La segunda abdicación de Alfonso XIII

14 / 01 / 2011 0:00 Luis Reyes
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ROMA, 15 DE ENERO DE 1941 • El ex rey de España renuncia a sus derechos –que había “suspendido” al proclamarse la República- en favor de su hijo don Juan.

La República “es una tormenta que pasará rápidamente”. Así de optimista, tras unos días de depresión, se mostraba Alfonso XIII cuando en abril de 1931 llegó a París, primera etapa de un exilio que le haría deambular por Europa, pero ya nunca le permitiría regresar a España.

Efectivamente, la II República iba a tener una vida corta, sólo ocho años, de los cuales tres luchando agónicamente por sobrevivir. Pero la vida de Alfonso XIII tampoco sería muy larga, no iba a durar ni dos años más que el régimen que le había destronado, y no se iba a beneficiar de su desaparición tras la victoria franquista.

En esos diez años de exilio, el ex rey iba a apurar la copa de la amargura, patéticamente solo, peleado con su esposa, en tirante relación con sus hijos, dejado de lado por la mayoría de los monárquicos, que preferían a su heredero, ignorado por el general Franco, en quien Alfonso XIII había confiado durante la Guerra Civil para la restauración de la monarquía.

“En un rincón del hall vitré, detrás de una mesa, estaba sentado don Alfonso: solo, sin la compañía de un libro, de un diario, de una copa”, contaba Cambó haberlo visto en el hotel Meurice –eso sí, el más lujoso de París-. Hora y media después volvía a pasar por allí el político catalán, y “don Alfonso continuaba igual, sentado detrás de la misma mesa, ¡sin un libro, ni un diario, ni una copa!”.

 Rey antes de nacer.

Perder la corona es trágico para todos los monarcas, pero en el caso de Alfonso XIII adquiría otra dimensión, le dejaba en el vacío. Era un caso único en la Historia de soberanía nonata, había sido rey antes de nacer. Cuando murió su padre, Alfonso XII, el Gobierno del liberal Sagasta había suspendido medio año el proceso constitucional de sucesión, que le correspondía a su hermana mayor, la princesa de Asturias, porque la reina viuda estaba embarazada de tres meses. Esperaban que naciese un varón y así fue, de modo que en todos los instantes de su vida Alfonso XIII había sido rey, y no había sido ninguna otra cosa. Cuando el 14 de abril de 1931 la fuerza del movimiento popular le hizo salir de palacio por una puerta trasera, la sensación de haber perdido su vida sería demoledora, debió de sentirse un muerto viviente.

Sin embargo, defendió con uñas y dientes lo único que le quedaba, la esperanza de volver a reinar. El 14 de abril de 1931, antes de abandonar el trono, hizo un manifiesto que algunos llamaron abdicación, pero que no lo era. Suspendía “el ejercicio del poder, sin renunciar por ello a ninguno de los derechos”. Es decir, se iba, pero seguía siendo rey. Enseguida fue sometido a presiones de sus propios partidarios para que traspasara esos derechos a su heredero, don Juan (ver recuadro), pero se resistió hasta encontrarse a las puertas de la muerte.

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Aunque parezca extraño, la idea de que don Alfonso traspasara en vida sus derechos a su tercer hijo, don Juan, fue de los carlistas. En 1931 España era el único país del mundo que tenía dos reyes, aunque ambos sin corona: Alfonso XIII y el pretendiente carlista, Jaime de Borbón y Borbón-Parma. La común desgracia acercó las dos opciones dinásticas que se habían combatido a muerte durante tres cuartos del siglo XIX, y en septiembre tuvo lugar una entrevista en Territet (Suiza) entre don Alfonso y don Jaime, que no tenía hijos y se mostraba muy dispuesto a acabar con el viejo pleito que había ensangrentado España, acatando a Alfonso XIII si era repuesto en el trono.

