañana también hace frío, ¿eh?

–Y que lo diga –repuso él con una mueca.

Cuando pasaba por su lado, ella le hizo un gesto de asentimiento.

–Que tenga un buen día.

Ishigami la había visto llevar unas de esas bolsas de plástico que dan en las tiendas abiertas las 24 horas. Parecían contener bocadillos. Tal vez fuera su desayuno, de lo que Ishigami había inferido que debía de vivir sola. Su casa tampoco debía de estar muy lejos de allí, porque en alguna ocasión la había visto pasear con sandalias, y con ese calzado no se puede conducir. Quizá hubiera perdido a su esposo y ahora vivía con sus tres perros en un apartamento de los alrededores, que debía de ser bastante amplio. Por eso podía tener nada menos que tres perros. O tal vez fuera eso precisamente lo que le impedía mudarse a otro apartamento más pequeño y coqueto. Puede que ya hubiera terminado de pagar la hipoteca, pero seguiría teniendo sus gastos, de ahí que se viera obligada a ahorrar. De hecho, durante todo el invierno no había ido ni una sola vez a la peluquería. Y tampoco se había teñido el pelo.

Al llegar al puente de Kiyosu, Ishigami empezó a subir por la escalera. Para ir al instituto tenía que cruzar por allí. Sin embargo, se volvió y echó a andar en dirección contraria.

Desde allí se veía un cartel que daba a la calle y en el que ponía Bententei. Era un pequeño establecimiento de bento*. Ishigami abrió la puerta de cristal.

–Buenos días. Pase, por favor –dijo la voz que provenía de detrás del mostrador. Aunque Ishigami estaba muy acostumbrado a ella, siempre le reconfortaba oírla. Era la voz de Yasuko Hanaoka, que le sonreía con su gorro blanco en la cabeza.

No había ningún otro cliente en la tienda. Eso hizo que el corazón de Ishigami se acelerara todavía más.

–Esto... Un especial de la casa.

–Claro. Marchando un especial. Muchas gracias.

La mujer lo dijo con una voz simpática, pero Ishigami no supo qué cara había puesto porque, incapaz de mirarla de frente, estaba muy concentrado en el contenido de su cartera. Dado que ambos eran vecinos de apartamento, pensó en aprovechar la ocasión para hablarle de algo distinto de su pedido de bento, pero no se le ocurrió nada.

Cuando por fin llegó el momento de pagar, a duras penas se atrevió a decir: “Qué frío, ¿no?”. Pero esa tenue frase suya, apenas murmurada, resultó ahogada por el sonido de la puerta de cristal, que en ese instante un cliente abría detrás de él. La atención de Yasuko ya se había desplazado hacia el intruso.

Con su caja de bento en la mano, Ishigami salió de la tienda. Esta vez sí se dirigió al puente de Kiyosu. En Bententei estaba la razón del rodeo que había dado.

Superada la hora punta de la mañana, Bententei volvía a la calma. Pero ello solo significaba que los clientes dejaban de acudir, porque lo cierto era que, al fondo del establecimiento, en el obrador de cocina, comenzaban las labores de cara al mediodía. Varias empresas tenían concertado el suministro diario de los almuerzos de sus trabajadores, y había que servirles los pedidos antes de las doce. Así que, cuando no había clientes en la tienda, Yasuko iba también a echar una mano en el obrador.

En Bententei trabajaban cuatro personas, incluida Yasuko. La comida la preparaban Yonezawa, el dueño del establecimiento, y su esposa Sayoko. Kaneko, que trabajaba a tiempo parcial, se encargaba de los repartos, mientras Yasuko atendía a los clientes prácticamente en solitario.

Antes de entrar a trabajar allí, Yasuko lo hacía en un bar nocturno de Kinshi-cho. Yonezawa era uno de los clientes habituales. Yasuko no supo que Sayoko, la encargada del bar en que trabajaba, era la esposa de Yonezawa, hasta el momento mismo en que esta se despidió. Se lo dijo la propia Sayoko.

“Pasa de madame de un garito de copas a esposa del de la tienda de bento. Si es que con la gente nunca se sabe, ¿eh?”, rumoreaban los clientes. Pero, según Sayoko, lo de regentar algún día un establecimiento de bento había sido el sueño del matrimonio durante largos años, y ella había trabajado en el bar precisamente para poder cumplirlo.

Cuando Bententei abrió sus puertas, Yasuko empezó a pasarse por allí de vez en cuando. Parecía que el negocio iba bastante bien. Al cumplirse un año desde la apertura del establecimiento, le propusieron trabajar en él. Era físicamente imposible que el matrimonio se hiciera cargo de todo.

–Yasuko, tú tampoco te vas a quedar toda la vida en un negocio como ése, ¿no? –dijo Sayoko–. Dentro de nada, Misato se hará mayor y es posible que le acompleje saber que su madre se dedica a servir copas en un bar de esos. De todos modos, no es asunto mío, pero...

