Los amores españoles del rey José

21 / 11 / 2008 0:00 Luis Reyes
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22-9-1808. José Bonaparte, en fuga tras Bailén, instala su corte en Vitoria, encandilado por una dama de la alta nobleza alavesa.

Mal verano fue el de 1808 para José I, el nuevo rey de España. Solamente aguantó once días en su corte de Madrid: llegó el 20 de julio, a la vez que ocurría el desastre de Bailén, la primera vez en la historia que era hecho prisionero un ejército napoleónico al completo; cundió el pánico entre los franceses, y José salió huyendo de la capital española el 31 de julio. Primero fue a Burgos, luego a Miranda de Ebro y, por último, buscando cada vez más la cercanía de la frontera francesa, a Vitoria. Cuando llegó a la capital alavesa el 22 de septiembre, el rey José tuvo al fin una alegría: volvió a ver a la española que le había encandilado al mismo llegar de Francia. Ella era María del Pilar Acedo y Sarriá, condesa del Vado y de Echauz, esposa del marqués de Montehermoso. Se habían conocido en una cena de gala en el palacio de Montehermoso cuando José hizo etapa en Vitoria camino de Madrid. Eran días felices, porque aún no tenía ni idea de lo que le esperaba en el nuevo reino que le había regalado su hermano Napoleón, y José se dejó fascinar por aquella noble española. María del Pilar tenía 24 años, era muy hermosa, hablaba perfectamente el francés, incluso escribía versos en esa lengua, y en aquella velada siguió los consejos de su suegro, el V marqués de Montehermoso, que en su discurso filosófi co moral sobre la mujer decía: “Si ha de bailar, no salga como a quien sacan a la vergüenza, sino con un porte majestuoso, lleno de gracia y de decencia...”. Lo de la decencia pronto sería pasado por alto. José I mostraría luego cierto sentimiento de culpa porque en aquella cena no había hablado con sus nuevos cortesanos españoles, sólo le había hecho caso a María del Pilar. Aunque los remordimientos no le impidieron aprovechar el segundo encuentro para convertirla inmediatamente en su amante. María del Pilar estaba casada, pero como decía un cronista, su marido, el marqués de Montehermoso, que la doblaba en edad, “por no enterarse, ya que era hombre muy prudente”, recibió del nuevo monarca “su recíproca discreción”.

Este marido cornudo no es, sin embargo, un personaje ridículo. Don Ortuño Aguirre del Corral, VI marqués de Montehermoso, era un auténtico ilustrado, por educación y por talante. Sabía idiomas, era secretario de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, uno de los instrumentos de modernidad y progreso en España; poseía una gran biblioteca, una colección de antigüedades y monedas y hasta un gabinete de ciencias naturales, por todo lo cual mereció ser visitado por Humboldt cuando el sabio alemán pasó por España.

Un buen negocio

Como tantos espíritus educados y modernos, fue afrancesado desde el primer día. Don Ortuño formó parte de los diputados que el 19 de mayo de 1808 aprobaron la Constitución de Bayona, la primera constitución española que instauraba la nueva monarquía. Su lealtad a José I le hacía acreedor de los honores que le concedió: la Grandeza de España, el cargo de gentilhombre de cámara y la Orden de España. Sin embargo, siempre quedará la sospecha de que los recibiera por marido consentidor. Lo cierto es que hizo un buen negocio cuando le vendió su palacio, el mejor de la ciudad, al rey Bonaparte por 300.000 reales. “¿Te parece mucho?”, le preguntó José I a un cortesano de confi anza, su primer caballerizo, el conde Girardin. “No los va- le ni con la marquesa dentro”, respondió éste. Su impertinencia le costó el puesto, el rey le expulsó de España y convirtió el palacio de Montehermoso en su Palacio Real en Vitoria. Mientras María Pilar desempeñaba su papel de favorita real, su esposo se convirtió en un importante cortesano. Cuando José I viajó en 1811 a París para el bautizo del único hijo y heredero de Napoleón, el rey de Roma, don Ortuño le acompañó, pese a que no debía de estar muy bien de salud, puesto que falleció en la capital francesa. Ante el mal cariz que tomaba la situación en España para los afrancesados, la atractiva viuda se instaló al otro lado de la frontera francesa, en San Juan de Luz, aunque estaba junto a José I en Vitoria el día de la batalla de este nombre (21 de junio de 1813), que marcó la defi nitiva derrota francesa. María Pilar huyó a Francia junto a José I, pero, perdido el trono, se acabó también la relación amorosa. En todo caso, estaba marcada por su especial colaboración con el rey intruso, y no podría volver a España. Se casó con un oficial de la Guardia Imperial y se instaló en un castillo de Bearn, donde moriría muchos años después.

Voluptuosa habanera

La marquesa de Montehermoso fue el primero, pero no el único de los amores españoles de José I, que como buen Bonaparte sucumbía fácilmente a los encantos del sexo. Entre los sonados, fue el que mantuvo con la condesa de Jaruco, un romance en el que el rey se gastó cinco millones de reales. Pero la dama los valía. María Teresa Montalvo y O’Farrill había nacido en La Habana y a los 12 años se había casado con el conde de San Juan de Jaruco, el hombre más rico de Cuba. El matrimonio se había instalado en Madrid, y fueron fi guras que dieron mucho que hablar en la corte de Carlos IV. El conde, porque se metía en tremendas empresas en las que se arruinó. Y la condesa, por “disoluta y escandalosa”, según un libelo que corría por Madrid. La viajera inglesa lady Holland, en su libro Mi viaje a España, describe a Teresa Montalvo como una “hermosa habanera, en extremo voluptuosa, que vive entregada por completo a la pasión del amor”. ¿Qué más podía esperar el rey en Madrid? Por desgracia, Teresa murió joven y José I quedó viudo de la voluptuosidad caribeña, aunque no se resignó. Enseguida se encaprichó de la hija de Teresa, María Mercedes (en la imagen), que se describía a sí misma: “Mi color de criolla, mis ojos negros y animados, mi pelo tan largo que costaba trabajo sujetarlo, me daban cierto aspecto salvaje, que se hallaba en relación con mis disposiciones morales… Viva y apasionada en exceso, no vislumbraba la necesidad de reprimir mis emociones y mucho menos de ocultarlas”. La turbadora joven le había enseñado una vez sus dibujos a Goya, que buen conocedor del paño le dijo: “Como pintora no alcanzarás la gloria, pero llegarás lejos como mujer”. Dada la militancia afrancesada de su familia –el tío de su madre era el ministro de la Guerra de José I, O’Farrill–, le habían buscado un matrimonio de conveniencia con uno de los más brillantes ofi ciales que traía el rey intruso, Christophe-Antoine Merlin, capitán general de su guardia. La leyenda dice que José I le preguntó a Merlin: “¿Qué harías si el rey se hiciera amante de tu mujer?”. Y el fi ero general respondió: “Lo mataría”. No debe de ser veraz la anécdota, porque ningún monarca de la época toleraba bromas así. En cambio, el rey nombró conde a Merlin, a la vez que le asignaba destinos fuera de Madrid para que no estorbara sus galanteos con María Mercedes, y en los mentideros corría una copla: “La condesa tiene un tintero /donde moja la pluma José primero”.

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