La sombra de Talleyrand

27 / 07 / 2017 Luis Reyes
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Bruselas, 21 de julio de 1831. Es coronado rey de los belgas Leopoldo de Sajonia-Coburgo. Talleyrand mueve los hilos de la independencia de Bélgica.

Talleyrand, el Satán de las Tullerías y el Diablo cojo

Hay personajes que la Historia no puede evitar por más que lo intente. Da lo mismo que haya cataclismos políticos, que los regímenes caigan, que todo cambie… ellos siguen inmutablemente en primera fila, o quizá en la sombra, pero moviendo los hilos. El arquetipo es Talleyrand, animal político que durante más de 40 años diseña la política de Europa, traza el mapa del continente.

Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord nace en una familia de la alta nobleza francesa con raíces en el siglo X. Es primogénito, pero una cojera de nacimiento le veta la carrera de las armas. Para un noble de su alcurnia eso es inadmisible y pierde la primogenitura, siendo destinando a la Iglesia. Sacerdote por imposición, Talleyrand conjuga la sotana con la vida de un libertino sofisticado, lo que no impide que sea ordenado obispo de Autum.

En 1789 acude como representante del clero a los Estados Generales convocados por Luis XVI. Hacía 175 años que no se reunía aquel Parlamento, y su convocatoria supone el inicio de la Revolución Francesa. Para Talleyrand aquello es una epifanía, encuentra a los 35 años su auténtica vocación, la política. A partir de entonces estará en el centro de los acontecimientos que durante un cuarto de siglo conmocionan Europa, y adopta ese frenesí que decapita reyes, borra o crea Estados y ofrece coronas a los guerreros, como forma de vida. Es imposible en el espacio de estas páginas pergeñar siquiera la carrera de Talleyrand: presidente de la Asamblea, ministro, primer ministro o embajador con seis regímenes distintos y enemigos entre sí: la Convención (Primera República), el Directorio, el Consulado, el Imperio, la Restauración y la monarquía orleanista.

En 1815 la batalla de Waterloo, derrota definitiva de Napoleón, pone punto final al frenesí citado, cierra la Revolución Francesa. Talleyrand es nombrado primer ministro por Luis XVIII, que ha vuelto al trono de nuevo. Parece el canto del cisne, dura poco y después viene la caída. Inglaterra ha impuesto a Luis XVIII un jefe de Gobierno liberal como Talleyrand, pero la oposición de los ultraconservadores, hacia los que se inclina el rey, es feroz, y ha de presentar su dimisión a los dos meses y medio. Tiene 60 años, es un anciano inválido, se ha quemado como ningún otro político lo hiciera... Ya ha pasado su época, dicen todos, pero su lengua, arma letal, fustiga a los ministros reaccionarios y el rey termina por expulsarlo de la corte. Talley-rand no acepta la jubilación y continúa intrigando desde la oposición liberal. Con admirable empeño porfía durante 15 años hasta que llega su oportunidad. En 1830 estalla una revolución en París, surgen las barricadas en las calles, y Talleyrand patrocina la subida al trono de Luis Felipe de Orleans, “el rey burgués”. Rechazando ministerios solicita ser nombrado embajador en Londres, pues sabe que el nuevo régimen, por el que él ha apostado, necesita el apoyo inglés para sobrevivir.

Coalición liberal

En su mente está la idea de una “Entente Cordial” franco-británica, que solamente él puede lograr. Es, en efecto, viejo amigo del primer ministro, Wellington, y en Inglaterra se le acoge grandiosamente, su nombre es aplaudido en la Cámara de los Comunes, la sociedad se deja seducir por sus fiestas y banquetes, tiene tanta intimidad con el ministro de Exteriores, lord Palmerston, que este le llama cariñosamente Old Talley (Viejo Talley). La oposición llega a acusar al Gobierno británico de estar dirigido por Talleyrand. “Veo a Francia dominándonos a todos gracias al hábil político que la representa”, truena el marqués de Londonderry en el Parlamento.

Desde Londres Talleyrand mueve los hilos para la creación de un nuevo país, Bélgica. El Congreso de Viena ha creado el Reino de Holanda y le ha regalado Bélgica, pero los belgas católicos se sienten oprimidos por una monarquía protestante. Cuando París se levanta en la Revolución de 1830, Bruselas sigue su ejemplo. El Congreso Nacional Belga proclama la independencia y le ofrece la corona a Luis de Orleans, hijo del rey Luis Felipe de Francia. Inglaterra desconfía, no quiere que Bélgica se convierta en un satélite de Francia, pero con mano izquierda Talleyrand propone a Leopoldo de Sajonia-Coburgo. Se trata de un príncipe alemán, pero medio inglés, porque es viudo de la princesa de Gales, prematuramente fallecida. Es por tanto irreprochable para Londres, que ya no pone pegas a que un ejército francés entre en Bélgica para sostenerlo, cuando tras su coronación en julio de 1831 Holanda le declara la guerra al nuevo país.

La culminación de su embajada y de su carrera política es la firma en 1834 del Tratado de la Cuádruple Alianza, Francia, Inglaterra, España y Portugal. Es algo nuevo, una coalición política y militar del liberalismo europeo, que incluso envía tropas a luchar en la I Guerra Carlista para sostener al Gobierno isabelino de Madrid, o a combatir en Portugal a los absolutistas. Después de ese éxito histórico regresa a Francia. En contraste con el aprecio del que gozaba en Inglaterra, en París tiene más enemigos que nadie, le llaman el Satán de las Tullerías y el Diablo cojo, pero aún le ofrecen ser jefe del Gobierno aunque tiene más de 80 años. Se siente cansado para el trabajo, pero designa a quien lo ocupará, Adolphe Thiers, un protegido suyo.

Hasta el final, moviendo los hilos. 

Leopoldo-I-F

 Leopoldo de Sajonia-Coburgo, rey de los belgas, cuando era príncipe de Gales consorte

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