La primera misión de paz española

29 / 10 / 2010 0:00 Luis Reyes
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MADRID, 24 DE OCTUBRE DE 1914 • Alfonso XIII crea la Oficina Pro Cautivos, que ayudaría a más de 200.000 prisio-neros en la Primera Guerra Mundial.

La lavandera y el rey. Parece el título de un cuento infantil o de una opereta, pero esa relación pondría en marcha una gran maquinaria humanitaria, el antecedente –aún no superado- de todas las misiones de paz que ahora exhibe orgullosamente España.

Todo empezó un día de verano de 1914, mientras Europa ardía en lo que llamaron la Gran Guerra y luego, según el mundo se enzarzaba en otra más, quedó simplemente como la Primera Guerra Mundial. Al Palacio Real de Madrid llegó una carta de Francia; iba dirigida a Alfonso XIII y la firmaba una pobre mujer de Gironda, una simple lavandera. Le contaba al monarca que su marido había desaparecido en los primeros combates, en la batalla de Charleroi, y le pedía ayuda para encontrarlo, para saber al menos si estaba vivo o muerto.

¿Cómo se le ocurrió a una humildísima mujer francesa dirigirse a Su Católica Majestad el Rey de España? No consta, pero el caso es que Alfonso XIII se interesó por aquel drama familiar. Puso en marcha la maquinaria diplomática española, que gracias a la neutralidad de nuestro país podía operar en todas partes, y logró localizar al marido perdido: estaba vivo en un campo de prisioneros alemán.

Como colofón, Alfonso XIII le escribió una amable carta a la lavandera. Pero no fue colofón, sino prólogo. En Francia la prensa aireó la acción humanitaria del monarca español y enseguida hubo un flujo de cartas hacia Madrid de familias desesperadas por la desaparición en combate de sus parientes.

Iniciativa personal.

Las peticiones fueron tan numerosas que Alfonso XIII tuvo que organizar una infraestructura, lo que se llamaría Oficina Pro Cautivos. Lo hizo como iniciativa personal, al margen del Gobierno y los presupuestos oficiales. Los gastos los cubriría con sus propias rentas del patrimonio real –al final sumarían un millón de pesetas de la época, unos 600.000 euros actuales-, la oficina se instaló en su propia residencia, el Palacio Real de Madrid, y como personal recurrió a voluntarios, 40 personas en total, lejano antecedente del voluntariado humanitario hoy tan extendido.

Un día sin embargo llegó una carta distinta. La mandaba una niña de París y no pedía información, sino otra clase de ayuda. Decía que su mamá lloraba todos los días desde hacía dos años, en que su hermano había caído prisionero, y que iba a enfermar porque habían recibido carta del prisionero diciendo que se moría de hambre. La niña le pedía al rey que “lo sacara a Suiza”, nada menos, y firmaba “su servidora, Sylviane”.

Así fue como lo que en principio estaba concebido como una agencia de información sobre paradero de prisioneros amplió sus gestiones a lograr la mejora de la situación de los cautivos, especialmente a obtener la repatriación de los soldados enfermos o de los civiles que habían quedado en manos del adversario.

La Oficina Pro Cautivos colaboraba con la Cruz Roja Internacional, pero podía llegar más lejos que este organismo. Contaba con los embajadores y agregados militares españoles, personas mejor relacionadas en las distintas capitales que los funcionarios de la Cruz Roja venidos de Suiza, pero sobre todo estaba la acción personal del monarca, su capacidad para hablar de tú a tú con los soberanos de Europa, o su prestigio en los estamentos militares de los beligerantes –Alfonso XIII era, por ejemplo, coronel en jefe del 16º regimiento de Lanceros británico y del 18º regimiento de Ulanos alemán-.

Esa capacidad se puso de manifiesto en su oposición al fusilamiento de civiles por las tropas de ocupación alemanas en Bélgica, auténticos crímenes contra la humanidad, que provocaron un rechazo mundial. En octubre de 1915 se dio uno de los casos más notorios, una enfermera inglesa que vivía en Bélgica, Edith Cavell, acusada de ayudar a escapar prisioneros aliados, fue condenada a muerte. El embajador de España, marqués de Villalobar, lo supo ya de noche y fue a un teatro donde estaba la mayor autoridad política alemana en Bélgica, el barón Von der Lancken-Wakenitz, lo sacó de su palco y logró convencerle de que aquella barbaridad sería muy perjudicial para la imagen alemana en el mundo. Sin embargo, cuando ambos acudieron al jefe de la ocupación militar, el general Von Bissing, éste no se dejó convencer y fusiló a la enfermera esa misma madrugada.

Iban a hacer lo mismo con otra dama belga implicada en la fuga de prisioneros, la condesa de Belleville, pero en este caso se supo con tiempo para que Alfonso XIII hiciera una gestión personal con el mismísimo kaiser. El emperador de Alemania no podía negarse a una petición directa del rey de España, como había sucedido a otro nivel con la enfermera Cavell, y eso salvó la vida de la señora.

“Termino siendo Papa”.

La acción humanitaria de la Oficina Pro Cautivos proporcionó ayuda a 122.000 prisioneros franceses y belgas, 7.950 ingleses, 6.350 italianos, 400 portugueses, 350 americanos y 250 rusos. Logró repatriar a 21.000 prisioneros enfermos y, lo que es más importante, a unos 70.000 civiles que habían quedado en terreno ocupado por el enemigo. Los agregados militares españoles realizaron también 4.000 visitas a campos de concentración, para controlar el trato que se daba a los prisioneros de guerra. Además, Alfonso XIII logró un acuerdo entre los beligerantes para que no se torpedearan los buques-

hospital, como se venía haciendo.

“Se non termina presto questa guerra, finisco Papa” (“Si no acaba pronto esta guerra, termino siendo Papa”). Esta frase de Alfonso XIII era una de sus típicas ocurrencias irreverentes con las que le encantaba epatar a los cortesanos. Sin embargo, la diplomacia vaticana no se tomaba a broma estas gracias, pues en el archivo secreto del Vaticano existe una nota del nuncio apostólico (embajador) en Madrid al secretario de Estado, informando de que el rey le ha dicho eso a “una persona”.

No tenían por qué preocuparse en la Curia, Alfonso XIII no terminaría siendo Papa. Ni siquiera recibió el reconocimiento internacional que ha merecido más que ningún otro español. Su candidatura al premio Nobel de la Paz, presentada por el jurista Francisco Lastres, no fue apreciada por el comité noruego, que tras haberlo declarado desierto en los tres años que iban de guerra, se lo concedió al Comité Internacional de la Cruz Roja en 1917. En 1918 podría haber reparado la falta, pero en vez de eso lo dejó desierto de nuevo.

Todavía en 1933, cuando ya había sido destronado y vivía en el exilio en Roma, fue presentada la candidatura de “don Alfonso de Borbón y Habsburgo, ex rey de España” por el francés Albert de la Pradelle y el español Yanguas Messía, miembros del Instituto de Derecho Internacional de París, pero tampoco esta vez tuvo éxito.

Como una especie de desagravio, en España surgió la iniciativa de conceder a Alfonso XIII la gran cruz de beneficencia. Nueve mil ayuntamientos firmaron la petición dirigida al rey. Éste encontró poco elegante concedérsela a sí mismo: “No soy yo quien debe lucir esta cruz, sino España”, dijo, y propuso imponérsela a la bandera española, y en concreto a la del regimiento de Cazadores a caballo Alfonso XIII, muy ligado a su persona.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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