Los últimos de la División Azul

30 / 05 / 2008 0:00 Luis Reyes
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Barcelona, 2-4-1954. Tras diez años de campo de concentración, el buque ‘Semiramis’ trae a los prisioneros de guerra españoles liberados por la URSS.

La II Guerra Mundial terminó en 1945, pero para algunos españoles duró diez años más. Cuando todos los prisioneros de guerra de las potencias beligerantes habían sido ya liberados, quedó un residuo de 300 españoles en los campos de concentración de Rusia. Y eso que España no había participado en la contienda mundial...

Hubo que esperar a que se muriese Stalin (véase ‘Tiempo’ nº 1.349) para negociar a través de la Cruz Roja la repatriación de los últimos de la División Azul. Casi un año justo después del fallecimiento del zar soviético, el Semiramis, un destartalado buque griego con bandera de conveniencia panameña, recogió en Odessa una carga de hombres que habían vivido la más amarga de las experiencias: la de sentirse olvidados por la historia, presos sin límite de condena en las duras condiciones de los campos soviéticos.

La historia de los divisionarios, como se conocía a los miembros de la División Azul, es la del sacrificio de miles de jóvenes a la razón de Estado –del Estado fran- quista–. Franco mantenía una calculada ambigüedad frente a la Guerra Mundial. Tenía miedo de las consecuencias de entrar en guerra junto a Hitler –Inglaterra tenía proyectada la ocupación de las Canarias en ese caso–, pero también ambicionaba participar del pastel, cuando la victoria alemana parecía imparable.

También tenía un problema interno. Un sector del régimen, el falangista, era entusiasta pronazi, y presionaba por la entrada en guerra. Pero los altos mandos del Ejército español, monárquicos en buena medida, eran más bien aliadófilos, y conscientes de la debilidad militar de España aconsejaban prudencia y pragmatismo.

En junio de 1941 la inesperada invasión alemana de la URSS (Berlín y Moscú eran aliados) le dio a Franco una solución que aprovechó con oportunismo. Otra vez le funcionó al Caudillo la baraka, la suerte que le acompañaba desde el inicio de su carrera en Marruecos.

¡Rusia es culpable!

La astucia de Franco dictó la fórmula mágica. Los españoles irían a Rusia a luchar no a favor de Alemania, sino “contra el comunismo”. Había que presentar al mundo la División Azul como una continuación de la Guerra Civil española, como un asunto pendiente entre españoles y soviéticos. Serrano Súñer, el cuñadísimo de Franco, número dos del régimen, pronunció el discurso más importante de su carrera, acusando directamente a la URSS de la muerte de José Antonio.

“¡Rusia es culpable!”, fue el magnífico eslogan con el que atronó Serrano Súñer la madrileña calle de Alcalá, ante una masa de jóvenes falangistas eufóricos, excitados por la venganza. Así, como si fuera casi un asunto privado, 17.000 jóvenes fascistas españoles se apuntaron de inmediato para castigar a Rusia.

La organización del cuerpo expedicionario se encargó a las Milicias de Falange. Era un recurso más de la retranca de Franco que el Ejército no se implicara directamente en la aventura. Los divisionarios marcharon vestidos de caqui, pero con la camisa azul falangista y la boina roja requeté, prendas nada militares, para acentuar su carácter político. Una vez en Alemania, serían reequipados de los pies a la cabeza con uniforme alemán.

No pocos de los que partieron con la División Azul tenían un pasado republicano que querían borrar presentándose voluntarios. El divisionario más famoso, Luis García Berlanga, tenía a su padre en la cárcel por republicano y aunque dice con cinismo que él en realidad se fue a la División Azul para impresionar a una chica, muchos ex rojos sacaron a su familia de la cárcel y lograron luego puestos de trabajo y prebendas gracias a la División Azul. Aunque también funcionaba ese factor frívolo que dice Berlanga, el deseo juvenil de participar en una aventura heroica, cuando Alemania triunfaba en todos los campos de batalla.

En total, más de 40.000 hombres sirvieron, en sucesivos reemplazos, en la División Azul. Su tributo al compromiso ideológico fascista, el afán de aventura o la necesidad de disimular un pasado republicano, fue alto. Hubo 4.954 muertos, 8.000 heridos y 7.800 víctimas de congelación y enfermedades. Pero la suerte más dramática fue la de los que cayeron prisioneros, entre 300 y 500.

Cambio de rumbo

En 1943 la guerra había mudado su signo y se adivinaba la derrota nazi. En septiembre, Italia se cambió de campo. Al mes siguiente, Franco proclamó la “neutralidad” de España. La inmediata medida fue, naturalmente, retirar a la División Azul, lo que se hizo en noviembre.

Para no provocar excesiva irritación en Hitler, Franco ordenó una retirada a medias. 2.600 fascistas convencidos de que querían seguir luchando junto a los nazis formaron la llamada Legión Azul, que se integró en una división alemana.

En febrero de 1944, en vista de que las cosas iban cada vez peor para los nazis, Franco ordenó también su repatriación, que no quedase rastro de una participación orgánica española en la guerra.

Justo dos años antes Franco había proclamado en un discurso en Sevilla: “Si los rusos se abrieran camino hacia Berlín, no sería una división, sino un millón de españoles los que irían de voluntarios a cerrarles el paso”. Pero no sería un millón, sino sólo un puñado de fanáticos encabezados por Alcázar de Velasco los que se quedarían, integrados en las SS, a defender al nazismo hasta la caída de Berlín.

Aparte de las tumbas esparcidas por 162 lugares distintos de la URSS, sólo quedaba un rastro de la campaña “contra el comunismo” en Rusia. Los 300 desgraciados que serían los últimos prisioneros de la II Guerra Mundial. Los últimos de la División Azul.

Los otros del ‘Semiramis’

Barcelona recibió en un ambiente de desatada emoción al barco ‘Semiramis’ aquel 2 de abril de 1954. Traía a bordo a 286 repatriados de Rusia, pero solamente 229 de ellos, incluido un capitán y dos tenientes, eran prisioneros de guerra. Había también algunos españoles a los que las circunstancias de la Guerra Civil habían llevado a la URSS, y que aprovecharon el viaje para volver a España, dejando que la nostalgia por la patria venciese el miedo al franquismo. Eran niños de la guerra, marineros y aviadores republicanos que habían combatido en el bando contrario de la División Azul. E incluso 19 divisionarios desertores que se habían pasado a las filas soviéticas.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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