La Biblioteca Nacional cumple tres siglos
Inmersa en un faraónico proceso de digitalización, la Biblioteca Nacional celebra 300 años de historia y enseña sus joyas más preciadas.
Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”. Jorge Luis Borges escribió estos versos tras ser nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina al mismo tiempo que su ceguera le incapacitaba para distinguir una sola de las letras de cualquier libro. Orgulloso y asombrado, Borges no sabía cómo interpretar semejante paradoja: la memoria escrita de un pueblo había caído en las manos de un ciego. “Lento en mi sombra, la penumbra hueca / exploro con el báculo indeciso / yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca”. Sabio o ciego, el destino entrelaza las existencias. Ya lo decía Heráclito: el tiempo es un niño que juega con unos dados.
Algo de aquella contradicción borgiana asoma hoy en la celebración del tricentenario de nuestro paraíso hispánico. En plena era digital, cuando a diario se ponen en tela de juicio la autenticidad de la información, el concepto de autoría y el futuro del libro y hasta del papel, la Biblioteca Nacional de España (BNE) abre sus puertas, y sus ventanas, para ventilar y celebrar la existencia de la institución cultural más antigua del país.
Un repaso rápido a la historia de este templo: la Biblioteca Nacional fue inaugurada en el corazón de Madrid el 29 de diciembre de en 1711 bajo el reinado de Felipe V y fruto de la insistencia del padre Robinet, su consejero y confesor. Un archivo inspirado en la Bibliothèque du Roi de Paris. Aquella Real Biblioteca se transformó, con el paso de los años, en Biblioteca Nacional de España, concretamente en 1836. Un lugar consagrado al estudio y al conocimiento de las artes y las ciencias que, tres meses después de su inauguración oficial, abrió sus puertas el 1 de marzo de 1712 en el pasadizo de la Encarnación, junto a la cocina del Alcázar Real, en la actual plaza de Oriente. Y de ahí, guerras, constituciones y trienios de por medio, hasta 1896, fecha en la que se culminó su traslado al paseo de Recoletos, donde descansa hoy... aunque solo en parte: en 1990 se inauguró en Alcalá de Henares un hermano pequeño del mastodonte madrileño con más de 250 kilómetros de estanterías.
Tesoros opacos.
En su interior, la BNE alberga fondos no solo bibliográficos sino también cartográficos, sonoros, fotográficos, periodísticos, audiovisuales y, desde hace un par de años, también contenidos webs. Incunables y diamantes: el Cantar del Mío Cid -que se guarda en una cámara de seguridad con temperatura y humedad invariables- o los códices Madrid I y II de Leonardo da Vinci, que se muestran en una jugosa exposición; las Cantigasde Santa María de Alfonso X el Sabio, grabados de Rembrandt, Goya o Velázquez, el Beato de Liébana, los Tratados de Astronomía del Códice de Metz, la edición príncipe del Quijote, el Códice Daza de Lope de Vega -en estos momentos en proceso de restauración-, el primer incunable del Apocalipsis con los grabados de Durero... Un universo en continua expansión, incluidos los manuscritos de El Aleph de Borges, que cada mes recibe unas 20 toneladas de papel. Más de 28 millones de documentos y, entre ellos, miles de joyas, algunas de las cuales pueden contemplarse hasta mediados de abril en la muestra 300 años haciendo historia, un punto de encuentro para acercar al gran público el pasado, el presente y futuro de una institución con vocación universal. Un canto a la Ilustración como antídoto contra el tedio, las guerras y la muerte de la razón.
“Uno de los objetivos del tricentenario es conseguir que la Biblioteca se vea como una institución abierta a todo aquel que esté interesado en los fondos que custodiamos, que son todos”, explica la actual directora de la BNE, Gloria Pérez Salmerón, que nos recibe en su despacho. “Queremos decirles a los ciudadanos que estamos para servirles, para guiarles en su búsqueda de la información y el conocimiento”. Cualquier persona mayor de edad puede presentarse en las dependencias de la Biblioteca y solicitar un carné de lector para acceder a los fondos que no sean anteriores a 1931. Para los fondos más antiguos se necesita acreditar la condición de investigador.