Misato era la única hija de Yasuko. No tenía padre. Hacía cinco años que se habían divorciado. No era necesario que Sayoko se lo dijera. Yasuko también era consciente de que no podía seguir siempre así. Por supuesto, estaba Misato, pero además, dada su propia edad, tampoco sabía a ciencia cierta hasta cuándo conservaría el trabajo.

Solo necesitó un día para pensárselo. Al fin y al cabo, no había nada que la retuviese en el bar. Sus compañeros de trabajo le dijeron que se alegraban de su decisión, y así fue como supo que su entorno había estado preocupado por el futuro de una camarera madura como ella.

En la primavera anterior, aprovechando que Misato empezaba la escuela secundaria, se habían mudado al actual apartamento. El otro estaba demasiado alejado de Bententei. Y, a diferencia del horario que cumplía en el bar, ahora tendría que trabajar por las mañanas desde muy temprano. Se levantaba a las seis, salía del apartamento a las seis y media y se montaba en su bicicleta. Una bicicleta verde.

–¿Esta mañana también ha venido ese profesor de instituto? –le preguntó Sayoko durante el descanso.

–Claro. Si viene todos los días...

Mientras Yasuko hablaba, Sayoko sonreía e intercambiaba una mirada de complicidad con su marido.

–¿Qué pasa? ¿Queréis dejar ya los dos de hacer eso?

—No pasa nada. Es sólo que ayer comentábamos si no será que al profesor en cuestión le gustas...

–¿Quéee? –Yasuko echó el cuerpo hacia atrás en señal de sorpresa, sin soltar la taza de té que tenía en la mano.

–Es que, verás, tú ayer tuviste fiesta, ¿verdad? Pues el profesor no vino. ¿Qué te parece? Qué coincidencia, viene todos los días excepto cuando no estás tú. ¿No te parece curioso?

–Habrá sido casualidad.

–¿A ti no te parece que no? –dijo Sayoko buscando la conformidad de su marido.

Yonezawa asintió con una sonrisa.

–Según este hombre, siempre es así. Los días en que tienes fiesta, el profesor no viene a comprar bento. Hace tiempo que lo sospechábamos, pero ayer lo confirmamos.

–Pero si yo, excepto los días en que cerramos, no tengo días de fiesta fijos –dijo Yasuko–. Y tampoco sé qué día de la semana me va a tocar librar...

–Pues precisamente por eso resulta aún más sospechoso.

El profesor ese es vecino tuyo, ¿no? Bueno, pues tal vez espera a ver si te marchas, y así comprueba si ese día tienes fiesta.

–¿Eeeh? ¡Pero si nunca me lo he encontrado al salir de casa!

–Pues te estará observando desde algún sitio, como la ventana...

–No creo que pueda verme desde su ventana.

–¿Y qué más da? Si de veras tiene interés en Yasuko, en algún momento se dirigirá a ella. De todos modos, en lo que a mí respecta, el caso es que gracias a Yasuko hemos conseguido a un cliente fijo más, lo cual siempre es de agradecer. Cómo se nota que te formaste en Kinshi-cho... –dijo Yonezawa para concluir.

Yasuko forzó una sonrisa y apuró su taza de té. Se puso a pensar en el profesor del que hablaban.

Se apellidaba Ishigami. La noche en que ella se mudó, pasó a saludarle. Fue entonces cuando se enteró de que enseñaba en un instituto. Era grande, de cuerpo rechoncho y cara redonda. En contraste, sus ojos rasgados eran finos como hilos. El cabello, corto y ralo, le hacía aparentar unos 50 años, pero probablemente tuviese menos. No parecía preocuparle mucho su aspecto y siempre llevaba la misma ropa. Aquel invierno solía llevar un jersey marrón, y un abrigo. Y con ese atuendo iba a comprar bento. De todos modos, debía de hacerse la colada regularmente, porque en su balcón se veía de vez en cuando la ropa puesta a secar. Parecía soltero. Yasuko supuso que nunca había estado casado.

Por más que le dijeran que ese profesor sentía un particular interés en ella, a Yasuko aquello no le cuadraba. Le ocurría lo mismo que con las grietas de la pared de su apartamento: aunque sabía que estaban ahí, no era especialmente consciente de su existencia. Más aún, estaba convencida de que tampoco era necesario serlo.

Si se lo encontraba, lo saludaba. También le había hecho alguna consulta acerca de la administración del edificio. Pero Yasuko no sabía casi nada sobre él. Tanto era así, que hacía muy poco que se había enterado de que lo que enseñaba en el instituto eran matemáticas, a tenor de los viejos libros atados con cuerdas que había visto ante su puerta.

*Comida tradicional japonesa para llevar, que se

transporta y se sirve en unas cajas especiales.

COMENTARIOS

  • Por: cesar 23/12/2011 12:47

    La devocion del sospechoso

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