La rival de Roma

28 / 11 / 2011 Luis Reyes
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Milán, 19 de noviembre de 1521 · Las tropas de Carlos V conquistan la capital del norte de Italia, iniciando dos siglos de presencia española.

María Callas había montado el escándalo en Roma. Los ídolos de masas –y ningún cantante de ópera superó en eso a la Callas- no encuentran caridad cuando meten la pata. Aquel 2 de enero de 1958 la diva cantó el primer acto de Norma en el Teatro dell’Opera de Roma, ante al presidente de la República y el cuerpo diplomático. Pero parece que el público no mostró la adoración que la diva exigía, y no quiso salir a cantar el segundo. El plantón la convirtió de la noche a la mañana en la villana de Italia, las críticas en la prensa fueron feroces, hubo hasta interpelaciones parlamentarias por la “ofensa nacional”.

En ese ambiente hostil del país que le había dado su gran oportunidad profesional, la Callas se presentó en Milán, donde tenía un compromiso. Y para su sorpresa fue recibida en la Scala con más entusiasmo que nunca. Si la prima donna hubiera conocido la Historia de Italia no se habría extrañado. La pugna de Milán con Roma viene de los siglos de antes de Cristo, y para los milaneses cualquier forma de fastidiar a los romanos resulta gratificante. La monarquía hispánica se sirvió de ello durante dos siglos para dominar el rico país del norte de Italia.

Ese país fue llamado por los romanos Galia Cisalpina, es decir, la Galia a este lado de los Alpes, porque estaba poblado por los mismos pueblos celtas que habitaban Francia. Roma, que en origen era una simple ciudad-Estado al estilo griego, comenzó pronto a expandirse por la península italiana siguiendo una vocación histórica que la convertiría en el Imperio más formidable de la Antigüedad, y desde que en el siglo III antes de Cristo llegó al valle del Po empezaron los enfrentamientos con los norteños. Cuando en 218 a. de C. Aníbal, el gran caudillo cartaginés, pasó los Alpes con su ejército para acabar con Roma, encontró apoyo en los galos cisalpinos y asentó sus bases en esta región.

La derrota final de Aníbal convirtió a Roma en una gran potencia, dominadora no solo de Italia, sino de otros países del Mediterráneo. En el año 194 a. de C. la Galia Cisalpina fue convertida en provincia romana y completamente integrada en su cultura. Sin embargo, siempre quedó un poso de resentimiento frente a Roma, una nostalgia de aquellos tiempos antiguos que hacía que, en el Renacimiento, la nobleza local pusiera a sus hijos nombres cartagineses. 

Medhlan.

Milán presume de ser casi tan antigua como Roma. Si esta fue míticamente fundada en el año 753 a. de C., Milán fue creada hacia el 600 a. de C. por los galos insubrios, que la llamaron Medhlan, lo que en lengua céltica quiere decir “territorio cerrado de en medio”. Ese nombre fue latinizado como Mediolanum, que daría lugar al italiano Milano y el castellano Milán. La importancia de la Ciudad de en medio fue tal que, cuando el Imperio Romano se dividió, sustituyó de hecho a Roma, pues la capital del Imperio de Occidente se fijó en Mediolanum.

Fue aquí donde se produjo uno de los acontecimientos más importantes de la Antigüedad, el Edicto de Milán, año 313, en el que Constantino estableció la libre práctica del cristianismo. Aunque todavía no significaba la adopción del cristianismo como religión oficial, fue un cambio de rumbo histórico que marcaba el principio de una nueva potencia, la Iglesia, que iba a sustituir al ya caduco Imperio Romano. Milán era la nueva Roma.

En el siglo VII un pueblo germánico de origen escandinavo, los longobardos (“barbas largas”), se estableció en la región de Milán y le dio un nuevo nombre, la Lombardía. Los reyes lombardos tenían una corona de altísimo valor sagrado y simbólico, la Corona de Hierro (ver recuadro), que se conservaba y conserva como una reliquia milagrosa en la catedral de Monza, cerca de Milán. Cuando Carlomagno conquistó Lombardía utilizó la Corona de Hierro para coronarse “Rey de Italia”, hasta ese punto se consideraba que el señor de Milán debía ser considerado soberano de toda la península.

En febrero de 1530 fue Carlos V quien recibió del papa Clemente VII la Corona de Hierro, proclamándolo así Rey de Italia dos días antes de la coronación imperial. Precisamente Carlos V llevaba la corona lombarda sobre su cabeza cuando llegó en solemne procesión a la catedral de Bolonia para recibir la otra corona, la de emperador, como un guiño a los milaneses, encantados con las humillaciones que sufrió el Papa, soberano de Roma, de parte de Carlos V. Tres siglos después sería el mismísimo Napoleón el coronado Rey de Italia en la catedral de Milán con la Corona de Hierro.

Las guerras de Italia.

Para Francia a principios de la Edad Moderna, Milán tenía un valor mucho más que simbólico. Los reyes franceses consideraban la región milanesa el patio de atrás de su país, y llevaron a cabo una política de matrimonios dinásticos para adquirir derechos sobre el ducado de Milán. España, a través de la Corona de Aragón, estaba presente en el sur de Italia y, con los franceses en el Norte y los españoles en el Sur, la península se convirtió pronto en un campo de batalla entre las dos potencias que aspiraban a la hegemonía en Europa: las llamadas guerras de Italia.

Al principio la fortuna parecía del bando francés, y el rey Carlos VIII invadió el sur de Italia y tomó Nápoles, pero luego la suerte cambió y los españoles llevaron la guerra al Norte. En 1521 estalló la V Guerra de Italia entre Francia y España, y enseguida el ejército de Carlos V logró apoderarse de Milán, la joya más apreciada por los franceses. Poco después, en las cercanías de Milán, tuvo lugar la batalla de Bicoca, que enfrentó a 14.000 franceses y 4.000 españoles. El grueso de la fuerza francesa estaba formado por grandes falanges de piqueros suizos, que combatían al estilo medieval. El ejército español era mucho menor, pero contaba con una elevada proporción de arcabuceros. Una fuerza de 2.000 armas de fuego, al mando de Fernando de Avalos, aguantó a pie firme la carga de los piqueros, causando una terrible matanza con sus disciplinadas descargas. Fue tal la aparente facilidad con que los españoles derrotaron a los franceses que “bicoca” se convirtió en una palabra de la lengua castellana que significa “ganga, cosa apreciable que se adquiere a poca costa o con poco trabajo”, según el diccionario de la RAE.

Cuatro años después, en la batalla de Pavía, la superioridad militar española se impuso definitivamente y el rey Francisco I de Francia fue hecho prisionero. El Milanesado sería parte de la Corona española durante los dos siglos siguientes sin muchos problemas, pues los milaneses preferían ser antes españoles que romanos. Solo cuando España se desangró a principios del siglo XVIII en una guerra civil, la de Sucesión, se perdieron las posesiones italianas, porque para alcanzar la paz hubo que repartir los territorios: Felipe V conservó España y América; el pretendiente derrotado, el archiduque y futuro emperador Carlos de Austria, se llevó como premio de consolación los Países Bajos, Nápoles y Milán.

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