Esa es, quizás, la característica que la convierte en opaca: el alto valor de algunos documentos o el mal estado de conservación impiden el acercamiento a determinados ejemplares, los cuales, después de someterse al proceso de digitalización, se almacenan sin permitir el acceso al público. Otro de los retos es la democratización, y es que, según Salmerón, “la biblioteca, más allá de ser la guardiana de toda esa información, debe plantearse otra misión, y es la difusión. Hay que encarrilar los procesos para que el acceso esté garantizado”.
Un centro híbrido.
“La digitalización es el gran reto –señala Salmerón-; de momento estamos digitalizando todo aquello que no tiene derechos de autor. No podemos dejar pasar la oportunidad de que las obras más representativas de la cultura hispánica estén en la Red. Desde libros hasta fotografías, carteles y registros sonoros. Ese es el principio básico, empezar por aquello que nos acredita como garantes de la custodia de la documentación de la cultura hispánica”.
Según los datos de la institución, solo por depósito legal en 2010 ingresaron 861.145 ejemplares, de los cuales solo 106.351 fueron libros. Todo se reúne, se cataloga, se conserva y se difunde. Pero ¿es necesario digitalizarlo todo? “Ni mucho menos”, matiza Salmerón, que tras sustituir a Milagros del Corral en mayo de 2010 -en aquel momento la BNE fue degradada de dirección general a subdirección del Ministerio de Cultura- ha sido ratificada este invierno en su puesto por parte del secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle: “Habló conmigo y me dijo que estaba de acuerdo con el trabajo que se está haciendo y con la forma de proceder, así que reafirmó la dirección, pero no solamente a mí, sino a todo el equipo”. Según Salmerón, la nueva ley de depósito legal, aprobada en julio, recoge una novedad, el archivo y recopilación de urls y direcciones web. “En eso también estamos trabajando”, zanja.
Internet es el nuevo agente histórico. La limitación de espacio y el deterioro de la versión física, en papel, abren un mundo de nuevos métodos y filosofías de almacenamiento. La información virtual almacenada junto a códices amarillentos y resquebrajados. La biblioteca como un diminuto e infinito Aleph. El presente, y el futuro, como un sueño de tinta y gigabytes. Una biblioteca híbrida.
Conservar en la era digital.
Después de acometer con éxito y durante más de un año la restauración y una nueva encuadernación de los códices Madrid de Leonardo Da Vinci, Fuensanta Salvador, directora del departamento de Preservación y Conservación de Fondos de la BNE, tiene un nuevo paciente entre manos: el Códice Daza de Lope de Vega. Salvador, a cuyo equipo vemos trabajar en las imágenes, lo tiene claro: “El objetivo de la restauración es estabilizar antes que arriesgar y poner en peligro el original”. Desde su departamento, junto con otras áreas como fotografía y encuadernación, llevan a cabo, entre otros muchos proyectos, la restauración y la digitalización del Beato de Liébana, Códice de Fernando I y Dña. Sancha, del año 1047. Una vez completado el proceso, el contenido de cada documento entrará a formar parte del catálogo de la Biblioteca Digital Hispánica (www.bdh.bne.es), un lugar creado, en palabras de Salmerón, “para favorecer la transmisión de la información sin menoscabo de la preservación del documento original”. Hasta la fecha, la BNE lleva digitalizados unos 53.000 documentos. Luz Díaz, restauradora de la BNE, matiza que lo más importante del proceso de restauración de un libro “es devolverle la funcionalidad para que se pueda volver a utilizar”. Desde la revolución industrial, en los procesos de fabricación de muchos libros el papel incluía “un compuesto inestable llamado lignina” que provocaba la “acidificación” del material. Díaz trabaja en varios documentos de la época para eliminar la degradación que genera este compuesto.
Sin embargo, muchas veces el mayor peligro que corren los soportes originales está en la manipulación por parte de los usuarios. Usuarios que leen en silencio y anotan y piensan y bucean en el pasado. Investigadores, alumnos, escritores, artistas, científicos, lectores, profesores, turistas... visitantes anónimos como Margaret, una hispanista alemana que visita la biblioteca desde hace más de 20 años. “Fue la primera mujer que trajo un portátil a la Biblioteca -sonríe Arturo Girón, jefe de comunicación de la BNE-, siempre que viene que sienta ahí”. Y señala una de las mesas de la sala Cervantes, en la que se puede leer un pequeño cartel gris en el que dice: “En esta sala solo se permite escribir con lápiz”. Es la ley del paraíso.


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