Tres semanas después del encuentro, sin embargo, murió don Jaime, y le sucedió su anciano tío, Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este, que tampoco tenía hijos. Sus exigencias serían más duras: si algún día se restauraba la monarquía en España no aceptaba que fuese en Alfonso XIII, contaminado por el liberalismo, sino en su hijo, don Juan, que además debía mostrar su adhesión al modelo de monarquía tradicional, no liberal, que defendían los carlistas.

Era una época en que en Europa estaban en ascenso los fascismos, muchos pensaban que la democracia era un sistema superado, y la mayoría de los monárquicos españoles aceptaron el arreglo, con tal de sumar fuerzas. El mismo don Juan no le hizo ascos a la oferta. Al fin y al cabo, como se vería al estallar la Guerra Civil, los carlistas tenían una organización armada dentro de España de la que carecían los alfonsinos, eran capaces de poner en armas contra la República una numerosa milicia, los requetés.

Pero Alfonso XIII no entraba por el aro. “En el destierro no abdicaré”, dijo terminantemente en 1933, aunque admitía la posibilidad de hacerlo después de volver al trono. El problema es que ni sus partidarios veían posible su vuelta, todos creían que la única posibilidad de restaurar la monarquía era en la persona de don Juan.

La boda en Roma de la hija del ex rey, la infanta Beatriz, fue ocasión de que acudiesen muchos monárquicos desde España, y Alfonso XIII se enfrentó a ellos, echándoles una bronca en el vestíbulo del Grand Hotel: “Sois injustos. Yo soy el primero que renunciaré y abdicaré, pero siempre y cuando yo vaya a Madrid y me siente en el trono del Palacio. Ese día presentadme el acta de abdicación, que yo la firmo; pero hasta ese día no la firmo”.

 La renuncia.

Los choques volvieron a producirse en la boda del propio don Juan en 1935 (ver Historias de la Historia “La boda del conde de Barcelona, alias Juan III” en el número 1.224 de Tiempo). Haciendo un fácil juego de palabras se decía que Alfonso XIII seguía en sus trece, y cobró nuevas esperanzas cuando estalló la Guerra Civil y desde el principio se vio el retroceso de la República. Confiaba en Franco, de quien había sido padrino de boda, y apoyó el Alzamiento con dinero para comprar armas. Pero poco a poco fue dándose cuenta del doble juego de Franco, que tenía buenas palabras, pero no se comprometía con nadie más que con sí mismo. Un mes después de la victoria franquista, en mayo de 1939, José María de Areilza lo vio en Roma muy decaído: “Su proverbial arrogancia corporal y deportiva había desaparecido... A pesar de su relativa juventud (53 años) los signos de la vejez se hacían presentes”.

Ese verano, en Lausanne, decidió hacer testamento, prueba de que sentía cercano el final, pero aun en esas circunstancias se enrocó en su negativa a abdicar. Todo lo contrario, en el testamento reafirmó que seguiría en el ejercicio de sus derechos históricos hasta “cuando así convenga al bien de España”. En diciembre de 1940, en Ginebra, el deterioro de su salud era ya tan patente que anunció en privado su próxima abdicación. Pero, genio y figura, guardaba dosis de aquel optimismo iluso del pasado, y fantaseaba diciendo que, dada la inexperiencia del heredero, él seguiría actuando “en la penumbra”.

Por fin, el 15 de enero de 1941 hizo un manifiesto en Roma donde decía: “Ofrezco a mi Patria la renuncia de mis derechos para que, por ley histórica de sucesión a la Corona, quede automáticamente designado, sin discusión posible en cuanto a la legitimidad, mi hijo el Príncipe Don Juan, que encarnará en su persona la institución monárquica, y que será el día de mañana, cuando España lo juzgue oportuno, el Rey de todos los españoles”. La palabra abdicación, que tanto le había repelido, no aparecía por ninguna parte.

Cuatro semanas después, Alfonso XIII sufrió una angina de pecho, y falleció el 28 de febrero. Aún no había cumplido los 55 años.

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