La primera de los pocos

13 / 07 / 2017 Luis Reyes
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10 de julio de 1940. Comienza la Batalla de Inglaterra, en la que la Luftwaffe alemana será derrotada por la velocidad del Spitfire inglés, un avión que existe gracias a Lady Houston.

Lady Houston, activista política contra el “apaciguamiento” frente a los nazis. Foto: National Portrait Gallery London

Una de las más grandes patriotas de Inglaterra, proclama una tumba del apacible cementerio de St Marilebone, en Londres. Allí, entre aristócratas, políticos y gente del espectáculo, está enterrada Lucy Radmall, una mujer que participó de todas esas condiciones, conocida en la alta sociedad como Lady Houston, y en el ambiente de cabaret como Poppy la corista, pero que ha pasado a la historia de Gran Bretaña como “la salvadora del Spitfire” y “la primera de los Pocos” (para los británicos “los Pocos” son, en célebre definición de Churchill, los heroicos aviadores que vencieron a la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra).

Lucy nació en la Inglaterra pobre de mediados del XIX, hija de un trapero que tenía diez niños. Al crecer resultó ser una belleza, y para salir de la miseria decidió explotar sus encantos en el mundo del espectáculo, convirtiéndose en Poppy. Siendo una adolescente de 16 años se fugó a París con un atractivo señorito que la doblaba en edad y estaba casado. Podía haber sido la típica historia de muchacha pobre y guapa a la que los hombres usan y tiran, pero Poppy tenía cabeza y carácter. No se fugó con cualquiera, sino con Frederick Gretton, millonario cuya familia poseía la mayor fábrica de cerveza del mundo, la Bass. Y logró convertir una aventura en una relación de diez años, en la que él la presentaba ante la sociedad parisina como “la señora Gretton”. Era, según el Diccionario Biográfico de Oxford, “una joven bonita y coqueta, de cintura de avispa y descarada forma de hablar, que se convirtió en experta en la moda y el estilo parisinos”. Su excentricidad quedaba bien en París, era nudista y afirmaba tener visión profética.

Desde luego tenía una buena visión de la jugada. Gretton la cubrió de regalos y al morir tras una década de relaciones, le dejó una renta anual de 6.000 libras (una fortuna en 1882). Ella proclamó siempre a Gretton “el auténtico amor de mi vida”. La fidelidad hacia ese primer amor no le impidió casarse al poco de su muerte, cosa que haría tres veces y siempre con aristócratas. El primero fue sir Theodore Francis Brinckman, un dandi que aparecía en las portadas de Vanity Fair, aunque al poco se divorciaron.

El siguiente marido fue George Frederick William, IX barón Byron of Rochdale, más conocido por Red Nose George (Nariz Roja) por sus aficiones etílicas. Era un noble arruinado, pero Poppy se convirtió en baronesa y tuvo acceso a las altas esferas sociales, a la vez que se convertía en una activa sufragista. Como era rica gracias al legado de su primer amor, fue también una generosa filántropa, lo que en 1917 le valió entrar en la nobleza por derecho propio y no vía tálamo conyugal, cuando el rey le otorgó el título de Dame commander (dama comendadora) del Imperio Británico.

Tras enviudar se casó en 1924 con sir Robert Houston, magnate naviero y diputado conservador, a quien el Diccionario Biográfico de Oxford definía como “duro, despiadado y desagradable”, pero multimillonario. Dame Lucy sabía no obstante lo que quería de su tercer esposo y cómo tratarlo. Cuando un día le mostró su testamento dejándole la astronómica suma de un millón de libras, rompió el documento y se lo arrojó a la cara gritando “¡No es suficiente! ¡Si solo merezco un millón, no merezco nada!”. Houston rehizo el testamento y le dejó cinco millones, lo que no está mal por un matrimonio que solo duraría año y medio, por inaguantable que fuese el esposo.

La más rica del país

Houston se volvió paranoico, llevaba a todas partes un catavenenos para que probase su comida, pues temía morir envenenado. Ese miedo se alternaba con una total entrega a Dame Lucy, pues sostenía que su intuición –recuérdese que ella decía ser adivina– “me ha salvado la vida en dos ocasiones, cuando los médicos me daban por muerto”. Pese a ello murió enseguida y la viuda convirtió en la mujer más rica de Inglaterra.

Desde esa posición pudo entrar en política armando mucho ruido, convertida en la peor crítica del líder laborista Ramsay MacDonald y su “Gobierno Nacional”, una coalición de todos los partidos formada a raíz de la crisis económica mundial del 29. Lady Houston consideraba que ese gabinete era “antipatriótico”, por su política de desarme en el momento en que Hitler estaba creando su formidable aparato militar.

Dame Lucy se convirtió en “una amiga para todos los soldados del rey, y especialmente para todos los barcos de guerra y los aviones”, afirmaba Time, pues efectivamente ella tenía claro –quizá por su capacidad adivinatoria– que la próxima guerra se decidiría en el aire, opinión en la que la antigua corista coincidía con alguien con la experiencia política y rancio abolengo de Winston Churchill. Pero mientras que Churchill estaba en aquellos años aislado en el ostracismo político, los millones de la viuda Houston le permitían financiar a candidatos electorales contrarios al Gobierno Nacional, o comprar la Saturday Review, veterana revista política que convirtió en tribuna de acusación.

La principal batalla entre Lady Houston y MacDonald se libró alrededor de una prueba deportiva aérea, el Trofeo Schneider, creado por un magnate francés y que desde hacía 20 años era un estímulo para el desarrollo técnico de la aviación. Un ingeniero aeronáutico genial, Reginald Mitchell, había diseñado el Spitfire (Escupefuego), un avión revolucionario, más veloz que cualquier otro, con vista a ganar el Trofeo Schneider, pero el Gobierno Nacional no solo les negó los fondos para fabricarlo, sino que prohibió a los pilotos de la RAF que lo pilotasen, y a los controladores aéreos que le diesen asistencia de vuelo.

“Cualquier auténtico británico vendería su última camisa antes de admitir que Inglaterra no es capaz de defenderse”, dijo Lady Houston a la vez que ponía 100.000 libras para fabricar el Spitfire, que ganó el Trofeo Schneider. Ofreció otras 200.000 para reforzar el Ejército y la Royal Navy, y cuando el Gobierno Nacional las rechazó Dame Lucy apostrofó a MacDonald: “Yo, sola, he aceptado el reto de afrontar la terrible necesidad de la defensa aérea de Londres, y usted trata mi gesto con desprecio”. A continuación instaló un letrero luminoso en el palo mayor de su soberbio yate, “Abajo MacDonald el traidor”, y navegó alrededor de Gran Bretaña. Una forma de manifestación que solo podía ocurrírsele a la mujer más rica del país.

Ocho años después, tras conquistar Francia, Hitler ordenó la invasión de Inglaterra, pero para eso tenía que asegurarse el dominio aéreo. La invencible Luftwaffe se lanzó contra la isla en lo que se llamó la Batalla de Inglaterra, pero la endiablada velocidad de los Spitfire derrotó a los alemanes. Lady Houston ya había muerto, pero los pilotos de Spitfire sabían que Dame Lucy había sido “la primera de los Pocos”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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