La tregua de Navidad

26 / 12 / 2011 12:38 Luis Reyes
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Frente de Flandes, 24 de diciembre de 1914 · Los soldados alemanes e ingleses, espontáneamente, dejan de combatir y confraternizan celebrando juntos la Navidad.

La Primera Guerra Mundial trajo muchas sorpresas y casi todas fueron desagradables. Las distintas potencias pensaban que sería una guerra corta, dado el desarrollo que habían alcanzado los medios de destrucción. Nadie concebía en el verano de 1914 que la contienda durase mucho más de un mes. Duró cuatro años y medio. Los gobiernos veían que estaban en un impasse, que ninguno podía ganar, pero fueron incapaces de detener la mayor carnicería que había conocido hasta entonces la humanidad.

En el campo de batalla las cosas tampoco sucedían como habían previsto los militares. Proyectaron la guerra con grandes y brillantes movimientos estratégicos, y enseguida se vieron atascados, inmovilizados en las trincheras. Y para salir del atasco, los generales mandaban al ataque a grandes masas de soldados sin darse cuenta de cómo habían progresado las armas de fuego, legiones de hombres cuyas filas eran segadas como si les pasaran la cortadora de césped. Durante cuatro años los generales se empecinaron en mandar a los soldados al inútil matadero, sin ser capaces de aprender de la experiencia, como esas mariposas veraniegas que, atraídas por la luz, se estrellan una y otra vez contra las bombillas.

Los simples soldados también recibían funestas sorpresas, como las nubes de gases asfixiantes y otros ingenios de la perversidad humana, que buscaba el arma definitiva. Y aún más turbadoras fueron las que recibieron los civiles en la retaguardia, pues por primera vez en la Historia la guerra fue llevada mucho más allá de los campos de batalla: los dirigibles alemanes bombardearon Londres, y los pasajeros de los barcos mercantes eran víctimas de los torpedos en una clase de guerra solo imaginada por los escritores de fantasía, la guerra submarina. Así murió una gloria de la música española, Enrique Granados, ciudadano neutral que volvía de dar conciertos en un país neutral, Estados Unidos.

Entre todas estas trampas del destino, que parecía burlarse de los planes humanos, un día hubo una sorpresa feliz: la tregua de Navidad de 1914.

“Si no tiras, no tiro”.

El 24 de diciembre de 1914 era la víspera de la primera Navidad de la guerra, que duraba ya cinco meses. Los soldados de uno y otro bando habían acudido al frente cantando cuando los movilizaron, porque les habían prometido una hermosa victoria y una rápida vuelta a casa. Pero ahora estaban hartos de pasar frío y esperar la muerte en las trincheras que habían tenido que cavar desde mitad de septiembre. El desánimo se traducía en pasividad. Si no les espoleaban sus mandos, muchos soldados de las dos partes evitaban provocar al enemigo, practicaban el “si tú no tiras, yo no tiro”.

El Alto Mando inglés había pasado un mensaje a todas las unidades aquel día 24: “Es posible que el enemigo realice algún ataque durante la Navidad o Año Nuevo. Mantener especial vigilancia durante este tiempo”. Sin embargo, lo que vieron los soldados británicos cuando empezaron a caer las sombras de la noche –Nochebuena- fue que de las trincheras alemanas surgían pequeños abetos con adornos y farolillos encendidos.

El árbol de Navidad era la más importante tradición navideña alemana –en Rusia incluso prohibieron los arbolitos adornados, por ser costumbre del enemigo- y el Alto Mando germano había mandado miles de abetos a sus tropas, para llevarles un aliento hogareño. Los soldados ingleses del frente de Flandes, sector de Yprès, estaban asistiendo asombrados a la celebración de la Nochebuena por los alemanes, que tras decorar sus trincheras comenzaron a cantar el villancico más universal –que es alemán-: Noche de paz.

Al terminar los alemanes su sentimental cántico, sin que nadie lo hubiese preparado, de las trincheras británicas surgió la respuesta cuando cientos de voces entonaron: “The First Nowel the Angel did say...”, un villancico tradicional de Cornualles del siglo XVIII. Hubo contrarréplica germana, y durante algún tiempo la lucha a tiros fue sustituida por una competición de canciones populares navideñas, que los alemanes cerraron con el Adeste fideles.

La cosa podía haber quedado ahí, pero de las líneas alemanas salieron gritos invitando a los ingleses a ir a ver sus arbolitos. Contestaron estos que saliesen los alemanes, y al final fueron surgiendo figuras de ambas trincheras que avanzaron hacia la mitad de la tierra de nadie. Allí los enemigos se felicitaron las Pascuas, se ofrecieron tabaco, intercambiaron recuerdos e incluso direcciones, como cuando haces un conocido simpático en un viaje. Cuando se volvieron a dormir habían establecido por su cuenta una tregua para el día de Navidad.

 

Radio Macuto se puso a funcionar, y la tregua decidida por los soldados fue extendiéndose por todo el frente. Hay multitud de testimonios del fenómeno en las cartas de los combatientes o en los numerosos diarios que se escribían en las trincheras, dados los grandes periodos de inactividad. En uno de ellos apuntaba el sargento mayor Frank Naden:

“En el día de Navidad un alemán salió de las trincheras con las manos en alto. Nuestros compañeros inmediatamente salieron de sus trincheras y los alemanes de ellas y nos encontramos en el medio y durante el resto del día confraternizamos, cambiamos comida, cigarrillos y recuerdos. Los alemanes nos dieron algunas de sus salchichas y nosotros le dimos algunas de nuestras cosas. Los escoceses comenzaron a tocar sus gaitas y compartimos una rara alegría que incluyó un partido de fútbol con los alemanes”.

Partidos de fútbol.

En efecto, se jugaron partidos de fútbol, como el librado entre dos equipos del 133 Regimiento de Infantería de Sajonia y los Seaforth Highlanders, ganado por los alemanes por 3 a 2. También se aprovechó la tregua para actividades menos alegres, pero que supusieron un gran alivio para los combatientes: el entierro de los muertos que habían caído en tierra de nadie. A veces incluso se celebraron ceremonias funerarias conjuntas de alto voltaje emotivo. En uno de estos enterramientos alemanes y británicos recitaron juntos el Salmo 23 de la Biblia, “El Señor es mi pastor...”

“Los alemanes nos dijeron que estaban cansados de la guerra y deseaban que terminara. Al día siguiente recibimos la orden de que toda comunicación e intercambio amistoso con el enemigo cesara, pero nosotros no disparamos en todo el día y los alemanes no nos dispararon a nosotros”, cuenta el autor del diario antes citado, reflejando la enorme preocupación de los estados mayores. Los generales, conscientes de la barbaridad que estaban haciendo, tenían la pesadilla de que los soldados, hartos de carnicería inútil, desobedecieran las órdenes y se negaran a pelear, algo que sucedería en los motines franceses de 1917 y en el frente de Rusia (véase recuadro).

La tregua se mantuvo en muchos sectores hasta Año Nuevo, y parece ser que en ciertos lugares no se dispararon tiros durante todo el mes de enero, provocando una conmoción entre los mandos. En los años siguientes los estados mayores programaban bombardeos de artillería prolongados durante varios días antes de Navidad, para dificultar el clima de confraternización, y trasladaban de sector a las unidades que hubieran mostrado tendencia a entenderse con el enemigo. No obstante, todavía en 1915 hubo treguas de Navidad, aunque en escala mucho menor.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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